Sala de Prensa


38
Diciembre 2001
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La ética periodística, la publicidad personalizada
y las nuevas tecnologías de la información

Lidia Baltra Montaner *

La ética es una norma interna de buena convivencia entre los seres humanos, un conjunto de valores mínimos de comportamiento con los otros, que nos permite vivir en paz y armonía con nosotros mismos y con los demás. Una autorregulación que nos indica cómo obrar bien con el otro y cómo evitar el mal en esta interrelación. Los valores de la ética no siempre están escritos como las leyes y comprometen sólo moralmente. Precisamente, ellos actúan donde no hay leyes que obliguen ni que sancionen.

Los aprendemos de pequeños en nuestro hogar y luego en la escuela, en la iglesia o en el centro doctrinario o filosófico de nuestra preferencia. Más tarde en la vida, cuando abrazamos una profesión u oficio, es decir, una actividad que nuestra vocación nos dicta para servir a la sociedad, si la elegida es el periodismo, esa ética será nuestra compañera indispensable de cada momento, porque hemos escogido, ni más ni menos, que ser los buscadores y difusores de la verdad. Como dice Javier Darío Restrepo, colega colombiano que ha escrito mucho sobre el tema, los periodistas somos "los profesionales de la verdad".

Suena apabullante tal vez, pues parece que nos hemos asignado una tarea titánica, inalcanzable. Pero es así: trabajamos día a día con una materia prima delicada e invaluable: la verdad de los hechos que ocurren en la sociedad, y a su búsqueda y entrega, dedicamos la vida. .Las personas que componen esa sociedad tienen derecho a conocer la verdad para, sobre esa base, formarse su opinión y actuar en consecuencia. Sólo si cumplimos bien la tarea, ellas podrán tomar las opciones que estimen correctas. En otras palabras, podrán ser ciudadanos. Y la democracia está construida sobre esta base : el derecho de los ciudadanos a conocer la verdad. Esta es nuestra responsabilidad. Si fallamos, estaremos afectando un bien social precioso.

Mas no nos sintamos abrumados. Entregar la verdad de los hechos relevantes que ocurren en la sociedad, consiste en la búsqueda y entrega responsable de los mismos. Y es natural que el contenedor de este contenido tan precioso, es decir, el envoltorio y las cintas con que lo entreguemos, debe ser adecuado. Quiero decir que el procedimiento para llegar a la verdad debe ser también, virtuoso. De esto trata la ética periodística.

Nuestros maestros nos han aliviado la tarea al enseñarnos el camino correcto para hacerla: debemos recabar la noticia en fuentes fidedignas, confiables, contrastarlas entre ellas, y por último, ofrecer distintas versiones al lector, auditor, televidente o cibernauta si no logramos auto convencernos de la veracidad total de ninguna de ellas. En esto consiste una entrega responsable de la verdad que hemos investigado.

Los periodistas con normas éticas escritas desde 1968, pero la vida fluye, se regenera y lo que ayer era claro, puede hoy serlo menos. Y también, surgen nuevas barreras que es preciso sortear para el correcto desempeño de la profesión y para el buen servicio a la ciudadanía. Por eso, entre las modificaciones al Código de Etica que aprobamos en el IX Congreso del Colegio de Periodistas en 1999 en Concepción, agregamos un artículo que enfatiza en los procedimientos correctos para entregar una información responsable y veraz: "el periodista difundirá sólo informaciones fundamentadas, sea por la correspondiente verificación de los hechos en forma directa o con distintas fuentes, sea por la confiabilidad de las mismas" (2º). Asimismo, sentimos necesario un artículo que nos obligue, al escribir o divulgar la noticia, a distinguir claramente "entre los hechos, las opiniones y las interpretaciones" (7º).

El pilar de nuestra profesión es que nos crean, que el público sepa que siempre contamos la verdad. Y eso tenemos que ganárnoslo. La credibilidad del periodista es su mayor capital. Y para ello debemos ser independientes, libre de presiones de cualquier especie:

  • del poder del dinero: por un lado, de la sujeción ciega a un sueldo que nos obliga a acatar una línea edtorial; y por otro, del poder de la publicidad, que hoy nos exige anunciar sus productos;
  • del poder político: cuando nos pide presentar una imagen favorable de un líder o para callar alguna información;
  • del poder militar, guerrillero o para militar: en países en conflictos bélicos, de organizaciones de bandos antagónicos que nos ponen entre la espada y la pared en aras de "su" verdad;
  • de poderes ocultos: de maffias en torno a caudillos, o narcotraficantes, que son, junto con los anteriores, los mayores causantes de muertes de periodistas hoy;
  • del poder religioso o filosófico: doctrinas a las cuales estamos sujetos muchas veces desde nuestra más tierna infancia y que nos obligan, incluso moralmente.

