Sala de Prensa


20
Junio 2000
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Al caer la oscuridad

Por primera vez, un importante periodista de investigación colombiano cuenta por qué abandonó su país

Frank Smyth

Washington, D.C.- El 24 de mayo, el periodista colombiano Ignacio Gómez, conocido por sus amigos como "Nacho", salió de su casa en Bogotá y trató de tomar un taxi. No tuvo que esperar mucho: un ansioso conductor lo vio, se movió a través del tránsito, y paró entre chirridos con un neumático sobre la acera.

Gómez se aproximó al taxi. Mientras abría la puerta, alcanzó a ver en el espejo del conductor a un hombre que se aproximaba desde atrás. Gómez pensó que el hombre podía haber llamado al taxi primero, así que cortésmente le abrió la puerta y lo invitó a abordar el auto.

El hombre se heló, y permaneció amenazante frente a Gómez por unos momentos, sin moverse. En ese momento, Gómez se dio cuenta de que el rostro de ese hombre se parecía a un retrato hablado que la policía obtuvo por la descripción que hicieron los sobrevivientes de una masacre en el pueblo de Mapiripán, en 1997, donde paramilitares de derecha mataron a 49 personas con la ayuda del ejército colombiano.

Gómez se alejó del taxi y cruzó la calle mientras llamaba la policía desde su teléfono celular.

A sus 38 años de edad, Gómez está entre los periodistas más respetados en Colombia; él creció en los barrios bajos de Bogotá, y en ese momento encabezaba la unidad de investigación del diario El Espectador. En Febrero de este año, Gómez reportó que la masacre de Mapiripán habido sido ejecutada por paramilitares bajo el comando del conocido dirigente de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Carlos Castaño.

Reportar sobre cualquier aspecto de la guerra civil en Colombia es un asunto peligroso; 36 periodistas han sido asesinados en la última década, más que en ningún otro país en Latinoamérica. Cubrir a las AUC, sin embargo, es aún más peligroso, porque la organización es tan despiadada como extremadamente sensible sobre su imagen pública.

Esta violenta organización derechista, con fuertes lazos con militares colombianos, ha sido vinculada a cientos de violaciones de derechos humanos en Colombia. El dirigente de las AUC, Carlos Castaño, parece haber alcanzado dos logros para mejorar la imagen de su grupo, mediante una serie de entrevistas de televisión y saturando de comunicados a los medios impresos. Mientras, quienes osan criticar a las AUC saben que podrían padecer violentas represalias. El asesinato de Jaime Garzón, el más popular crítico político colombiano, en agosto de 1999, ha sido atribuido a las AUC, así como al menos otros cuatro asesinatos de periodistas en los últimos años. Los periodistas que cubren a las AUC han sido atacados, amenazados y forzados al exilio. El columnista Alfredo Molano, de El Espectador, se fue a España en enero de 1999 después de que Castaño envió una carta por fax al periódico en la que describía al periodista como "un enemigo de la nación".

A pesar de los evidentes riesgos, Nacho Gómez y sus colegas en El Espectador continuaron reportando sobre las AUC. En su reportaje sobre la masacre de Mapiripán, Gómez narró que las AUC actuaron en concierto con fuerzas del ejército colombiano, bajo el comando del coronel Lino Sánchez. Poco después de publicar esta nota, Gómez empezó ha recibir amenazas por carta. Para abril, ya sumaban 56 cartas, similares en tono y frases, firmadas por individuos que se identificaban como personal militar. La policía estableció más tarde que todas habían sido generadas en tres impresoras de computadora.

Algunos de los paramilitares de las AUC implicados en la masacre de Mapiripán habían sido condenados el año anterior por participar en otra masacre, en la ciudad de Barrancabermeja, y fueron cumplir sus sentencias en la prisión de alta seguridad La Modelo, tras cuyas paredes han muerto muchos presos, entre quienes se cuenta al agente de inteligencia naval Saulo Segura, quien fue encarcelado por atestiguar contra un veterano comandante de la naval sobre su presunta relación con escuadrones de la muerte integrados por militares. En diciembre de 1995, Segura fue asesinado dentro de La Modelo por un hombre no identificado, quien dejó el arma homicida (una pistola) cerca de su cadáver.

