Sala de Prensa


37
Noviembre 2001
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La autocensura se ha convertido en la única opción
para muchos periodistas que están en medio del fuego

Con el miedo a cuestas

Augusto Guevara *

Cuando el grupo de periodistas llegó al sitio de los combates los muertos estaban "sembrados" como hortalizas. La lluvia había cesado. En la tierra húmeda, en estado de descomposición, hallaron diez cadáveres a medio enterrar.

Había en el sitio tres periodistas, dos de la región y uno de un medio de comunicación nacional. Lo único que rompió el silencio inicial fue el ruido del obturador de una cámara fotográfica y los destellos del flash que iluminaron un poco aquella tarde lúgubre. Los protagonistas de esta historia no quieren que se mencionen sus nombres. La muerte aún ronda, incluso en sus horas de sueño. Es más, en sus relatos prefieren obviar fechas exactas. Para estos tres periodistas solo fue un setiembre negro. El mes nueve de un año que prefieren no recordar.

Los tres hombres de prensa habían partido ocho horas antes, uno desde la capital, Bogotá, y los otros dos, desde Barranquilla y Montería, en la región Caribe.

El Nudo de Paramillo –entre los departamentos de Córdoba y Antioquía, en el norte de Colombia– era el lugar de los enfrentamientos entre paramilitares derechistas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y los guerrilleros de tres frentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

En el momento en que los tres informadores tomaban apuntes y buscaban rastros de la forma en que sucedieron los hechos, aparecieron de manera sorpresiva 30 hombres armados con fusiles AK- 47. Llegaron gritando: "¿Dónde están los hijueputas guerrillerosÖ dónde están los hijueputas guerrilleros?". Lanzaban patadas y empujones.

Uno de los periodistas protestó tímidamente por el atropello. Trató de explicarles que sólo cumplían con su trabajo. El jefe del comando paramilitar, con un fuerte grito, le ordenó callarse.

Los reporteros fueron despojados de sus grabadoras y cámaras fotográficas. En un vehículo campero los llevaron hasta un caserío donde una decena de familias, presas del miedo, huían de las miradas, como se huye de la muerte.

El campero se detuvo con un golpe seco frente a una bodega donde funcionaba una especie de central de comunicaciones. Desde allí, los paramilitares hablaron con Santander Lozada, segundo al mando en la estructura jerárquica de las AUC.

Tras informar a Lozada sobre los periodistas y recibir instrucciones, el comandante Cobra, como se hacía llamar quien estaba al frente de la operación, expresó: "Nuestro compromiso es con los campesinos, nosotros los defendemos de la crueldad de los guerrilleros". Discurso parecido repetían los insurgentes de las FARC, quienes dicen defenderlos "de las garras de los paramilitares". Gran paradoja: los dos dicen protegerlos, pero los dos los asesinan.

Cobra, de unos 32 años, era un hombre moreno, alto, desgarbado y sin gracia. Mientras aspiraba el humo de un cigarrillo, daba órdenes a dos hombres de baja estatura vestidos con camuflados que tenían insignias del Batallón Rifles, guarnición militar adscrita a la Brigada 11 del Ejército, con sede en Montería, capital del departamento de Córdoba.

Después de permanecer por más de una hora atento a las instrucciones que recibía por radio, Cobra se dirigió de nuevo a los periodistas. La orden que impartieron los "paras", como se les conoce a los paramilitares de las AUC, fue que los reporteros salieran inmediatamente de la zona y que se les advirtiera que tuvieran mucho cuidado con lo que informaban. A la mañana del día siguiente, los periodistas ya habían regresado a sus ciudades de origen.

Un día después, los tres medios de prensa para los que laboraban los periodistas, mostraban marcadas diferencias en lo que publicaban. En los dos primeros (los de circulación regional) se reseñaba la situación como un enfrentamiento sin víctimas y sin mayor trascendencia. En el tercero, el periódico nacional, se decía que un frente de las FARC había sorprendido a un campamento base de las autodefensas, en un ataque que dejó más de diez paramilitares muertos y un gran número de heridos.

Empieza el tormento

Inicialmente, los dos periodistas regionales optaron por la autocensura. Las razones eran de peso: vivían en la zona, tenían mujer e hijos y dependían económicamente de su trabajo.