De todos ellos tenemos que independizarnos lo más posible para buscar y difundir la verdad obedeciendo sólo a nuestra conciencia.

El más preocupante en la realidad chilena de hoy es, a mi juicio, el embate de la publicidad en el campo del periodismo, que en el sistema social en que nos toca vivir, tiende a desviarnos de nuestra misión. En lugar de elaborar mensajes para ciudadanos, nos exige hacerlo para consumidores. La información ya no es un servicio a la comunidad, sino una mercancía que compite en un show cuya finalidad principal es obtener la más alta sintonía.

Periodismo y publicidad

Hoy los medios de comunicación, para financiarse y luego, obtener beneficios, junto con vender avisos, programas dramáticos y de entretención venden también las noticias. La publicidad es su oxígeno, con el agravante de que como el modelo económico exige ampliar y ampliar los mercados, se presenta muy agresiva y cada vez exige más de los medios de comunicación.

Hasta ahora, la publicidad en los medios estaba claramente separada de la información periodística la que se entendía como un servicio público. La defensa de la teleaudiencia era el zapping  para evitar un mensaje comercial que no quería recibir. Pero entonces los publicistas, para complacer a sus clientes, idearon también la manera de neutralizar el zapping, es decir, de que no podamos zafarnos de los avisos comerciales. La creó Don Francisco, quien, según la revista "Time", fue el primer animador que incorporó en el espectáculo mismo la publicidad de los productos auspiciadores de su programa. Los concursantes y el público presente corean los "jingles" y se esfuerzan por decir las frases publicitarias tan bien como los locutores o animadores del programa. De este modo el producto quedó integrado al show y el público lo acepta, o no se da cuenta de lo que está aceptando.

El modelo desató las ambiciones : ahora quienes pagan para que su producto sea promovido en los medios, quieren que el telespectador de espacios informativos periodísticos tampoco pueda desligarse de los avisos. Y es así como los periodistas que conducen programas de entrevistas, transmisiones deportivas, magazinescos vespertinos o los famosos "talk shows", son obligados a anunciar por el aire o a entregar en cámara al entrevistado o participante, el producto auspiciador del espacio, mencionando su marca. Al obligarlo a ofrecer bienes no para el espíritu, como es la información, sino para el consumo como es el anuncio comercial, se está dañando su dignidad profesional y atentando contra su conciencia, por la ética en que ha sido formado en las aulas y por su compromiso con el Código de Etica del Colegio de Periodistas.

Había sido una tradición bien mantenida que los medios de comunicación transmitieran en forma claramente diferenciada, dos tipos de mensajes: los avisos publicitarios, destinados a dar a conocer las bondades de algún producto o servicio; y las informaciones periodísticas, para divulgar la verdad de los hechos del quehacer nacional o internacional. Ambos tipos de mensajes habían convivido armoniosamente durante el siglo XX, ocupando cada uno su campo específico. Sin embargo, en el siglo XXI esa frontera se está desdibujando cada vez más, con grave perjuicio ético para el periodista y para el público. Y explico por qué.

1) La publicidad es, o debe ser, una información útil para los consumidores que somos todos en ciertos momentos de la vida cotidiana. Y aunque algunas veces pueda fomentar el consumismo, es decir, el consumo de lo superfluo, cumple con informarnos de las cualidades de un producto o servicio que en un momento podamos necesitar.

En cambio la información periodística o difusión de la verdad de los hechos, es un bien permanentemente necesario, pues faculta al ciudadano para formar su opinión acerca de ellos y actuar en concordancia al momento de votar o tomar una decisión importante.

2) La información publicitaria es una información acotada, parcial e interesada, que trata de convencer al receptor de las bondades de un producto o servicio que su dueño paga por difundir, omitiendo u ocultando sus imperfecciones.

La información periodística - por su finalidad de servicio público - apunta a ser imparcial, completa y desinteresada.