Otra reportera de El Espectador, Jineth Bedoya, comenzó a darle seguimiento a los abusos cometidos por miembros de las AUC presos en La Modelo. En abril, afloraron las tensiones en la prisión, cuando paramilitares de las AUC se enfrentaron con presos izquierdistas y con criminales comunes. Durante los disturbios, los jefes de las AUC jefes ordenaron varias ejecuciones sumarias de otros prisioneros. Bedoya publicó esta nota en El Espectador.

En las siguientes semanas, oficiales militares colombianos con supuestos vínculos con las AUC extendieron rumores que señalaban a los periodistas de El Espectador como agentes de una guerrilla marxista. En tanto, fuentes anónimas advirtieron a Bedoya que ella estaba en una lista de sentenciados a muerte de las AUC.

El 23 de mayo, Nacho Gómez revisó su buzón en la oficina y encontró un pequeño sobre con su nombre rotulado al frente. Dentro había una fotocopia de las revelaciones de Bedoya sobre La Modelo. Bedoya y su editor en El Espectador, Jorge Cardona, recibieron notas idénticas.

Hora y media más tarde, sonó el teléfono celular de Bedoya. La persona que llamó se identificó como "El Panadero", supuesto cabecilla de las AUC presos en La Modelo. "El Panadero" negó que planeara matar a Bedoya, y le ofreció reunirse con ella dentro de La Modelo, a las 10 de la mañana del día siguiente, para un entrevista.

Aunque "El Panadero" le dio instrucciones a Bedoya para que fuera sola, llegó a la prisión acompañada por Cardona y por un fotógrafo. En una sala de espera, un guardia les anunció que la entrevista habido sido autorizada. El guardia los apremió, mientras las autoridades de la prisión los estaban esperando para procesarlos a ellos. Para ese momento, el fotógrafo había salido a comprar una soda, y Cardona fue a buscarlo, dejando sola a Bedoya.

Cuando Cardona y el fotógrafo volvieron a la sala de espera, Bedoya había desaparecido. Ni los guardias ni nadie más aceptó haber visto nada.

Cardona creyó que Bedoya, que siempre demostró una conducta independiente, había decidido entrar sola a la prisión. Pero a las 5 de la tarde, cuando todos los visitantes deben abandonar la prisión, ella todavía no aparecía.

Para entonces, Cardona había llamado al director general de investigaciones de la procuraduría general, quien empezó por revisar la bitácora de la prisión y, al mismo tiempo, empezó un rastreo electrónico del teléfono celular de Bedoya.

A las 6:30 de la tarde, los investigadores detectaron una señal, proveniente desde la ciudad de Villavicencio, una de las plazas más fuertes de los paramilitares que se conocen y que está a varias horas de Bogotá por carretera. Mientras los investigadores organizaban la búsqueda, un conductor de taxi Bedoya arrastrándose fuera de un basurero a orillas de la carretera.



El 25 de mayo, Bedoya
fue secuestrada en el
vestíbulo de la prisión
La Modelo, donde se
encontraba para
entrevistar a un dirigente
de las AUC detenido;
luego fue conducida a una
ciudad a tres horas de
Bogotá, donde fue
golpeada y violada.

Más tarde, Bedoya contó a la policía que después de que su editor la dejó sola para buscar al fotógrafo, se le acercaron dos hombres en el vestíbulo de la prisión. Uno de ellos le puso una pistola en su costado, mientras el otro le cubrió la cara con una tela aparentemente remojada con alguna droga, provocándole un desmayo.

En semiinconciencia, Bedoya fue llevada una casa frente a la prisión. Sus secuestradores la ataron de pies y manos, la amordazaron y vendaron sus ojos. Luego la condujeron a Villavicencio, donde salvajemente golpeada y violada. Durante el asalto, los hombres le dijeron cómo planeaban asesinar a otros periodistas, incluyendo su colega Nacho Gómez.

Los asaltantes de Bedoya no explicaron por qué la dejaron libre. Una semana mas tarde, Nacho Gómez huyó a Estados Unidos.


* Frank Smyth es representante en Washington, D.C., del Comité para la Protección de los Periodistas. Este reporte fue elaborado en inglés para el CPJ y se reproduce en Sala de Prensa con la autorización expresa de Marylene Smeets, coordinadora del Programa de las Américas del CPJ, en Nueva York. (Traducción de GAA.)


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