Uno de ellos aprendió a vivir así, limitado a lo que era conveniente escribir. El otro, tres meses más tarde, no lo soportó. Después de hacer la cobertura de una masacre no solo se retiró del oficio, sino que ante las múltiples presiones y el miedo, abandonó el país. Hoy vive en Costa Rica y conduce un taxi.

Para la misma época, en Florencia, departamento de Caquetá, un periodista abandonó su trabajo ante la presión de los guerrilleros y se trasladó a Bogotá. Allí sobrevive gracias a su trabajo de vendedor puerta a puerta.

En esta misma zona del país, otro comunicador fue asesinado y un tercero trabaja escribiendo al acomodo de las circunstancias y a las órdenes de quienes tienen las armas.

Casos como los anteriores son conocidos por organizaciones no gubernamentales como el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS), de Perú; Prensa Libre y la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), ambas de Colombia; así como el Comité para la Protección de Periodistas, de Estados Unidos.

Hoy, el balance es desalentador y las estadísticas apuntan a que el 2001 (con siete periodistas asesinados a la fecha), podría ser peor que años anteriores.

Autocensura

Sobre la autocensura en Colombia no se manejan estadísticas, pero es un hecho que ocurre constantemente. "Y en algunas zonas", dice IPYS, "convivir con los violentos hasta se ha vuelto parte del trabajo".

El corresponsal extranjero en Colombia, Karl Penhaul, ensaya una explicación para ello: "En la medida en que se incrementa la guerra de las balas, también se incrementa la guerra de la información".

Por esto, para el secretario general de Reporteros Sin Fronteras (RSF), Robert Ménard, los nuevos enemigos de la libertad de prensa en el mundo son las mafias, el narcotráfico y guerrillas como las de Colombia o Chechenia.

Por su parte, Prensa Libre –que ya sufrió los rigores de la intolerancia cuando le destruyeron varios archivos mediante un virus– cree que el periodista, principalmente el de provincia, se convirtió sin desearlo en un corresponsal de guerra. Y añaden: "Los ataques incesantes dejan al comunicador en la posición de pensar varias veces antes de escribir sobre el conflicto armado".

Los periodistas de las regiones aplican la autocensura en cada palabra que escriben, como única garantía para seguir ejerciendo sin ser víctimas de señalamientos que podrían costarles la vida.

En medio de ese panorama hostil y de una desprotección total por parte del Estado, hablar de ética en algunas zonas de Colombia es casi una utopía.

Cada año las estadísticas arrojan una decena de hombres de prensa asesinados. En los últimos diez años, han muerto más de cien, al menos 50 de ellos por razones (comprobadas) vinculadas a su oficio.

Fuerzas oscuras

¿Quiénes son los autores? ¿De dónde vienen las balas? La respuesta puede ser un sofisma, pero también una realidad deprimente y cruel. Cuando no son los mercaderes del tráfico de drogas son las guerrillas, o los paramilitares, o la delincuencia común, o una mezcla de todos. Otras veces son las "fuerzas oscuras", eufemismo que agrupa a muchos, incluso a militares radicales y políticos ortodoxos que pescan en río revuelto.

Ahora más que nunca, la prensa se ha convertido en el blanco de los grupos armados en la guerra a muerte que libran paramilitares y guerrilleros, con el telón de fondo del narcotráfico. Este último, junto con el secuestro, son las principales fuentes de financiación de unos y otros.

Colombia se ha convertido así en el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo. En la lista de terroristas mundiales de Estados Unidos ya aparecen guerrilleros de las FARC y ELN, así como paramilitares de las AUC.

Este ambiente en el que trabajan muchos periodistas en Colombia es lo que Javier Darío Restrepo, conferencista de ética, catedrático y reportero de amplia trayectoria, ha llamado la ética del miedo.

"El periodista no conoce el arte de matar, por ende, no conoce el arte de defenderse a sí mismo. Así, sabe que su única defensa es la palabra, y la palabra es un medio de defensa frágil contra una bala", afirma Restrepo.

"En estas circunstancia", continúa, "la opción para muchos es callar, pero para algunos el silencio puede ser una carga mucho más pesada que la muerte".


* Augusto Guevara es el seudónimo de un peridista colombiano que padece el exilio por segunda vez, "a causa de la cobertura del conflicto armado en Colombia", y quien nos hizo llegar este texto publicado originalmente en La Nación de Costa Rica para su reproducción en Sala de Prensa.


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