Sala de Prensa


Primera
Epoca
1998
Año II, Vol. 1

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Etica y medios en el México de hoy

Raúl Trejo Delarbre *

Este texto fue escrito en 1996. Sin embargo, muchos de sus planteamientos siguen siendo válidos. Reproducirlo ahora, pese a que también es cierto que otras cosas han cambiado en ese tiempo, tiene la intención de mantener viva la memoria reciente sobre la realidad de los medios mexicanos y es casi una provocación para alentar la revisión actualizada del papel que desempeñan en un país cuya transición a la democracia ha dado saltos cualitativos desde entonces.

Los medios de comunicación ejemplifican, y propician, una de las paradojas más embarazosas de la transición mexicana: se han convertido en actores imprescindibles de los cambios políticos, pero, al mismo tiempo, son una de las causas de atraso de la sociedad; a la vez que son uno de los espacios más dinámicos para la propagación de una nueva cultura política, los medios son ellos mismos uno de los segmentos más rezagados respecto del contexto de reformas que hay en el país. Además de ser territorios del debate y la información, se han convertido en problema específico de la vida pública mexicana. Sin embargo, apenas comienza a construirse una nueva institucionalidad para los medios, a diferencia de otras naciones en donde ya existen reglas claras tanto para la competencia entre las empresas de comunicación, como para el trato que tienen con el resto de la sociedad.

Desde el gobierno, ha dejado de existir (sin desaparecer del todo) la intransigente censura que se había conocido en épocas anteriores. No se trata de una concesión gratuita del poder político: una sociedad más activa y menos dispuesta a creerle a medios saturados de mensajes oficiales, así como el interés de algunas empresas de comunicación que buscaban competir entre sí y que para ello fueron creándose una parcial pero nueva independencia, fueron factores de cambio en la comunicación. La unilateralidad de los medios, que tradicionalmente, con débiles excepciones, sólo daban cabida a una sola voz -la del gobierno-, se modificó con gran rapidez.

La prensa

La prensa ha tenido una libertad de la que no disfrutaban los medios electrónicos porque su presencia dentro de la sociedad es sustancialmente menor. En junio de 1990 encontrábamos que casi los 25 periódicos que se publicaban entonces (incluyendo deportivos, especializados y vespertinos) estarían imprimiendo unos 751,000 ejemplares al día. Pero, descontando los que no se venden, tendríamos que los diarios de la Ciudad de México, en el mismo ejemplo, tuvieron una circulación real de cerca de 450,000 ejemplares cada día.

Menos de medio millón de ejemplares de todos los diarios en una metrópoli de 17 millones (tomamos en cuenta el DF y su zona de influencia directa) constituyen un contraste notable en comparación con los promedios de lectura de diarios en casi cualquier otra ciudad importante del mundo. The New York Times tenía en abril de 1994 una venta promedio, entre semana, de 1'187,000 ejemplares. En México, una de las manifestaciones del atraso de los medios en relación con el desarrollo de la sociedad es todavía la falta de información suficiente, y confiable, sobre la situación de las empresas de comunicación y su presencia entre sus públicos.

El mercado es una realidad que durante largo tiempo fue ajena a la prensa mexicana, mas hoy es el contexto de una incipiente pero constatable competencia. Sin embargo, los diarios tienden a involucionar a los viejos recursos del sensacionalismo, así como el tráfico y ocultamiento de intereses. Por ejemplo: El Universal, que no edita más de 100,000 ejemplares diarios (de los cuales es preciso advertir que apenas si se venderán 60%), ha buscado deslindarse políticamente del anterior gobierno -con el cual tuvo relaciones cordiales- a partir de la exageración en las noticias relacionadas con el expresidente Carlos Salinas de Gortari. Uno de los ejemplos más recientes y notorios del amarillismo que, en medio de un clima de gran confusión, ha definido la prensa mexicana fue su encabezado principal del miércoles 3 de mayo de 1995: Carlos Salinas, autor intelectual en el caso Colosio. Los millares de lectores que ese día lo compraron se encontrarían debajo de aquel sensacional titular que, en realidad, era el resultado de una encuesta en la Ciudad de México, en donde 46% de los entrevistados habían considerado que el asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo era responsabilidad del expresidente. La encuesta, por cierto, era de metodología harto discutible.1

El otro diario de larga tradición en la sociedad mexicana y que ha experimentado problemas de imagen pública en fechas recientes es Excélsior. Dentro y fuera del país ha seguido siendo el periódico de referencia por la abundancia de su material informativo que cubre numerosas fuentes y acontecimientos. Se trata de un diario de larga presencia y experiencia, que todavía conserva un reconocible profesionalismo en algunas de sus áreas. Sin embargo, sus conflictos internos, así como las oscilaciones en su línea editorial, han propiciado sorpresas: entre el 15 y 17 de julio de 1995 dedicó sus ocho columnas de primera plana a propagar las declaraciones de un exjefe policíaco mexicano que se encuentra prófugo en Estados Unidos.2 Calculamos que el tiraje de Excélsior debe estar cercano a los 90,000 ejemplares diarios.

