Sala de Prensa


33
Julio 2001
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Tv en Chile

Lo que queda en el espejo

Si la televisión atrae es, en buena medida, porque la calle expulsa. Es la ausencia de espacios -calles y plazas- para la comunicación lo que hace de la televisión algo más que un instrumento de ocio, un lugar de encuentro. De encuentros vicarios con el mundo, con la gente y hasta con la ciudad en que vivimos.

Jesús Martín-Barbero, Pretextos 1997

Carlos Ossa S.*

La comunicación colecciona el mundo que se fragmenta, recupera y congela en imágenes los nombres y lugares necesarios para satisfacer una familiaridad. Se trata de dotar de una identidad en la entretención, fugitiva y breve, pero funcional a la idea de cotidiano urbano. Lo demás, es decir, la realidad informe, el tiempo desajustado e incompleto lo teatraliza el espacio mediático a modo de información corta, calle o abandono.

El sistema comunicativo remienda una malla de saberes y sentidos comunes donde están definidas las zonas de catástrofe, euforia y risa, narradas como eventos de progreso, deporte o malestar, a través de ese largo reality show que es la transición, donde divertirse es estar de acuerdo; opinar es consentir la espectralidad de las encuestas y, morir, un recado al final del noticiero.

La prensa y la televisión, a su vez, hacen el catastro de las proezas de la tecnocracia que termina confundiendo realidad con marketing, cuerpo con novedad, participación ciudadana con orden público. Vencida la noticia (en lo que tiene) de acontecimiento existencial, una pedagogía de la estandarización múltiple vuelve predominante la anécdota, la página social y el fingimiento de la sorpresa en los programas de conversación.

La oferta de las redes televisivas (cuarenta mil horas anuales en la programación abierta y un millón doscientas mil horas en el cable) se concentra en una producción simbólico-comunicacional redundante, sin accidentes ni temblores. No hay posibilidad de discordia ya que el conflicto es trabajado en la comunicación como un hecho externo e inusual, no deseado por la política, y por ello dar vueltas sobre los mismos temas y personajes permite horizontalizar la falla subjetiva y evita la otredad insatisfecha que no habla ni imagina las palabras de un Chile correcto, olímpico y normalizado.

Desde el punto de vista comunicacional asistimos a un plagio de la cotidianeidad, pues el discurso prevaleciente, los signos que decoran al país y el desecho de espacio público que conservan las instituciones, llena la incompletud de la transición con una vasta nómina de clichés lingüísticos destinados a eludir los imprevistos: el horror máximo de la política con libreto. Desaparecidos los narradores, ausentados los deseos interpretativos que no terminan en consumo, relocalizadas las ciencias sociales en su labor de servir de asesoras, la actualidad se impone disfrazada de oportunidad, desarrollo, realismo u "opinión pública".

El discurso político se desliza por un territorio -previamente- nivelado para hacer un saludo a lo diverso, sin embargo la expansión democrática de las minorías, la aparición de relatos fronterizos no impactan sobre la legitimidad tecnoperceptiva dada por el video y una estética audiovisual que transforma todo en clips, por ello mostrar no es garantía de participar. Hay una lectura instalada por la que circulan las diferencias en el contorno de las superficies, cáscaras de pluralidad justificando la administración de los gustos, los deseos y los catálogos de turismo.

Sería erróneo culpar a los medios como los principales agentes babélicos de la ebriedad de los lenguajes, la simplicidad de los contenidos o el bajo espesor de información significativa, pues ellos delatan sólo los límites de la propia transición, nacida de una escena publicitaria en las campañas del no (Sunkel) y continuada en la repetición incansable de una misma serie con distintas versiones: entre Viva el Lunes y Tal para cual, el problema es sólo de énfasis y rostros. El propósito común, más allá de la diversión, podría sintetizarse en una ecualización perceptiva (ver lo mismo); una estética del acuerdo (lo que tengo me distingue) y una ética de la posesión (mayorías razonables).

No es necesario elaborar continuidades simbólicas porque todo funciona en la promesa de visibilidad absoluta, de una producción de identidad local justificada por las segmentaciones de público y el acceso a un menú definido (incluyendo el incremento de la programación nacional en los canales). No se necesita explicar presencias, sólo garantizar la puesta en escena donde los protagonistas oficiales dan permanencia a un formato que los precede y concluye. Así, la sociedad se inmoviliza en un verosímil de progreso, derroche, extensión y demasía perpetua que sería el testimonio inapelable de un país reconciliado, abierto y participativo. La patria triunfando en zapatillas, la obesidad de los chilenos, la fluctuación de la compraventa de automóviles, la economía que nos llena de "cabezas de turco", la informatización financiera o el aumento de los viajes a Miami darían cuenta de los logros esenciales del desarrollo.

Todo el resto es éso y cifra...

El eje de la variedad, sin embargo descansa en repetir la repetición, una fórmula comunicacional donde el país se retoriza con su anhelo: la modernización. Es un punto donde la telefonía celular es confundida con el futuro; el sexo confundido con permisividad moral o la discrepancia con nostalgia o falta de realismo. Con la repetición el habla social es reducida a puro gesto celebratorio o confirmativo para expresar la reincidencia del programa, del discurso, del deseo transformado en burocracia. El modelo comunicativo trasmite, entonces, un estelar donde se ponen y "reponen" figuras públicas mínimas, cuerpos tan ejemplares que sólo existen en imágenes y en la ficción televisiva de un Chile parecido a revista de multitienda.

Es una vitrina del "todo", que puede ofrecer anacronismos nacionalistas en medio del juego comercial de la globalización, pasando por la irrupción de un simulacro de lo popular relleno de sombras tropicales, siguiendo por el voyeurismo minimalista de un comentario deportivo que vuelve tragedia las zancadillas, hasta el tiempo de las noticias cada vez más parecidas a comerciales sin música. En todo esto hay operaciones mitopoyéticas carentes de densidad por lo real (si tal cosa existe), pero exhuberantes en códigos de simulación, por medio de los cuales habla el mito de un Chile nacional, popular, conforme y expresivo.

La televisión, convertida en la máquina semiótica (productora de sentido) de la videocultura, ofrecería una totalidad hecha de fragmentos elegidos -quizá por ello hay una coincidencia vicaria entre la vida urbana y la vida televisiva- que ha logrado remontar los tiempos mixtos de la sociedad y no sabe que hacer con sus diferencias. La velocidad comunicacional, gracias a una estructura y lenguaje exhibidos como estética de los años noventa somete a la instantaneidad al imaginario social, al placer de fenecer en la desmemorización diaria de los accidentes del tránsito, los goles y las conferencias de prensa.

En el corazón obsolescente de la televisión chilena siempre hay pantalla, pero no necesariamente mirada.


* Carlos Ossa S. es profesor de la Universidad de Chile y miembro del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad ARCIS, dirigido por el sociólogo Tomás Moulián. Miembro del comité de redacción de la revista In Fraganti y colaborador permanente de la revista Crítica Cultural, que dirige Nelly Richard. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.


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