3) La información publicitaria la difunde un locutor o anunciador de radio o estación televisiva, quien la lee dentro de un formato específico que el auditor- telespectador conoce bien: sabe que tratan de convencerlo de las bondades de algún producto o servicio.

La información periodística la difunde un periodista o un locutor y su contenido lleva el sello de la verdad de los hechos, que tendrá mayor o menor fuerza según la credibilidad que se otorgue al periodista, al medio o a ambos.

Razones por las cuales, cuando el periodista emite, junto con su trabajo, un mensaje publicitario - por ejemplo, adquirir o no algún producto -, puede crear una confusión en el auditor-telespectador o se lo intenta llevar a ello: a pensar que esa es LA verdad y no sólo una parte de ella. Por lo tanto se lo está moviendo a engaño, asunto reñido con la ética tanto de la publicidad como del periodismo. Y este manto de incredulidad o confusión puede contaminar todos sus mensajes, salpicando también los periodísticos.

Por eso, entre las modificaciones aprobadas en agosto de 1999 por el IX Congreso Extraordinario de Concepción actualizamos el artículo pertinente por uno que dice: "Ningún periodista podrá utilizar su investidura profesional para divulgar mensajes comerciales en los espacios o programas periodísticos que conduzca. Cuando deba editar textos o imágenes o conducir emisiones radiales, televisivas u otras con esa impronta, todos ellos deberán llevar claramente definida su naturaleza publicitaria e ir separados del mensaje informativo periodístico"(21º) .

En consecuencia, impulsados por nuestra misión de cautelar la ética periodística, propiciamos que los propietarios de medios y de agencias publicitarias, en aras de la transparencia y la ética informativa, vuelvan a respetar la línea divisoria entre periodismo y publicidad. Más aún, veríamos con satisfacción que se eximiera a los periodistas – incluso si actúan como animadores - de realizar la llamada "publicidad personalizada" que contribuye a esta confusión y daña su dignidad profesional.

Las nuevas tecnologías

Decíamos que el principal problema ético del periodista chileno hoy es tener que reemplazar su función de servidor público con el de vendedor de un producto llamado noticia. De ello derivan sus nefastos efectos: precipitación en divulgarla, sin la debida verificación; exagerar los hechos para conseguir la emoción del teleauditor; hurgar en la vida privada de las personas para satisfacer el morbo público. Esta patología antigua en el periodismo llamada sensacionalismo, hoy encuentra mayor factibilidad y posibilidades a través de las nuevas tecnologías de la información.

¿Qué son las nuevas tecnologías de la información (NTI)? Los métodos, equipamientos y sistemas que posibilitan el intercambio de cualquier tipo de información en cualquier tipo de aplicación o campo, como las imágenes en infra-rojo, las cámaras minúsculas, o la cantidad y velocidad de información que ofrece la Internet. Las NTI crecen y se desarrollan vertiginosamente por el Tercer Milenio ante nuestro asombro y admiración. Pero junto con admirarlas, debemos reconocer que nuestra tarea de buscar y difundir la verdad de los hechos relevantes de nuestra sociedad, se nos ha complicado.

En efecto, la microelectrónica, la computación y las telecomunicaciones han revolucionado la manera de buscar, procesar, elaborar y difundir la información. Los medios han debido cambiar su equipamiento y sistemas para adaptarse a esta nueva forma de intercambiar información. Han tenido que levantar redes de telecomunicaciones que permitan a los periodistas y reporteros gráficos trabajar conectados a la redacción central desde lejanos puntos geográficos o desde un avión o un tren; y acceder a consultar una poderosa fuente de información como es la Gran Red Mundial o Internet, para la transmisión de esa información a través de chips y de imágenes digitales por el ciberespacio.

Han debido también soportar la competencia del ciberperiodismo, que los golpeó con noticias como el caso de McVeigh, el recientemente ejecutado terrorista de Oklahoma, y el affaire Clinton-Levinsky. Hoy la mayoría de los medios posee ciberdiarios o diarios digitales, única manera de competir en velocidad en la entrega noticiosa.

