Sala de Prensa


20
Junio 2000
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Vietnam

Documentales contra una guerra sucia

Ignacio Ramonet *

La guerra de Vietnam duró catorce años, de 1961 a 1975. El Frente de Liberación de Vietnam del Sur se formó el 20 de diciembre de 1960, unas seis semanas después de que John F. Kennedy fuera elegido presidente de Estados Unidos. A comienzos del año siguiente, Kennedy lanzó a la guerra las Fuerzas Especiales , violando los acuerdos de Ginebra de 1954. Luego vino la escalada de Lyndon B. Johnson, a fines de los años 60, con el bombardeo del norte de Vietnam y de Hanoi. A continuación se produjo la "vietnamización" de la guerra, decidida por Richard Nixon. Por último, el gobierno pro-estadounidense de Saigón y su ejército cayeron el 30 de abril de 1975.

Este conflicto fue el tema más ampliamente tratado por la televisión en toda la historia de las informaciones televisadas en Estados Unidos. El sociólogo George Bayley efectuó un estudio muy preciso (1) sobre la forma en que las tres grandes redes televisivas estadounidenses (ABC, CBS, NBC) dieron cuenta de esta guerra durante el periodo 1965-1970.

Casi la mitad de las informaciones sobre la guerra estaba referida a las acciones de la infantería sobre el terreno y a las actividades de la aviación. Cerca de un 12% de esas noticias eran citas oficiales de los dos gobiernos (Saigón y Washington). Sólo el 3% del conjunto de las informaciones difundidas daba el punto de vista del "enemigo". Ese porcentaje indica bastante explícitamente hasta qué punto la televisión estadounidense fue parcial en su versión de los acontecimientos.

También se minimizó el impacto que la guerra tuvo dentro de Estados Unidos, el rechazo que despertó, fundamentalmente entre los jóvenes, generando manifestaciones antibelicistas, marchas por la paz y protestas universitarias. Respecto de esta parcialidad, George Bayley señala: "Prácticamente todos los resúmenes diarios de los combates provenían de los servicios de relaciones públicas del ejército". Sólo en el año 1971, esos servicios habían gastado más de 200 millones de dólares para presentar a los ciudadanos estadounidenses la mejor imagen posible del ejército.

En un documental de Peter Davis, The Selling of the Pentagon (Cómo se vende el Pentágono), un ex oficial de los servicios de información relata cómo se esforzaba por "desinformar" a los periodistas que venían a investigar sobre el terreno. Por ejemplo, un equipo de la CBS que realizaba un reportaje sobre los bombardeos contra Vietnam del Norte, y que se había dirigido a él para poder entrevistar pilotos estadounidenses, fue víctima de sus manejos. El oficial efectivamente hizo el contacto, pero antes advirtió severamente a los pilotos sobre lo que bajo ningún concepto había que decir...

"De igual modo, los servicios de información organizaban falsos operativos de las tropas gubernamentales survietnamitas. Los servicios oficiales filmaban esos operativos y después enviaban los reportajes a pequeñas emisoras estadounidenses que no tenían medios para enviar equipos propios a Vietnam", señala un observador (2).

Fue para oponerse a esa visión parcial y manipuladora de una "guerra sucia", que desde fines de los años 60 cineastas independientes comenzaron a denunciar los horrores de la intervención estadounidense en Vietnam por medio de documentales políticos.

En In the Year of the Pig (En el año del cerdo, 1969), Emile de Antonio es el primero en tratar de explicar las razones profundas de la guerra. Con métodos de arqueólogo, De Antonio estudia una enorme cantidad de imágenes de archivo, remontándose a la época de la colonización francesa, y demuestra dos cosas: la premeditación de la intervención estadounidense, y el carácter ineluctable -a su entender- de la derrota militar.

Un cineasta talentoso, Joseph Strick, ya había detectado los signos premonitorios de ese fracaso (véase su film Interviews with My Lai Veterans, 1970) en la arrogancia y la suficiencia exhibida por el teniente William Calley y sus siniestros compañeros -soldados transformados, por obra y gracia del ejército, en criminales de guerra, en verdaderas "máquinas de matar" luego de los entrenamientos deshumanizantes que el documentalista Frédéric Wiseman había denunciado en Basic Training , de 1971.

