Sala de Prensa


36
Octubre 2001
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Guerra Santa

El odio multiplica el odio; la violencia multiplica la violencia, y la fuerza multiplica la fuerza en una espiral descendente de destrucción… La reacción en cadena de males –odio engendrando odio, guerras produciendo más guerras– tiene que ser quebrada, o nos sumergiremos dentro del abismo oscuro de la aniquilación.
Martin Luther King, Jr.

 

El ambiente moderno, por su misma naturaleza, es y será siempre uno de los principales obstáculos con los que tropezará inevitablemente toda tentativa de restauración tradicional en Occidente.
René Guénon (Aperçus sur l’initiation)

Gerardo Albarrán de Alba

Estoy al borde de la nausea. La saturación informativa de las últimas tres semanas me ha provocado una reacción contraria a la que burdamente exacerban los grandes medios occidentales. Desde la mañana del 11 de septiembre hasta el momento en que escribo esto, la tarde del viernes 28, el bombardeo mediático para vendernos una cruzada ha sido incesante. Quisiera poder gritar: "¡A ver quién les compra su guerra!". El problema es que medio mundo la está comprando.

Estas líneas no son una mera abstracción; tampoco una catarsis expresiva. Ni siquiera pretendo informar. (Agradezco a Enrique Maza y a Ernesto Villanueva que me liberen de esas responsabilidades, pues ya ellos se ocupan en esta edición especial de Sala de Prensa de dos vertientes fundamentales para entender lo que está pasando: el primero, con un recuento de la concentración de la propiedad de los medios y las deformaciones que produce; el segundo, apelando a una ética periodística que hoy resulta más urgente de aplicar que nunca.)

Nada de eso me motiva. Obedezco a la indignación que siento ante la estupidez mediática que se está apoderando de la conciencia social de Occidente, preparándola para justificar nuevas atrocidades en nombre de la democracia y la libertad. Y eso me espanta.

En el número más reciente de Newsweek se leen expresiones de este talante: "En Yemen, un nido de víboras del terrorismo, las autoridades detuvieron a ‘docenas’ de sospechosos seguidores de Bin Laden". O bien: "El máximo jefe podría estar en las montañas de Afganistán, escondiéndose de las bombas y los comandos estadunidenses, pero también, sin duda, preparando su próxima atrocidad". O peor: "Ahora los funcionarios de inteligencia están advirtiendo que las células terroristas, cerradas y secretas, son extremadamente difíciles de penetrar; que por cada cabeza de serpiente cortada, surgen dos más del pantano…". (Los subrayados son míos.)

Lo mismo se leen o escuchan expresiones similares en medios estadunidenses y hasta europeos. La mayor parte de la gran prensa latinoamericana se ha sumado al coro belicista, eco absurdo de la irracionalidad.

No voy a decir nada nuevo: más que un medio de información y comunicación social, la prensa es un vehículo de propaganda de las oligarquías.

La prensa occidental no es neutral; está contaminada ideológicamente por el concepto de democracia. Prácticamente todos los códigos de ética periodística supranacionales resaltan el valor de la democracia, y llaman abiertamente a defenderle. Es un valor que personalmente comparto, a pesar de mis reservas y cuestionamientos por la subordinación a la que le ha sometido el mercado. Tampoco me caso con modelos culturales hegemónicos que se multiplican espeluznantemente. En el fondo, lo que comparto es la esencia humanista de la democracia; además, encuentro fascinante su mejor instrumento para mediar las relaciones sociales y para acotar al poder: la política.

Y es que cualquier posibilidad de crear un mundo en el que primen los derechos humanos pasa hoy, necesariamente, por procesos culturales determinados por la comunicación. Pero esto mismo es, a la vez, su primer obstáculo.

La historia de los derechos humanos no es sino la crónica de un largo camino hacia el reconocimiento pleno de la igualdad entre los hombres. Desde los tiempos de Juan sin Tierra (1215), hasta la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), el establecimiento de límites al poder ejercido por unos cuantos (ya déspotas por justificación divina, ya tiranos afianzados por las armas, ya demócratas que operan como gerentes del libre mercado) delineó los contornos políticos y sociales de la civilización occidental como la conocimos hasta el siglo pasado.

Pero la esencia misma del poder se ha transformado. La política ya no es el eje en torno al cual gira la vida social; economía e información globales moldean hoy los perfiles de un mundo que amenaza con tomar desprevenida a la humanidad para instalarla en la antiutopía.

Virtud de la especie había sido la razón que, como explica Marcuse, culmina en la libertad. Así, el derecho a la vida, a las creencias, al movimiento y a la propiedad, eran pilares de este principio básico, cuyo terreno natural es el de las ideas. La prensa (en el sentido más amplio del concepto) jugó un papel determinante en el desarrollo de las democracias occidentales a lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX. No en balde, la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos (Arts. 18 y 19), así como la Convención Europea de los Derechos Humanos (Arts. 9 y 10) y la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Arts. 12 y 13) consagran –casi idénticas– las libertades de conciencia, religión, pensamiento y expresión.