Hace veinte años, en Estados Unidos había sólo tres cadenas de televisión comercial, un sistema público de transmisión y una naciente industria del cable. Hoy existen siete cadenas de TV nacionales, el servicio público de broadcasting y más de 60 estaciones de cable con publicidad y 200 estaciones en total. La TV hoy alcanza al 38% de la audiencia adulta versus más de 60% hace dos o tres décadas. La radio que en Estados Unidos se escucha preferentemente en el auto, alcanza al 24 % de las personas y sólo el porcentaje de hogares con TV Cable se está elevando cada día. Dice el experto R.P. Bernard Bonnat, doctorado en la U de Chicago, que si bien en el siglo pasado la radio revolucionó a la prensa escrita, luego la TV revolucionó a la radio, el cable a la televisión y los satélites amenazaron al cable, ahora es Internet y la informática las que amenazan todo.

Porque el crecimiento más rápido y más impactante es el de Internet, que no sólo almacena y transmite datos, textos e imágenes en grandes cantidades y a velocidades inimaginables hasta hace poco, sino también sonidos. Se escucha música y programas radiales con excelente calidad a través del la Gran Red. Según la revista virtual "Infonomía", sólo un 0,003 % del total de la información que se produce anualmente en el mundo se hace sobre papel. El resto es digital. Más aún, la mayor parte de la información nace en formato digital y permanece así. Anualmente, según la misma fuente, los 250 millones de usuarios de Internet envían unos 600 mil millones de correos electrónicos, da cabida a unos 800 millones de páginas en la red y a 4 millones de sitios a los que se puede acceder para recoger información (aunque el 86 % de ellos está en inglés). A nivel internacional, las empresas realizan grandes inversiones comprando sitios y publicando avisos promoviendo sus productos y su venta a través del computador. Su interés por ocupar el espacio aún vacante en Latinoamérica crece cada día, soñando en convertirlo en un nuevo mercado de infinitas posibilidades .

El 43 % de los usuarios de Internet está en Estados Unidos, seguido por Japón, Gran Bretaña, Canadá y Australia. Si bien en nuestro subcontinente todavía el 99% de las personas escucha radio, el 86,5 % tiene un televisor en su casa y la TV por cable alcanza únicamente al 12 % de los hogares, América Latina es la región donde más han crecido los internautas en los últimos años. Aunque sólo el 3,5% de los latinoamericanos navega actualmente por la Gran Red, su número aumentó 13 veces entre 1994 y 1995. Por eso, no es extraño que las grandes corporaciones de comunicación transnacionales ya han hecho importantes inversiones en nuestro continente. La CNN norteamericana montó en castellano el mismo servicio de informaciones durante 24 horas que lanzó con éxito en su país hace hace varios lustros y hasta hace poco teníamos también a la CBS.

Durante el último año, Chile creció a pasos gigantes en el campo de la informática y hoy es el país que más internautas tiene en la región latinoamericana, con un 5,9% seguido de Brasil con un 3 % y Argentina, con un 2,7%, según estudios del IDC (International Data Corporation). El 10 % de los hogares chilenos tiene computador, de los cuales el 62 % puede conectarse a la Gran Red. Pero todavía es mayor entre nosotros la cantidad de hogares con TV por cable y satelital, que alcanza al 20%.

Como Internet es todavía un espacio libre para la expresión de las más diversas ideologías y aficiones de personas o grupos, en especial ejercen esta libertad quienes hasta ahora la tenían denegada en otros medios, como los indígenas, las mujeres, los homosexuales y los grupos sociopolíticos que se rebelan contra el orden establecido. Es así como los zapatistas mexicanos ganaron sus primeras batallas a través de Internet, logrando el apoyo internacional al dar a conocer en sus páginas las razones de su levantamiento contra la institucionalidad mexicana que hasta hace poco les negaba muchos derechos. Pero también, con la misma libertad ocupan la Gran Red tendencias rechazadas por la mayoría, como son el nazismo, el satanismo o la pornografía infantil y otras aberraciones, facilitadas por el anonimato que también ella posibilita.

Escudándose en estos ejemplos es que ya existen varios grupos de presión que abogan por algún tipo de censura, o al menos, de un marco legal que limite la libertad de que hoy goza la Internet, lo que para muchos otros es uno de sus mejores logros. De hecho, la libre circulación de música para el consumo individual ha finalizado y algunos sitios como Napster, donde antes se obtenía música gratuitamente, hoy debe ser pagada ante los reclamos de la industria discográfica. Por cierto, también hay severas penas para los "hackers" o ciberpiratas que con el apoyo de su gran dominio de la informática intervienen páginas web o, lo que es peor, introducen "virus" o programas que dañan la información de millones de personas o empresas. Sin embargo, la mayor parte del ciberespacio por el que navegamos es aún tierra de nadie y cada cual puede estampar allí lo que se le antoje.