La Jornada ha adquirido también indiscutible relevancia. Sin dejar de ser fundamentalmente leído en los circuitos académicos y de la oposición política, y por eso mismo, ha ganado presencia entre funcionarios y distintos segmentos del poder político. Sus virtudes son sus desventajas: el periodismo de fuerte contenido ideológico, que a menudo sacrifica la acuciosidad informativa en aras del apoyo a una causa política, sacude las emociones de algunos de sus lectores pero suscita la desconfianza de otros. Identificada, aunque un tanto críticamente, con el neocardenismo en 1988 (el autor se refiere al movimiento en torno a Cuauhtémoc Cárdenas. N. de la R.), La Jornada encontró una causa con la que se ha comprometido sin reservas en ocasión del movimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas. Los comunicados del subcomandante Marcos han ocupado centenares de páginas en ese diario, a diferencia del resto de la prensa mexicana que no los ha ignorado, pero tampoco se ha convertido en una suerte de vocero oficioso del neozapatismo. De la obnubiladora causa ideológica que recogió, La Jornada ha involucionado a un periodismo que con frecuencia cae en la mentira, entonces sin coartada: hace poco publicó como si fuera auténtica una entrevista inventada con el señor José Córdoba Montoya (el controvertido jefe de la oficina de la Presidencia de la Repúbilca en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. N. de la R.).

Ese mismo exfuncionario fue involuntario protagonista de un notable episodio de invasión de la vida privada de un personaje público cuando el diario Reforma dio a conocer, en mayo pasado, la transcripción de unas presuntas conversaciones con una amiga suya. La murmuración suscitada por esas charlas íntimas fue mucho mayor a las preocupaciones por el hecho de que se estaba invadiendo la esfera personal de un ciudadano; tampoco el hecho de que así se legitimaba la intercepción telefónica ilegal mereció especiales condenas entre quienes se regocijaron con la publicación de los diálogos entre el señor Córdoba y su amiga Marcela Bodenstedt. Reforma, que comenzó a circular en noviembre de 1993 como filial de El Norte, que existe desde 1938 en Monterrey, ha tenido especial interés para practicar ese tipo de diarismo que acude al escándalo disfrazándolo de revelación periodística. A fines de septiembre dio amplio despliegue a una fotografía del señor Raúl Salinas (hermano del expresidente Salinas. N. de la R.), quien aparecía vacacionando, en un velero, con una amiga española, y pocos días después se suscitó el conocido escándalo en torno a la carta que Ernesto Zedillo, siendo jefe de la campaña presidencial del Partido Revolucionario Institucional, le dirigió a Luis Donaldo Colosio en marzo de 1994.

En la Ciudad de México hay por lo menos 25 diarios. Esa proliferación tiene diversos motivos, entre ellos se encuentra la ligereza con que el gobierno contrata espacios de publicidad, incluso en publicaciones de nula presencia política o cultural. El principal criterio que define la existencia de la gran mayoría de los diarios no es la circulación, ni siquiera la publicidad comercial, sino la publicidad política -que, vale recordarlo, no siempre aparece como tal: no suele distinguirse entre material de la redacción y textos pagados-. En contraparte, resulta escasa la exigencia de los lectores, comenzando por la poca costumbre en la sociedad mexicana para leer con frecuencia los diarios.

La radio

Quizá puede decirse que el cambio en la radio mexicana comenzó con el terremoto de 1985. En esa época, las estaciones de la Ciudad de México emprendieron una intensa labor de servicio social (en la ubicación de sobrevivientes, el acopio de víveres y, sobre todo, el intento para explicar los alcances de esa tragedia), también al principio politizada. Desde luego, hacía tiempo que en la radio existían espacios susceptibles a la información no necesariamente oficial y al comentario crítico, pero eran escasos. Diez años después, los cuadrantes de AM y FM en la Ciudad de México de hecho hierven de intencionalidad política, con frecuencia contestataria.

