Sala de Prensa


21
Julio 2000
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Etica de la radio y televisión

Reglas para una calidad
de vida mediática

Ernesto Villanueva *

Para nadie escapa que en la sociedad de fin de siglo el derecho a saber, y el derecho a participar en la toma pública de decisiones, pasa por entero a través de los medios de información, particularmente de la radio y la televisión. En efecto, la democracia representativa y, por ende, indirecta requiere para su ejercicio de la radio y la televisión que hacen las veces de vehículos de intermediación entre el Estado, la sociedad y los ciudadanos en los más distintos aspectos de la vida: información de interés público, educación, entretenimiento y publicidad justa. La radio y la televisión juegan, por tanto, un papel de importancia capital en la calidad de vida comunitaria.

Es, por tanto, razonable pensar en el hecho de que los medios electrónicos no deben permanecer al margen de los esfuerzos por edificar una sociedad organizada en aras de que el bien común no sea tan sólo una noción sin asideros, cumpliendo hasta el momento apenas un cometido formal en el país. Es verdad que en México el camino en busca de una radio y televisión de calidad pasa por varios retos: educación social, reglas jurídicas óptimas y, sobre todo, normas éticas observables y exigibles por la comunidad. Las normas éticas no sustituyen, en modo alguno, a las reglas jurídicas, pero las pueden complementar y enriquecer. El problema en México es de fondo: Se carecen de parámetros de referencia para saber con cierto grado de precisión qué es ético y qué no lo es en la programación de la radio y la televisión.

A diferencia de lo que sucede en la prensa escrita, los medios electrónicos no sólo producen información de interés público; entretienen y educan también. La responsabilidad social es mayor, pero la respuesta frecuentemente no es proporcional a la requerida por la sociedad para lograr una calidad de vida mediática. En la prensa escrita mexicana empiezan a germinar proyectos para imprimirle eticidad a los contenidos informativos; en la radio y la televisión no ha sido todavía el caso. Y cuando, excepcionalmente, se intenta alguna iniciativa en esa dirección, las fuentes disponibles de que abrevan las entidades interesadas son las mismas que están orientadas propiamente a la prensa escrita. Se restringe, por tanto, desde su origen el universo de conductas sujetas a reglas éticas.

El reto es, sin embargo, mayor. Hoy en día México asiste a la puesta en escena de una radio y televisión, tanto pública como privada, que ofrece menudos interrogantes sobre el sentido ético de sus contenidos programáticos.

Y es que debe quedar claro que en un Estado democrático de derecho el sentido teleológico de los medios electrónicos debe consistir en un servicio público dirigido a enriquecer la calidad de vida mediática de todos. Y ello adquiere un rostro identificable al brindar información de interés público con veracidad e imparcialidad, y ofrecer variedad de programas de cultura, educación y entretenimiento susceptibles de interesar a la sociedad en su conjunto regidos por normas éticas.

Uno de los retos que enfrenta el proceso de maduración de la sociedad civil como ente separado de la sociedad general en México, se localiza precisamente en la reforma de los medios de información, en lo general, y en la radio y la televisión y sus contenidos, en lo particular.

El proceso de transición a la democracia no se agota solamente en reformar las reglas jurídicas que regulan la renovación del poder político, sino que debe abarcar todos aquellos eslabones cuya unión puede hacer efectivamente de la democracia una premisa verificable. Por ello mismo la programación de la radio y la televisión se encuentra en el corazón de la reforma posible. Las resistencias a los contenidos éticos en los medios electrónicos han tenido lugar en distintos sectores y por razones diferentes. Acaso en el fondo se ha impuesto hasta el momento la máxima del pragmatismo aséptico: Buscar el mayor beneficio empresarial al menor costo posible. Y ello es particularmente cierto en México. Las energías y esfuerzos desde las empresas radiofónicas y televisivas con bastante frecuencia van dirigidos a elaborar sofismas como discursos argumentales para justificar su negativa a adoptar contenidos éticos, en lugar de trabajar con la sociedad organizada en fórmulas concretas para transformar el círculo vicioso que existe: No hay mejor programación porque la sociedad no la pide, y la sociedad no la pide porque no sabe que hay una mejor programación. Se requiere trascender ese estado de cosas y edificar un círculo virtuoso que haga posible una calidad de vida mediática donde los grupos vulnerables, particularmente los niños y la mujer, deben ser tratados con la debida consideración.

En este sentido, conviene hacer algunas puntualizaciones, en virtud de los desencuentros argumentales que se han vertido tradicionalmente al respecto en el ámbito de la discusión pública mexicana, a saber:

Primero. Los medios electrónicos no son buenos o malos per se. En todo caso lo positivo o negativo se localiza en los contenidos programáticos de la radio y la televisión; es decir, del análisis del esquema de programas a la luz de referentes de medición razonablemente aceptados puede casuísticamente emitirse juicios de valor en pro o en contra. De ahí, por tanto, que estudiar los contenidos televisivos adquiere una importancia capital.

Segundo. Frente a la discusión sobre si debe el poder público mediante una ley positiva regular con exhaustividad los contenidos programáticos, nuestra respuesta es en sentido negativo, en virtud de que la legislación vigente está destinada en este campo específico a delimitar los alcances constitucionales de las libertades de expresión e información, que son el respeto a la vida privada, la paz y el orden público. Y ello es así porque la ley tiene como misión principal proteger el interés público y hacer posible la convivencia social en paz, razón por la cual regula únicamente aquellas conductas humanas que puedan poner en peligro esos valores sociales, dejando al ser humano un gran manto de libertad para que pueda llevar a cabo su proyecto vital, cualquiera que sea éste, en función de sus posibilidades y sus circunstancias. Por esta razón, no debe ser mediante una ley positiva como se pueda construir una programación con contenidos de calidad, por las innumerables posibilidades de incurrir en ejercicios de censura que mutilan todo sentido primigenio de libertad.