Justamente aquí, donde no existen marcos legales obligatorios que sancionen las faltas es donde más debe operar la ética.

Muchos colegas nos preguntan si nuestro Código de Etica, actualizado hace dos años, contempla la irrupción de las nuevas tecnologías. Efectivamente, hay una especial preocupación por este tema pues la NTI facilitan la intromisión exagerada en las vidas de las personas a través de dispositivos audiovisuales cada vez más sofisticados. Por eso, el art. 8º dice "El periodista no recurrirá a subterfugios – como utilizar identidades falsas, cámaras o micrófonos ocultos- para obtener la información" y en el 26 se agregó: "en especial respetará la intimidad de las personas en situación de aflicción o dolor, evitando las especulaciones y la intromisión gratuita en sus sentimientos y circunstancias". Y también en el art. 29º, cuando se afirma "el periodista debe mantener un incuestionable respeto a la dignidad y vida privada de las personas, evitando invadir su intimidad con las facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. En esto se guiará por las definiciones y estipulaciones consignadas en la legislación chilena y los instrumentos internacionales…" En forma más general, el art. 20º dice "los periodistas no podrán hacer uso de la informática, telemática y otras técnicas de comunicación para introducir cambios sustanciales y dolosos en el contenido de material periodístico de un colega, sin la autorización expresa del autor, en especial si lleva su firma".

El ciberperiodismo tiene sin dudas ventajas insoslayables, como son la cantidad inconmensurable, la variedad, el enciclopedismo de la información que el computador puede almacenar y ofrecer. Pero unidas a ellas está la incierta autoría o la fidedignidad de las fuentes, dado que cualquier persona puede publicar verdad o mentira en la red. Sin contar con que la velocidad del flujo de la información y aquélla con que los diarios electrónicos compiten entre ellos y con los tradicionales , acorta el tiempo necesario para la debida verificación de las noticias.

Como la evolución y desarrollo de estas tecnologías es más rápido de lo que se puede imaginar, es posible que no estén contempladas todas las posibles faltas éticas en que se pueda incurrir al ocuparlas. Pero se debe mantener presente que la falta de regulación del ciberespacio – una cualidad a nuestro juicio, digna de mantener en aras de la libre expresión -, hace que el Código de Etica con el que estamos comprometidos moralmente, sea más indispensable de aplicar en el trabajo de los periodistas digitales que en el de los medios de comunicación tradicional.

Pero esta no es la única preocupación que provocan en el comunicador las nuevas tecnologías. Manuel Castells, profesor de la Universidad de Berkeley en California, en su enciclopedia de tres tomos titulada "La era de la Información" sugiere que el poder de la tecnología de la información amenaza nuestra civilización como la hemos conocido hasta ahora. Afirma que al invadirnos con tantas datos e información, perdemos el sentido de lo que somos, de qué está pasando y de qué vale la pena y qué y cómo, dentro de este mundo tan lleno de ofertas. Que hoy sabemos mucho, pero mucho de lo que se nos ofrece es trivial, lo cual constituye una amenaza a nuestro entorno social, familiar y personal. Esto se debe, estimamos, a que no hace falta ser periodista para publicar informaciones o artículos en la Gran Red. Como decíamos, cualquiera puede hacerlo estableciendo su página web y muchas de estas personas pueden carecer de la formación adecuada para hacer la necesaria selección de los hechos que ordenen y aclaren al internauta esta realidad tan confusa en medio de tanta información y dato. El periodista sí puede hacerlo, a nuestro juicio, pues tiene la capacitación y el oficio para ello, pero también es más difícil su labor de seleccionar de entre tanta información, aquella que es relevante para su público y para la sociedad en que vive.

Sin embargo, tenemos detractores: un columnista norteamericano, John Leo afirma que el prisma a través del cual los periodistas seleccionamos las noticias es elitista por cuanto nosotros estamos mejor educados y nos movemos en un ambiente más elevado e interesante que el de la mayoría de nuestras audiencias. No seríamos, entonces, iguales a la gente para la cual escribimos y se cuestiona nuestra capacidad de ser intérpretes de la realidad. Tarea fundamental si se considera que la humanidad hoy es percibida por muchos filósofos como "la conciencia del universo" y en esa perspectiva, los periodistas y trabajadores de los medios seríamos al mismo tiempo los reveladores y los formadores de esa conciencia. Debemos entonces doblegar nuestros esfuerzos por comprender las necesidades de información de la comunidad en que vivimos y desarrollamos nuestra delicada labor.