En 1993, el Consejo de Europa sostuvo que "la información y la comunicación revisten gran importancia tanto para el desarrollo de la personalidad de los ciudadanos como para la evolución de la sociedad y de la vida democrática". Al cambio de milenio, los paradigmas de la democracia sobre los que se construyó el discurso de la prensa independiente parecieran desmoronarse. El mundo es un mercado, y la prensa no es inmune. El viejo concepto de interés público, que dotó a la prensa industrial de un sentido de utilidad social, es sustituido por el interés del público: los productos informativos son concebidos como mercancía y, el ciudadano, como cliente al que se le atiende en función de su poder adquisitivo. Esto reduce a mera retórica a los valores humanísticos por lo que apelaba la UNESCO, en 1983, como deber deontológico de los periodistas para "contribuir a eliminar la ignorancia y la incomprensión entre los pueblos, a hacer a los ciudadanos de un país sensibles a las necesidades y deseos de los otros, a asegurar el respeto de los derechos y de la dignidad de todas las naciones, de todos los pueblos y de todos los individuos, sin distinción de raza, sexo, lengua, nacionalidad, religión o convicciones filosóficas".

El propio Consejo de Ministros de Europa advirtió, desde 1991, que la concentración en la propiedad de los medios "podría ser perjudicial para la libertad de información y el pluralismo de opiniones, así como para la diversidad de las culturas". La preocupación no era gratuita. Tres años después, reiteró que la libertad de expresión, que incluye la libertad de prensa, es "condición fundamental" para una "genuina sociedad democrática".

Lo cierto es que cada vez son menos las empresas periodísticas que pretenden explicar qué sucede y por qué. Se renuncia a la responsabilidad de contar cómo es el mundo; los medios no son los mensajeros, sino el mensaje. En contrapartida, la sobreexposición a información intrascendente, la saturación de mensajes vacíos y la proliferación del entretenimiento, alejan a los individuos de toda conciencia de su entorno y, consecuentemente, de toda posibilidad de crítica y de participación en la toma de decisiones de la comunidad política a la que pertenecen. Las grandes empresas de comunicación están al servicio de sus propios intereses, de la reproducción de su capacidad de influencia y de la acumulación de un nuevo poder; y en su desaforada marcha, arrastran a la mayoría de los medios locales que, sin capacidad para competir, reproducen estados de amnesia cultural como único mecanismo de sobrevivencia.

Las libertades de ser, de creer, de discernir y de decir han sido desplazadas por la libertad de consumir. Saramago lo dice así:

Se ha establecido y orientado una tendencia a la pereza intelectual y en esa tendencia los medios de comunicación tienen una responsabilidad. Hay gente que dice que ya no hay periódicos, sino sólo empresas periodísticas.

Frente a esta realidad, la promoción de los derechos humanos quedaría relegada. De ahí la pertinencia del cuestionamiento de Javier Darío Restrepo (ombudsman de El Colombiano, en Medellín): "La pregunta siempre es: ¿A quién servimos?". Responder honestamente tal interrogante es responsabilidad de los periodistas, incluso en las condiciones de sometimiento a los intereses que rigen a la empresa informativa (o precisamente por eso). Si el objetivo último es contribuir a un mundo en el que primen los derechos humanos, y se opta por hacerlo en un marco de democracia, esto obliga al periodista –lo menos– a reinterpretar al mundo para explicarlo coherentemente… si no es que resulta verdad que habrá que reinventar la democracia para hacer frente a un sistema excluyente en el que hay poca relación entre lo que la gente vota y lo que ocurre a su alrededor.

__________
Referencias:

- 3th European Ministerial Conference on Mass Media Policy. Wich way forward for European media in the 90’s? Nicosia, October 1991.
- 4th European Ministerial Conference on Mass Media Policy. The media in a democratic society. Prague, December 1994.
- Castells, Manuel. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Vol. III: Fin de milenio. Siglo XXI Editores. México. 2000.
- Coe. Código Europeo de Deontología del Periodismo. 1993.
- Coe. Convention de sauvegarde des Droits de l'Homme et des Libertés fondamentales. 1950.
- De Aguinaga, Enrique. "El periodista en el umbral del Siglo XXI", en Sala de Prensa, No.24, octubre de 2000 (http://www.saladeprensa.org).
- De Pablos Coello, José Manuel. El periodismo herido. Foca. Madrid. 2001.
- Eco, Humberto. Entrevista con Margarita Rivière, en El segundo poder. Aguilar. Madrid. 1998.
- Marcuse, Herbet. Razón y revolución. Alianza. Madrid. 1979.
- Newsweek (edición fechada el 3 de octubre del 2001).
- Oea. Convención Americana sobre Derechos Humanos. 1969.
- Onu. Declaración Universal de los Derechos Humanos. 1948.
- Restrepo, Javier Darío. "La ética periodística", en Cuadernos del Taller de Periodismo. FNPI. Cartagena. 1999.
- Saramago, José. Declaraciones a El País, 11 de enero de 2001, p.27.
- Unesco. Código Internacional de Ética Periodística. 1983.


* Gerardo Albarrán de Alba es coordinador de Proyectos Especiales de la revista mexicana Proceso, director de Sala de Prensa y coordinador académico del Curso de Posgrado en Periodismo de Investigación y profesor de Taller de Periodismo del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana. Es miembro del Consejo Editorial de Le Monde Diplomatique (edición mexicana) y del Consejo Asesor de la Fundación Información y Democracia, A.C., y vocal del Consejo Directivo del Centro de Periodistas de Investigación, A.C. (IRE-México). Es doctorando en el Programa 2001-2003 del Doctorado en Derecho de la Información por la Universidad de Occidente, con el apoyo del Programa Iberoamericano de Derecho de la Información de la Universidad Iberoamericana y del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México.


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