Tercero. De cara al argumento sostenido por diversos empresarios de la radio y la televisión, según el cual el televidente y el radioescucha tienen en sus manos la decisión de ver o no ver determinados programas mediante la opción de apagar el aparato televisor, habría que decir que se trata en realidad de un sofisma, sobre la base de los siguientes razonamientos: a) el producto televisivo y radiofónico carece, de entrada, de la obligación de cubrir con las normas de calidad que en los productos comerciales ha establecido la Secretaría de Comercio, sin cuyo cumplimento no pueden ser comercializados al público; b) el producto televisivo y radiofónico, a diferencia de los demás productos comerciales, carece de garantía, razón por la cual no puede ser sustituido ni compensado de otra forma; c) el producto televisivo y radiofónico se encuentra dentro de la casa y el televidente y/o el radioescucha debe aceptar, de mejor o peor manera, los contenidos que unilateralmente le son proporcionados, toda vez que –particularmente para la base de la pirámide social- la decisión de apagar o no el televisor o el radio es tanto como decidir entre tener teléfono o no tenerlo.

Cuarto. No es propiamente cierto que la medición de audiencias via ratings arroje resultados objetivos para saber cuáles programas son aceptados y cuáles no. En el mejor de los casos, habría que diferenciar entre los programas más vistos y/o escuchados y los programas más aceptados, y tener en cuenta que los raitings son aproximaciones realizadas a través del método de ensayo y error, circunstancia que - a diferencia de lo que sucede en los demás productos comerciales con los que se puede saber certeramente su grado de aceptación en el mercado, obliga a ejercicios, mayores o menores, de interpretación.

Quinto. No se quiere abonar aquí a favor de un sistema de televisión pública (que en México, jurídicamente hablando, nunca ha existido) con la exclusión de los particulares. Por el contrario, la presencia de la iniciativa privada en el mercado televisivo y radiofónico contribuye a brindar opciones y hacer de un régimen de libertades una realidad concreta. Ni duda cabe también que la lógica de la obtención de ganancia, en una economía social de mercado, es no sólo un planteamiento legítimo, sino ingrediente indispensable para darle viabilidad a proyectos televisivos y radiofónicos de largo aliento.

Así pues, si se considera que el producto televisivo y radiofónico tiene una naturaleza sui géneris, tanto por lo que hace a sus peculiares características mercantiles como por lo que se refiere a su valor social de servicio público en pro del interés general, se puede inferir que tomar medidas que vayan más allá de la lucha del mercado publicitario y de la obtención de raitings supone actuar con responsabilidad frente a la sociedad. Y ciertamente para ser responsable se requiere ser libre, se necesita de la convicción voluntaria de que se actúa a favor del interés público, pues es precisamente en la autonomía de la voluntad y en la libertad donde puede cultivarse la noción de responsabilidad.

En esa tesitura, la eticidad de los contenidos no implica demérito en ningún sentido para la industria de la radio y la televisión. Y esto conviene precisarlo porque con cierta regularidad se incurre en errores de percepción que hacen ver a los contenidos éticos de la radio y la televisión de calidad como enemigos principales de la rentabilidad económica de estos medios.

Al respecto habría que señalar que ser éticos y rentables es perfectamente compatible. Más aún, los contenidos éticos no sólo generan rentabilidad económica, sino también rentabilidad social, ese valor a veces inasible que da sentido a la idea de humanidad.

Más que haber formulado una amplia discusión teórica sobre la pertinencia de adoptar contenidos éticos en la radio y la televisión, en este volumen se ha integrado un catálogo representativo de la deontología de la radio y la televisión del mundo entero que permita validar lo que en las líneas anteriores se ha argumentado. El estudio de los códigos éticos aquí compilados permitirá al lector:

a) Constatar que la ética en los medios electrónicos es una práctica cotidiana en países de distinto signo económico, pero que ubican al público como el eje central sobre el que gira su actuación;

b) Verificar que es posible el sano equilibrio entre contenidos éticos y empresa privada;

c) Conocer el grado de evolución que vive el país propio de cara a la experiencia comparada;

d) Formular iniciativas de recepción crítica de consumos de medios electrónicos;

e) Notar que en países de mucho menor desarrollo económico que el propio existe, por el contrario, una férrea voluntad para tener una programación de calidad, y

f) Advertir que es posible lograr una sólida calidad de vida mediática cuando existe el apropiado concurso de ciudadanos y empresas de radio y televisión.

Si una parte de ello se puede alcanzar, esta obra habrá cumplido con creces sus propósitos de transmisión de conocimientos.


* Ernesto Villanueva es profesor de tiempo completo y coordinador del Programa Iberoamericano de Derecho de la Información en la Universidad Iberoamericana, en la Ciudad de México. Preside la junta directiva de la Asociación Latinoamericana de Derecho de la Información y de la Comunicación; dirige la Revista Iberoamericana de Derecho de la Información; coordina el consejo editorial del dossier de Medios de Le Monde Diplomatique, edición en español, y es autor de más de una docena libros, el más reciente: Etica de la radio y la televisión, reglas para una calidad de vida mediática (México, junio de 2000, Universidad Iberoamericana, UNESCO), del cual este texto es la nota introductoria. Es, además, miembro del consejo editorial de Sala de Prensa.


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