En su libro "La ética del ciberespacio", publicado el año pasado en Londres, el comunicólogo holandés Cees Hamelink defiende el ciberespacio de lo que él estima la invasión a que lo están sometiendo las empresas privadas y el comercio en circunstancias que, a su juicio, su evolución debería dirigirse al servicio de la sociedad civil, constituirse en un espacio eminentemente público. A contrario sensu, Hamelink teme que se esté convirtiendo un mercado acorde a la visión del neoliberalismo económico que globaliza el mundo. Es decir, uno donde las prioridades están en promover su regulación, la venta de dominios, el e-commerce o comercio a través de la red, y por tanto, el combate a la libre circulación de libros y de música, en lugar de la difusión de temas de interés público, de páginas sin fines de lucro, del acceso universal en igualdad de condiciones para todos y en la diversidad del ciberespacio. Para rectificar el rumbo hacia estos últimos objetivos, Hamelink piensa y propone que un manejo amistoso del mismo con la gente sólo será posible si grupos organizados o comunidades se activan para intervenir en el debate actual sobre las políticas de comunicaciones para el ciberespacio, como han sido la Plataforma para la Cooperación en Comunicaciones y Democratización, Voces 21 y el curso sobre Tecnología de la Información en una Sociedad Global ofrecida por una entidad llamada Bachillerato Internacional.

Código de ética y tribunales de ética

Se nace con ética o sin ella, pero también se aprende desde la más tierna infancia en el hogar y en la escuela. Los profesionales de una misma vocación acostumbramos darnos un conjunto sistemático de normas básicas de convivencia – en el nuestro, el Código de Etica del Colegio de Periodistas - y encargamos su vigilancia y aplicación a una orgánica autónoma conformada por los Tribunales Regionales de Etica y Disciplina, TRED, de los consejos regionales del Colegio de Periodistas y el Tribunal Nacional de Etica y Disciplina, TRINED, que actúa como tribunal de segunda instancia en la capital.

Lamentablemente, nuestra labor es más de difusión que de aplicación, pues desde que en 1981 un decreto de la dictadura militar despojó a los colegios profesionales de la potestad plena sobre sus agremiados al eliminar la colegiatura obligatoria, no tenemos control sobre la ética de todos quienes trabajan en los medios, sino únicamente de los afiliados a nuestra asociación gremial.

A través de la Federación de Colegios Profesionales intentamos desde hace mucho recuperar nuestras facultades perdidas y para ello contamos con el apoyo de algunos parlamentarios que han elaborado proyectos de ley que nos devolverían a la situación anterior (el proyecto de reforma constitucional de los senadores Matta, Ruiz-Esquide, Ruiz di Giorgio y Zaldívar) o mejorarían nuestra situación actual (el del diputado Aldo Cornejo). Pero la voluntad política del Poder Ejecutivo, que podría apurar su discusión en el Congreso, no ha podido superar a quienes no sólo desean mantener el statu quo, sino que se opone a la existencia misma de los colegios profesionales. Y así, estos proyectos siguen esperando turno en el Parlamento.

¿Cuánto más tendremos que seguir esperando?

______________
BIBLIOGRAFIA

-"Manual de Etica Profesional", por Emilio Filippi, Textos de Docencia Universitaria, Universidad Diego Portales, Santiago, 2000.
-"La Etica Periodística", por Javier Darío Restrepo, Cuadernos del Taller de Gabriel García Márquez, Bogotá, 2000.
- "América Latina entra a la carrera ciberespacial", Daphne Sabanes, en "Media Development", periódico de la WACC (Asociación Mundial de Comunicadores Cristianos, vpñ- XLVIII, 1/2001.
- "The agony and the exstasy of media work in the USA", Bernard R. Bonnot, ibid.
- "Recent books on cyberspace and virtual reality", ibid.
- Información de Subtel publicada en el suplemento "Telecomunicaciones" de El Mercurio del 17 de mayo 2001.


* Lidia Baltra Montaner es presidenta del Tribunal Nacional de Etica y Disciplina del Colegio de Periodistas de Chile. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.


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