La temporada electoral de 1994 fue propicia para que en la radio se desplegaran numerosos espacios que mezclan la información y la opinión, y más tarde la inquietud política de la sociedad se ha traducido, entre tantas otras consecuencias, en politización de la radio. Sin haber desaparecido la presión que con diversos instrumentos institucionales y jurídicos ejerce el gobierno, se ha encontrado con el interés de varios empresarios de la radio para limar el tono oficialista que definía sus espacios.

Se estima que en 1995 en todo México hay 1,291 estaciones radiodifusoras. La presencia social de la radio en la sociedad mexicana es evidente, pero resulta difícil de medir con certidumbre. Un solo noticiero, Monitor de Radio Red, tiene cerca de la mitad de la audiencia matutina en la zona metropolitana de la Ciudad de México. Eso significa, según algunas estimaciones, cuatro o cinco millones de personas todos los días. En la zona metropolitana del DF hay 56 estaciones radiodifusoras: 32 en la banda de amplitud modulada y 24 en la de frecuencia modulada. De ellas, por lo menos 15 tienen programas matutinos de noticias. Más que hallazgos informativos o periodismo de investigación, que apenas comienza a existir, la mayoría de esos programas se distinguen por el tono personal del conductor, que debe equilibrar el antigobiernismo exigido por los sectores más contestatarios del público, con la prudencia requerida no sólo por el gobierno, sino, fundamentalmente, por los dueños de cada estación que no quieren enemistarse con el poder político a tal grado que pierdan el privilegio que significa tener una concesión radiofónica.

Sería harto extenso revisar los contenidos y estilos de cada programa y conductor. Pero es evidente que dentro de esa variedad de opciones hay para casi todos los gustos en una fase de intensa polémica, con valores nuevos y otros no tan definidos, tan sólo en la radio matutina. En enero pasado, cuando el expresidente Carlos Salinas quiso hacer una campaña de medios para dar su versión sobre la crisis económica cuya responsabilidad se le atribuía, él en persona llamó a varias estaciones de televisión y radio. Apareció en el noticiero vespertino del canal 2 de Televisa, pero ya no en el nocturno. A la mañana siguiente, Radio Red transmitió su llamada pero, después, al menos dos conductores, en Radio Fórmula y Acir, lo pusieron al aire solamente para decirle que no les interesaban sus opiniones. Otros locutores dijeron también al aire que hubieran hecho lo mismo. El hecho de que a un expresidente de la República, más allá de lo discutible que puedan ser sus opiniones, le "cuelguen" el teléfono delante del auditorio da idea no sólo de la libertad, sino quizá también de la confusión y los excesos que hay en el panorama de la radio, igual que en los otros medios en México.

La radio está experimentando una suerte de introspección ante esa manera tal vez excedida de asumir su libertad y que, a tono con el contexto de murmuraciones y confusiones que ha existido en la vida pública mexicana, le ha llevado a privilegiar el amarillismo antes que la búsqueda informativa. Los conductores y directores de noticias comienzan a emprender balances, en privado y en público, sobre la experiencia del año más reciente.

Diez nuevos rasgos

1. Competitividad creciente, pero insuficiente. Las reglas del mercado empiezan a determinar la presencia social de cada medio, en una situación en donde cada empresa de comunicación tiene que comenzar a mejorar sus contenidos para participar de la competencia por los públicos. Pero esta es apenas una tendencia que está desarrollándose.

2. Hay una situación dual: por un lado, persiste el viejo sistema de conveniencias que compromete a medios y comunicadores con el poder político tradicional, no sólo por las ventajas económicas y la influencia pública que pueden estar involucradas. Además, hay convicciones o concepciones del país compartidas por los operadores más tradicionales en los medios y la vieja clase política.

3. Pero, al mismo tiempo, existe una creciente actitud para hacer periodismo de investigación, ir más allá del boletín y la inserción pagada y, así, ofrecer informaciones menos anodinas, por parte de periodistas casi siempre jóvenes, con formación universitaria y en empresas de comunicación que entran cada vez más de lleno a esa disputa por los auditorios.

4. Tenemos, en la prensa, muchos medios para pocos públicos. Centenares de diarios y revistas que apenas llegan a unos cuantos millares de lectores cada uno, representan en la prensa escrita un panorama de desajuste entre los costos de edición y la poca gana de la sociedad para ser lectora consuetudinaria.

5. La contraparte es, en la televisión, la presencia de pocas opciones que no llegan a constituir contrastes significativos entre sí, para públicos muy amplios, que con frecuencia no tienen otra fuente de información. El modelo Televisa sigue imperando aunque, por primera vez en cuarenta años, comienzan a haber otras opciones, locales y nacionales.

