Sala de Prensa


36
Octubre 2001
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La ética informativa, ausente

Ernesto Villanueva

La inmediatez de la noticia y el sentido de la primicia y la oportunidad han primado en buena parte de los medios al momento de cubrir el ataque terrorista a Estados Unidos. Las directrices éticas --muchas de ellas adoptadas por los propios medios líderes involucrados en la cobertura informativa-- han quedado a buen recaudo en espera de mejores momentos para ser aplicadas.

El problema es que la espectacularización de la noticia y de sus efectos colatorales lo que han logrado es, por un lado, desnaturalizar el derecho a la información del público (creando, por ejemplo, estereotipos de enemigos sin que haya una debida confirmación, la transformación de medios y periodistas en actores y protagonistas y no en observadores imparciales, seducción de las agencias de noticias y de relaciones públicas para formar opinión pública conforme a los estándares del stablishment informativo sin detenerse a reflexionar si ahí se encuentra efectivamente el quid de la cuestión) y, por otro, un proceso de ansiedad y estrés creciente en importantes sectores de la sociedad que se traduce, en el mejor de los casos, en un impacto negativo en la calidad de vida y, en el peor de ellos, en actitudes proactivas de racismo y xenofobia que minan el sentido de civilidad y responsabilidad y que están registrando ya casos de violencia en Estados Unidos contra personas de origen o apariencia árabe, por el simple hecho de serlo o parecerlo.

En estos casos es cuando, por el contrario, los medios de comunicación deben adoptar las medidas éticas más adecuadas. Hacer de la responsabilidad social un valor tan importante como el informar a tiempo. Hay, por supuesto, quienes sostienen que la primera noticia es lo más significativo, al fin y al cabo los desmentidos habrán de perderse en el amplio mundo de la información sin que tengan efecto alguno en la audiencia, que se queda generalmente con la primera impresión.

¿Cómo pueden los medios ser éticos y al mismo tiempo oportunos? Parece ser la interrogante que habría que responder. La respuesta no es sencilla, pero se pueden hilvanar algunas reflexiones que contribuyan a coberturas éticas de fenómenos terroristas:

a)No se debe optar por el silencio informativo. Eso queda claro. La ausencia de información, en lugar de generar tranquilidad, hace nacer el rumor, las noticias no confirmadas y, a final de cuentas, el efecto es contraproducente en el público, que termina desinformado, si bien por excepción, cuando hay vidas humanas en peligro, el silencio se convierte en un mal necesario para los medios que debe ponderarse en su justa dimensión.

b)Se debe tener prudencia al momento de hacer imputaciones directas y distinguir con claridad si se trata de informaciones confirmadas o trascendidos, de manera que la audiencia se encuentre en posibilidades racionales de formarse una idea sobre el fenómeno informativo. Si no hay distinción, toda noticia, de cualquier calidad, se convierte en la verdad para el ciudadano promedio, habida cuenta de que difícilmente el lector, el televidente o el radioescucha tiene posibilidades de cotejar lo que lee, escucha o ve. Aquí los medios tienen una gran responsabilidad frente al público.

c)Los medios de comunicación no deben convertirse en rehenes de los terroristas y deben abdicar de presentarse asépticamente como espejos de la realidad, para buscar, en cambio, contextualizar y matizar las informaciones recibidas de manera tal que el ciudadano pueda discriminar lo que recibe de los medios. No se vale informar primero y pensar después en las implicaciones de las notas informativas. Y es que se puede aplicar sin matices el principio de matar a uno para aterrorizar a 10 mil. ¿Cómo? A través de los medios de comunicación.

d)Los medios no deben explotar las debilidades orgánicas de la mayor parte de la sociedad para satisfacer sus intereses mercantiles de vender más ejemplares o lograr mayor raiting; es justo al contrario; la prensa, la radio y la televisión tienen el compromiso de materializar el derecho a saber del público poniendo todo el empeño y cuidado en esta tarea. Nada más y nada menos porque los ciudadanos dependen casi por entero de lo que los medios presentan como la realidad, como la verdad de un fenómeno noticioso y, para efectos prácticos, lo que los medios dicen que es la realidad es la realidad para la mayor parte de la población.

e)Los medios deben respetar el derecho a la propia imagen de actores, familiares, rehenes y testigos de un hecho terrorista. El respeto de los derechos fundamentales de estas personas no puede estar subordinado al interés de la noticia. Es necesario hacer un balance adecuado caso por caso. De esta suerte, toda entrevista o reportaje debe hacerse con el debido cuidado y delicadeza porque estas personas regularmente se encuentran en shock o sufren aflicciones que les impiden pensar adecuadamente.

En este proceso informativo donde, en un buen número de casos, la ética ha quedado guardada en el baúl de los recuerdos, debe insistirse en que el derecho a la información no supone cualquier información, sino información de calidad, información veraz y contrastada. Al actuar con responsabilidad no sólo ganan los ciudadanos, ganan también los medios que hacen la diferencia. Y estos tiempos de crisis constituye una buena oportunidad para poner en práctica lo que muchos de los códigos de ética periodística sostienen como valores primordiales, pero que a muchos parece olvidárseles.


* Ernesto Villanueva es miembro del Consejo Editorial de Sala de Prensa; profesor de tiempo completo y coordinador del Programa Iberoamericano de Derecho de la Información en la Universidad Iberoamericana, en la Ciudad de México. Preside la junta directiva de la Asociación Latinoamericana de Derecho de la Información y de la Comunicación; dirige la Revista Iberoamericana de Derecho de la Información; encabeza el Consejo Editorial de la edición mexicana de Le Monde Diplomatique, y es autor de más de una docena de libros.


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