Sala de Prensa


39
Enero 2002
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Problemas éticos en el
periodismo del Chile actual

Emilio Filippi M. *

A fines del mes de octubre se realizó en el balneario turístico de Pucón, en el sur de Chile, un seminario organizado por los consejos regionales del Colegio de Periodistas de ese país, para debatir asuntos relacionados con la autorregulación deontológica de los profesionales chilenos, oportunidad en que, entre otros expositores, el periodista y profesor universitario Emilio Filippi Muratto presentó la siguiente ponencia, que Sala de Prensa reproduce con su expresa autorización.

Uno de los hechos más significativos de la transición desde el autoritarismo a la democracia es la transformación conceptual que ha venido sufriendo, en su interior, el periodismo chileno. Tal vez la situación más crítica se deba a la poca adhesión de ciertos influyentes periodistas a los principales valores éticos que dan categoría profesional a nuestro quehacer. Creo que bastan unas breves pinceladas para hacer un cuadro de lo que está pasando.

Días atrás, un alumno universitario me decía que en el medio en que colaboraba se le instaba a buscar noticias "vendedoras" y que, cuando osó preguntar cuáles eran éstas, se le respondió: "las que causan impacto, las que conmueven a la gente y hacen llorar, sufrir o impresionarse". El chico me decía que, en un principio, no había puesto objeción, puesto que esa definición parecía tener mucha lógica, pero le surgieron dudas y cuando se le ocurrió solicitar una precisión, de acuerdo con lo que había aprendido en la Universidad, el editor le replicó que si quería ser buen periodista, tenía que "olvidarse de las utopías y normas éticas", ya que los periodistas de verdad tenían que hacer caso omiso de los "fundamentalismos académicos". Confieso que, realmente, quedé preocupado y, por eso, le pedí al estudiante que sondeara a su jefe en torno a las siguientes interrogantes:

¿La exigencia ética de decir solamente la verdad es parte de ese fundamentalismo? ¿Omitir maliciosa o tendenciosamente la identidad de las fuentes es una forma de vender más diarios o revistas, o tener más rating o sintonía radial"? ¿Difundir rumores no confirmados es vendedor? ¿Qué valor tiene la vida privada en el periodismo?

Como el estudiante es un joven estudioso y preocupado, me trajo por escrito las respuestas que le dio el editor y que he creído del caso traer a esta reunión de miembros de los tribunales de ética de nuestro Colegio. No sé qué pensarán ustedes al respecto pero me gustaría que discutiéramos el punto. Aquí va el informe que me entregara mi alumno, en el apartado de las respuestas del editor:

Las respuestas que obtuve, a las cuatro interrogantes planteadas, fueron las siguientes, punto por punto:

  1. A la pregunta de si decir la verdad como exigencia ética es parte de ese fundamentalismo académico, el editor me dijo: "No exactamente en el sentido que tú le das. ¿Qué es decir la verdad en buenas cuentas? Sé que los periodistas tenemos la obligación de informar de todo lo que ocurre y evitar que las apariencias o hipocresías disfracen la realidad. Por eso, más que reproducir estas visiones adobadas, los periodistas tenemos que enseñarle al público a ver lo que efectivamente ocurre, aportando nuestra propia visión de los hechos, visión que logramos por nuestro conocimiento previo sobre la naturaleza de los protagonistas y mucha intuición acerca de sus intenciones. Un periodista que no tiene perspicacia y no descubre lo que hay más allá de las versiones oficiales, generalmente se expone a dar una transposición engañosa e incompleta. Los periodistas no tenemos por qué ser aparentemente neutrales, y pretender que ciertas versiones supuestamente objetivas deben ser asépticas constituye una deslealtad con el público. Pero, si nosotros somos capaces de interpretar lo que acontece y orientar a la gente le estamos prestando un servicio mayor que la simple reproducción de lugares comunes o irrealidades oficiales. Cuando hablo de fundamentalismo me estoy refiriendo a cierta "beatería" a que son muy dados los profesores de Periodismo cuando predican que hay que separar tajantemente las informaciones de las opiniones, cuando, en el hecho, cualquiera visión aparentemente objetiva de un suceso siempre estará cargada de una apreciable dosis de subjetividad".
  2. Acerca de si omitir las fuentes de información es más o menos vendedor, la respuesta fue: "Todo depende de las circunstancias. Muchas veces no hay informantes que se atrevan a dar la cara, aunque faciliten las formas para que el periodista se entere y difunda los hechos y, basándose en su derecho al secreto profesional, omita la identidad de la fuente. Generalmente eso hace más atractivo cualquier relato. Naturalmente, los medios que dan informaciones, aunque omitan las fuentes, obtienen mayor aprecio del público que se ve favorecido con el aporte de datos que, de otra manera, no puede obtener. Algunos periodistas o académicos fundamentalistas se oponen a hablar de "periodismo que vende", o de luchar por el rating o la sintonía, y nos acusan a quienes tratamos de dar muchas noticias, con o sin fuentes conocidas, de ser mercaderes del periodismo. Pero, no nos engañemos. Sin el apoyo del público y del mercado es imposible asegurar la existencia de un periodismo libre".
  3. Sobre si difundir rumores no confirmados es vendedor, el editor replicó: "Hay rumores y rumores. Aquello de que 'el rumor no es noticia', es una falacia. No lo es, mientras no se publica. Y si logramos hacer público el rumor, lo convertimos en noticia y eso es del agrado del público.
  4. Respecto del valor que se debe atribuir a la vida privada en el periodismo, el editor respondió: "Es un tema discutible, pero es la gente la que quiere saber lo que ocurre en todos los planos, y la vida privada de los personajes públicos es uno de ellos. Es cierto que no siempre tiene interés lo que hacen las personas comunes y corrientes. Pero si se trata de personajes, políticos, artistas, empresarios, dirigentes sociales o autoridades, ciertamente hay un deseo desenfrenado de invadir esa privacidad. Yo no soy partidario del morbo, ni de exacerbar el conocimiento de hechos íntimos que pueden ofender a lectores, auditores o televidentes, pero tampoco me asusta hablar de asuntos que afectan a la sociedad de una manera u otra, sea en el terreno de la vida pública o de la vida privada de los protagonistas de las noticias. En definitiva, como creo en la libertad de información, que contempla el acceso libre a las fuentes y la divulgación libre de los hechos, no me gusta que me coarten esta facultad esencial para la existencia de una democracia de verdad".

Hasta aquí el informe de mi alumno, que he querido mostrar en esta jornada como un aporte a nuestras discusiones. No necesito decirles a ustedes que las respuestas del editor, algunas de las cuales parecen bastante razonables, merecen, sin embargo, ser analizadas a la luz de ciertas ineludibles reflexiones de carácter ético.

Es un hecho que vivimos en un período en que el periodismo parece haberse depreciado en la consideración ciudadana. Uno de los hechos más criticados es la concentración del poder informativo en pocas manos. Se ha dicho, y no falta razón para eso, que el hecho de que los medios de comunicación estén en poder de empresas orientadas ideológicamente en una misma dirección, impediría el necesario pluralismo justamente debido a la falta de diversidad de órganos de difusión. Si bien esa crítica se asienta en una comprobación empírica, es preciso tener en cuenta que, a pesar de tal realidad, el acceso a las tribunas de opinión y la expresión de las fuentes de diversos orígenes son bastante más amplios de lo que se supone. Tal vez el juicio negativo se deba a ciertas constantes en la conducta de los medios que mayoritariamente concitan la acogida del público. Por ejemplo, la parcialidad en la presentación de las noticias políticas. Porque, si bien se dan a conocer todos los hechos ocurridos en ese campo, es evidente que el relato de los mismos adquiere para el medio un sesgo o tendencia según sea el grupo, partido, movimiento o sector involucrados. La posición maniquea de presentar a los buenos a un lado y a los malos al otro, que en el pasado se expresaba prohibiendo a éstos expresarse, ahora se ha reemplazado por una generosa apertura de puertas, lo que no importa que se abandone el afán de satisfacer a los de un lado y satanizar a quienes se ubican en la acera de enfrente.

Esta costumbre transgrede un principio ético que para los periodistas constituye casi una regla de oro: no confundir las informaciones con las opiniones. También hay otro olvido de nuestros preceptos que, por lo demás, son de carácter universal y no simplemente locales. Esto es, que los titulares de las informaciones deben corresponder al texto de éstas, evitándose toda tentación de hacer juicios de valor intencionados cuando se presenta una noticia.