6. En este tránsito no hay aún condiciones para que, en todos los casos, rijan las leyes del mercado. La publicidad, gubernamental y comercial, sigue siendo definida a partir de datos de audiencias falsos, o por otro tipo de consideraciones, pero sin atender necesariamente a la presencia real de cada medio.

7. La comunicación electrónica sigue siendo privilegio de unos cuantos. Las concesiones para transmitir por radio y televisión continúan siendo otorgadas de manera discrecional, sin explicaciones ni justificaciones, por parte del gobierno federal. Una de las principales exigencias de los sectores sociales y políticos que han presentado proposiciones para reformar la legislación para los medios, ha sido la creación de un espacio colegiado en donde no sólo el gobierno, sino también miembros del Congreso y quizá del mundo profesional, empresarial y académico definan a quiénes y en qué términos se otorgan las concesiones para usufructuar frecuencias de radio y televisión.

8. Hay una nueva libertad de expresión, ejercida con más amplitud que en el pasado, aunque no sin dificultades. Más que del gobierno, las taxativas para ese ejercicio suelen surgir de los propietarios de las empresas de comunicación. En los años recientes, en la radio de la Ciudad de México ocurrieron despidos y suspensiones de periodistas, conductores de programas de análisis y comentaristas, que en la mayoría de los casos perdieron su empleo, o fueron removidos a otros horarios u otras frecuencias. Todo ello no fue resultado de exigencias específicas del gobierno -como se creyó en varios casos-, sino decisiones de los dueños de esas emisoras.

9. Los medios son, a la vez, espacios democráticos y propagadores de confusiones. En pocos meses los medios de comunicación de masas, que se habían convertido en jueces de la vida pública mexicana, pasaron a ser acusados de algunas de las distorsiones y descomposturas políticas que hay en el país. La descomposición de la clase política tradicional, que se traduce en tensiones en todos los partidos, indecisiones en el gobierno y exigencias insatisfechas en la sociedad, ha llegado también a los medios de comunicación que en ocasiones reproducen mecánicamente, cuando no magnifican, esos signos. No queremos decir que esa es la constante en todos. Pero sí es el rasgo más notorio en un panorama en donde, durante muy largo tiempo, no pasaba nada con los medios de comunicación en México.

10. Sin embargo, tanto en los medios acartonados en el viejo estilo como dentro de aquellos en donde se aprecia alguna vocación renovadora, han existido actitudes de mimetización al panorama de desconfianza que se extendió en la sociedad desde fines de 1994. El rumor y no la noticia, el amarillismo y no el profesionalismo, han abundado en medios de todas las filiaciones ideológicas. Para numerosos medios, participar por la disputa de los auditorios en el contexto de un nuevo mercado de la información ha significado orientarse por el escándalo e incluso la publicación de informaciones falsas, exageradas o distorsionadas. Venden más, pero contribuyen a la ya notable turbación de la sociedad.

La ética extraviada

En pocos meses los medios de comunicación de masas, que se habían convertido en jueces de la vida pública mexicana, pasaron a ser acusados de algunas de las distorsiones y descomposturas políticas que hay en el país. No es que la conciencia crítica, la acuciosidad profesional o la obsesión denunciatoria hubiera singularizado antes a los medios mexicanos. Al contrario, muchos de ellos han mantenido las mismas inercias que durante largas y aburridas décadas los convirtieron, más que en espejos o contrapartes, en amplificadores del poder político. Pero en una sociedad con espacios de organización y expresión tan precariamente desarrollados como sigue siendo la mexicana, el hecho de que en algunos medios se asumieran posiciones menos complacientes llamó con fuerza la atención de la clase política y los sectores más atentos de esa misma sociedad. El desamodorramiento de algunos medios fue una de las novedades que acompañó al proceso social y político mexicano al comenzar esta década de los años noventa. Una precaria pero consistente discusión política se hizo presente en las páginas de algunos diarios y en espacios acotados, pero sintonizables en la radio.

La crítica al poder político fue severa como nunca antes, al menos en esta mitad del siglo. Dejaron de existir tabúes para la prensa. Incluso la figura presidencial, tan tradicionalmente intocada, comenzó a ser motivo no sólo de fuertes cuestionamientos en los artículos de fondo escritos por dirigentes de la oposición política, sino además -y luego en especial- en las caricaturas de diarios de casi todas las tendencias.

