Tv en Chile
Lo
que queda en el espejo
Si la televisión
atrae es, en buena medida, porque la
calle expulsa. Es la ausencia de espacios
-calles y plazas- para la comunicación
lo que hace de la televisión algo más
que un instrumento de ocio, un lugar de
encuentro. De encuentros vicarios con el
mundo, con la gente y hasta con la ciudad
en que vivimos.
Jesús
Martín-Barbero, Pretextos 1997
Carlos
Ossa S.*
La
comunicación colecciona el mundo que se
fragmenta, recupera y congela en imágenes los
nombres y lugares necesarios para satisfacer una
familiaridad. Se trata de dotar de una identidad
en la entretención, fugitiva y breve, pero
funcional a la idea de cotidiano urbano. Lo
demás, es decir, la realidad informe, el tiempo
desajustado e incompleto lo teatraliza el espacio
mediático a modo de información corta, calle o
abandono.
El sistema
comunicativo remienda una malla de saberes y
sentidos comunes donde están definidas las zonas
de catástrofe, euforia y risa, narradas como
eventos de progreso, deporte o malestar, a
través de ese largo reality show que es la
transición, donde divertirse es estar de
acuerdo; opinar es consentir la espectralidad de
las encuestas y, morir, un recado al final del
noticiero.
La prensa y la
televisión, a su vez, hacen el catastro de las
proezas de la tecnocracia que termina
confundiendo realidad con marketing, cuerpo con
novedad, participación ciudadana con orden
público. Vencida la noticia (en lo que tiene) de
acontecimiento existencial, una pedagogía de la
estandarización múltiple vuelve predominante la
anécdota, la página social y el fingimiento de
la sorpresa en los programas de conversación.
La oferta de las
redes televisivas (cuarenta mil horas anuales en
la programación abierta y un millón doscientas
mil horas en el cable) se concentra en una
producción simbólico-comunicacional redundante,
sin accidentes ni temblores. No hay posibilidad
de discordia ya que el conflicto es trabajado en
la comunicación como un hecho externo e inusual,
no deseado por la política, y por ello dar
vueltas sobre los mismos temas y personajes
permite horizontalizar la falla subjetiva y evita
la otredad insatisfecha que no habla ni imagina
las palabras de un Chile correcto, olímpico y
normalizado.
Desde el punto
de vista comunicacional asistimos a un plagio de
la cotidianeidad, pues el discurso prevaleciente,
los signos que decoran al país y el desecho de
espacio público que conservan las instituciones,
llena la incompletud de la transición con una
vasta nómina de clichés lingüísticos
destinados a eludir los imprevistos: el horror
máximo de la política con libreto.
Desaparecidos los narradores, ausentados los
deseos interpretativos que no terminan en
consumo, relocalizadas las ciencias sociales en
su labor de servir de asesoras, la actualidad se
impone disfrazada de oportunidad, desarrollo,
realismo u "opinión pública".
El discurso
político se desliza por un territorio
-previamente- nivelado para hacer un saludo a lo
diverso, sin embargo la expansión democrática
de las minorías, la aparición de relatos
fronterizos no impactan sobre la legitimidad
tecnoperceptiva dada por el video y una estética
audiovisual que transforma todo en clips, por
ello mostrar no es garantía de participar. Hay
una lectura instalada por la que circulan las
diferencias en el contorno de las superficies,
cáscaras de pluralidad justificando la
administración de los gustos, los deseos y los
catálogos de turismo.
Sería erróneo
culpar a los medios como los principales agentes
babélicos de la ebriedad de los lenguajes, la
simplicidad de los contenidos o el bajo espesor
de información significativa, pues ellos delatan
sólo los límites de la propia transición,
nacida de una escena publicitaria en las
campañas del no (Sunkel) y continuada en la
repetición incansable de una misma serie con
distintas versiones: entre Viva el Lunes y Tal
para cual, el problema es sólo de énfasis y
rostros. El propósito común, más allá de la
diversión, podría sintetizarse en una
ecualización perceptiva (ver lo mismo); una
estética del acuerdo (lo que tengo me distingue)
y una ética de la posesión (mayorías
razonables).
No es necesario
elaborar continuidades simbólicas porque todo
funciona en la promesa de visibilidad absoluta,
de una producción de identidad local justificada
por las segmentaciones de público y el acceso a
un menú definido (incluyendo el incremento de la
programación nacional en los canales). No se
necesita explicar presencias, sólo garantizar la
puesta en escena donde los protagonistas
oficiales dan permanencia a un formato que los
precede y concluye. Así, la sociedad se
inmoviliza en un verosímil de progreso,
derroche, extensión y demasía perpetua que
sería el testimonio inapelable de un país
reconciliado, abierto y participativo. La patria
triunfando en zapatillas, la obesidad de los
chilenos, la fluctuación de la compraventa de
automóviles, la economía que nos llena de
"cabezas de turco", la informatización
financiera o el aumento de los viajes a Miami
darían cuenta de los logros esenciales del
desarrollo.
Todo el resto es
éso y cifra...
El eje de la
variedad, sin embargo descansa en repetir la
repetición, una fórmula comunicacional donde el
país se retoriza con su anhelo: la
modernización. Es un punto donde la telefonía
celular es confundida con el futuro; el sexo
confundido con permisividad moral o la
discrepancia con nostalgia o falta de realismo.
Con la repetición el habla social es reducida a
puro gesto celebratorio o confirmativo para
expresar la reincidencia del programa, del
discurso, del deseo transformado en burocracia.
El modelo comunicativo trasmite, entonces, un
estelar donde se ponen y "reponen"
figuras públicas mínimas, cuerpos tan
ejemplares que sólo existen en imágenes y en la
ficción televisiva de un Chile parecido a
revista de multitienda.
Es una vitrina
del "todo", que puede ofrecer
anacronismos nacionalistas en medio del juego
comercial de la globalización, pasando por la
irrupción de un simulacro de lo popular relleno
de sombras tropicales, siguiendo por el
voyeurismo minimalista de un comentario deportivo
que vuelve tragedia las zancadillas, hasta el
tiempo de las noticias cada vez más parecidas a
comerciales sin música. En todo esto hay
operaciones mitopoyéticas carentes de densidad
por lo real (si tal cosa existe), pero
exhuberantes en códigos de simulación, por
medio de los cuales habla el mito de un Chile
nacional, popular, conforme y expresivo.
La televisión,
convertida en la máquina semiótica (productora
de sentido) de la videocultura, ofrecería una
totalidad hecha de fragmentos elegidos -quizá
por ello hay una coincidencia vicaria entre la
vida urbana y la vida televisiva- que ha logrado
remontar los tiempos mixtos de la sociedad y no
sabe que hacer con sus diferencias. La velocidad
comunicacional, gracias a una estructura y
lenguaje exhibidos como estética de los años
noventa somete a la instantaneidad al imaginario
social, al placer de fenecer en la
desmemorización diaria de los accidentes del
tránsito, los goles y las conferencias de
prensa.
En el corazón
obsolescente de la televisión chilena siempre
hay pantalla, pero no necesariamente mirada.
*
Carlos Ossa S. es
profesor de la Universidad de Chile y miembro del Centro de Investigaciones
Sociales de la Universidad ARCIS,
dirigido por el sociólogo Tomás Moulián.
Miembro del comité de redacción de la revista In Fraganti y colaborador permanente de la revista Crítica Cultural, que dirige Nelly Richard. Esta es su
primera colaboración para Sala de Prensa.
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