Pero, seguramente la falta más seria que se nota en nuestro periodismo es la tendencia a convertir los reportajes en un relato supuestamente repleto de antecedentes, pero ambiguos en cuanto a exactitud, precisión y, lo más lamentable, carentes de veracidad en gran medida. Uno de los ejercicios que realicé en algunas de mis clases fue que los alumnos revisaran detenidamente las páginas de reportajes más destacadas de diarios y revistas y verificaran cuántas veces se omitía la identidad de las fuentes, a través de subterfugios como el de "en fuentes allegadas a", "círculos que rodean al ministro cual o al diputado tal", "una fuente que no quiso revelar su nombre", "un informante de ese Ministerio, o de Palacio, o del Ejecutivo", etc. Esta artimaña, repetida muchas veces, la basan sus autores en el derecho ético y legal a guardar el secreto profesional, pero quienes conocen los gajes del oficio saben que el artificioso recurso sirve para disfrazar la falta de una verificación acuciosa de los hechos, la inexistencia de una fuente de verdad y su reemplazo por la imaginación del autor del texto, o el compromiso adquirido con alguien externo que se sirve de la mano del periodista para favorecer intereses creados. Los manipuladores de la opinión pública y de las llamadas orientaciones comunicacionales o "marketing" político, han usado y abusado de esa fórmula para inclinar a los ciudadanos en una dirección determinada.

La ética nos insta a respetar la dignidad de las personas, a no hacer escarnio de los defectos ajenos ni discriminación por razones de raza, condición económica y social, creencias religiosas ni diferencias u opciones sexuales. Son frecuentes los casos en que nuestros medios han faltado a esta norma esencial. Si nos detenemos a pensar en el reciente caso de Alto Hospicio, veremos que no solamente fallaron la policía, las autoridades ejecutivas y el Poder Judicial en la atención de ese problema, sino que también debe atribuirse una apreciable cuota de responsabilidad a los medios de comunicación que olvidaron el cuidado que deben tener por la suerte de los menores de edad, se encargaron de difundir las erróneas versiones policiales, haciéndose cargo de su verosimilitud y ampliando ante la opinión pública la creencia de que las chicas desaparecidas habían huido de sus hogares para prostituirse en Tacna. Fuera del agravio injusto e inmoral causado a las familias afectadas, esos medios desafiaron la ética y la ley al identificar a las menores, con nombres y apellidos, así como el establecimiento educacional en que ellas estudiaban.

Se ha dicho que a los policías del sector les faltó profesionalismo, porque desecharon la posibilidad de una solución difícil y prefirieron el recurso fácil de la difamación espontánea. Pero no se ha dicho que a la prensa, la radio y la televisión que amplificaron la gratuita imputación, también les cabe una cuota importante de responsabilidad.

Quienes me conocen saben que jamás pediría que se restrinja la libertad de expresión ni se disminuya los fueros del periodismo. Pero, con la misma convicción, debo insistir aquí en la necesidad de que los periodistas sepamos asumir la responsabilidad por nuestros actos y que fortalezcamos los órganos reguladores de las conductas éticas de quienes tienen la hermosa y significativa misión de informar, orientar y defender los derechos de las personas en una sociedad democrática. Los periodistas debemos dar el ejemplo, si queremos que nuestro país sea en forma progresiva cualitativamente mejor. Es el aporte que le debemos a Chile, y que el país espera de nosotros, en momentos en que a nuestros difíciles problemas económicos emergentes se agrega un serio deterioro moral en nuestras costumbres.

Para terminar, quisiera proponer aquí que no escatimemos oportunidad en reiterar a nuestros colegiados y al periodismo en general cuáles son los valores éticos que consideramos intransables, especialmente porque jamás debiéramos olvidar que la misión del periodismo y de los periodistas es estar al servicio de la verdad, de los derechos humanos y de los principios democráticos, y que éstos consideran que el ejercicio de la libertad no nos autoriza a pasar a llevar la dignidad de la persona, ni olvidar que siempre debemos actuar con responsabilidad.

Además, debemos recordar que cuando el Colegio creó el Tribunal de Ética y Disciplina pensó en establecer una instancia de análisis y diálogo acerca de nuestro quehacer profesional, que actúe con autonomía para enmendar cualquier daño que los periodistas podamos causar, sin ánimo represivo, sino como una forma didáctica de conducir la profesión por los senderos deontológicos que el país requiere.


* Emilio Filippi Muratto fue presidente nacional del Colegio de Periodistas de Chile, primer presidente del Tribunal Nacional de Ética y Disciplina de esa organización gremial, y actualmente imparte la cátedra de Ética en las Escuelas de Periodismo de las universidades Diego Portales, Andrés Bello y Uniacc (todas de Santiago). Es miembro del Consejo Editorial de Sala de Prensa.


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