Pero la crítica ácida no basta. Los medios que la han practicado en ocasiones se han solazado tanto en ella que no hacen más que reproducirla, a veces con más adjetivos que argumentos. Sintonizados con el clima de desconfianza que ha recorrido el país en todo lo que va de 1995, muchos de los medios críticos, o que con tal actitud querían manifestar un perfil distante de las posiciones oficiales, terminaron por alimentar ese panorama de rumores, confusiones y desinformaciones.

Tenemos, así, que en el último año los "más informados" fueron frecuentemente quienes más desinformaron; los medios "más oportunos" se convirtieron en los más irresponsables; los "más comprometidos" fueron los menos profesionales; los "más independientes", los más entregados a los intereses del mercado.3

Hay una descomposición de la política mexicana, manifestada en los conflictos dentro de las élites tradicionalmente unidas en acuerdos fundamentales y ahora con frecuencia desgarradas en fuertes conflictos. Esa situación se reproduce en una sociedad que cada vez desconfía más de todo, en uno de los momentos de mayor turbación pública que México haya conocido.

Hemos arribado a una situación de desconcierto, en donde los afanes mercantiles diluyen, cuando los hay, los parámetros éticos, y la competencia entre los medios no suele ser por consolidar audiencias en el conjunto de la sociedad, sino por recibir la anuencia del mundo político escindido por numerosas tensiones, rivalidades y murmuraciones.

Tenemos, se ha dicho, una suerte de "paparazzización de la política nacional"4 que no obedece sólo el afán efectista de los medios, pero que encuentra en ellos su principal elemento propagador y amplificador. Así ha sido como los excesos de varios de los medios más notoriamente emancipados de rutinas y tradiciones han constituido el tema fundamental en la situación de la comunicación mexicana al llegar a la mitad de la década.

El escándalo como ingrediente sustancial de la información política y pública es una realidad en los medios de numerosos países en todo el mundo. En México, la diferencia es que ello ocurre cuando los medios, de la misma forma que la sociedad, apenas comienzan a madurar. Entre otras consecuencias, eso significa que los ciudadanos -e incluso el poder político, en algunos casos- no cuentan con elementos para defenderse de las versiones parciales, o calumniosas, que los medios llegan a propalar. El de la ética y la comunicación es un tema que apenas, y no sin dificultades, empieza a tener presencia en la sociedad y en los medios en México.5 Allí hay, sin embargo, una posibilidad muy destacada para que los medios emprendan un ejercicio de autoevaluación. Lo mismo, el debate sobre asuntos de la ética y la comunicación permitirá que la sociedad tenga parámetros, surgidos de los medios mismos, en los cuales ubicar la información que recibe.

Desorientación y descomposición: una de las dos, o ambas, han sido pautas en el comportamiento reciente de medios de comunicación antaño rigurosamente institucionales. Los medios son hoy más exigentes que nunca con el poder político y esa actitud sin duda puede ser un ingrediente de la nueva democracia mexicana, pero sólo en la medida en que, de forma correlativa, estos sean exigentes con ellos mismos.

______
Notas:

1 Puede verse, al respecto, Marco Levario Turcott, "¿Soldado de una guerra", Etcétera, núm. 119, 11 de mayo de 1995 y, específicamente sobre la mencionada encuesta, Ricardo de la Peña, "De encuestas y cabeceos", Etcétera, núm. 120, 18 de mayo de 1995.

2 El reportero Rafael Medina C. le hizo una entrevista al excomandante Guillermo González Calderoni, quien ha sido acusado por las autoridades judiciales mexicanas de enriquecimiento ilícito (se asegura que su fortuna asciende a 400 millones de dólares) y que al momento de esa publicación se encontraba refugiado en Mc Allen, Texas. La entrevista recibió los encabezados principales de Excélsior y provocó comentarios críticos como el de Héctor Aguilar Camín en la columna "Compuerta" de Nexos, núm. 213, agosto de 1995, y del autor de esta ponencia, "Para el gobierno, delincuente; para Excélsior, 'experimentado", Etcétera, núm. 129, 20 de julio de 1995.

3 Ariel González Jiménez, "Democracia e información", Etcétera, núm. 123, 8 de junio de 1995.

4 Jaime Ramírez Garrido, "Intimidad y libertad", Etcétera, núm. 122, 1 de junio de 1995.

5 Este es un tema sobre el que hemos escrito, recientemente, entre otros textos, en De la crítica a la ética. Medios y sociedad, el nuevo contrato público, Universidad de Guadalajara, 1995, y en "Periodismo, la ética elástica", Nexos, núm. 2, 11, julio de 1995.


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