La impresionante película Winter Soldier (Soldado de invierno) fue un llamado a la desobediencia. Se trata de un documental colectivo donde veteranos de la guerra relatan las atrocidades que ellos mismos cometieron en Vietnam, "en nombre de la civilización occidental". De todos los documentales que se realizaron contra la guerra de Vietnam, este fue, sin dudas, el que tuvo mayor impacto en la opinión pública.

A su regreso de la guerra, jóvenes "veteranos" (de entre 20 y 27 años) toman conciencia de haber participado en una carnicería y de que -a raíz del condicionamiento sufrido- han sido deshumanizados y reducidos a la condición de "Terminators" criminales. Comprenden entonces que la guerra de Vietnam no tendrá jamás su Tribunal penal internacional, que los verdaderos responsables políticos y militares de las masacres, de la lluvia de napalm, de los bombardeos aéreos contra civiles, de las ejecuciones masivas en los presidios, y de los desastres ecológicos provocados por el uso generalizado de defoliantes, nunca serán juzgados por una corte marcial ni condenados por crímenes contra la humanidad.

Esa evidencia se les hace insoportable; por lo tanto, para aportar un contra-testimonio a las mentiras difundidas por los medios, ciento veinticinco veteranos, que no son ni desobedientes ni desertores, muchos de ellos cubiertos de condecoraciones, se reúnen en Detroit en febrero de 1971. Cineastas neoyorquinos deciden filmar ese acontecimiento -que los medios oficiales boicotean- y así registran treinta y seis horas de película, cuya síntesis será Winter Soldier.

Allí se puede ver a esos ex soldados - otrora orgullosos de haber combatido por su patria- explicar el lavado de cerebro sufrido previamente en los campos de entrenamiento, donde les enseñaban a amordazar su conciencia moral y a liberar sus instintos agresivos. Cuentan las atrocidades que cometieron luego de haber sido robotizados: las violaciones, las torturas, los incendios de poblados, las ejecuciones sumarias, el uso de niños para practicar tiro al blanco, el intercambio de las orejas de los vietnamitas (vivos o muertos) por latas de cerveza, el lanzamiento de prisioneros desde helicópteros, etc.

Evocan el catálogo de las consignas de guerra: "Todo vietnamita vivo es sospechoso de ser del vietcong; todo vietnamita muerto es un auténtico vietcong"; "Si un campesino escapa ante vuestra presencia, es un vietcong; si no escapa, es un vietcong inteligente; en ambos casos hay que eliminarlo"; "Cuenten los prisioneros únicamente después que el helicóptero llegue a destino, no al despegar; así no tendrán que rendir cuentas por los que hubieren desaparecido en vuelo", etc.

Winter Soldier pone en evidencia la profundidad del traumatismo provocado en Estados Unidos por el conflicto vietnamita, y subraya el desconcierto moral de la juventud que participó en esa guerra.

Posteriormente, en Hearts and Minds (Corazones y mentes, 1973), el director Peter Davis se interrogó sobre las características culturales estadounidenses que -más allá de consideraciones políticas-habían podido favorecer la extensión irracional del conflicto, hasta darle -por la cantidad y la gravedad de las atrocidades cometidas- dimensiones de un crimen contra la humanidad.

En primer lugar, el director procede a rastrear las redes de mentiras, de afirmaciones y de fobias, que paulatinamente aprisionaron a Estados Unidos en la lógica de la intervención. Abiertamente interrogados, ciertos dirigentes exponen pretextos geopolíticos absurdos: "Si perdemos Indochina, perdemos el Pacífico, y seremos una isla en un mar comunista". Otros ven en la intervención una manera de conservar el acceso a materias primas indispensables: "Si cayera Indochina, dejarían de llegarnos el estaño y el tungsteno de la península de Malaca". Por último, más ideológicos, otros afirman que Estados Unidos interviene "para socorrer a un país víctima de una agresión extranjera".

Peter Davis sabe que para dilucidar los orígenes de la brutalidad en el "comportamiento individual" de los militares estadounidenses, hay que analizar una cantidad de ritos que caracterizan, en parte, la sociedad.

Hearts and Minds distingue tres de esos ritos o "estructuras de enceguecimiento", cuya función es ocultar el sentido profundo de un acto bajo una montaña de significaciones secundarias puramente formales. Así, por ejemplo, Peter Davis muestra cómo el ejército logra diluir la dimensión criminal de un acto de guerra a través de la multiplicación de intermediarios tecnológicos entre un militar y su víctima.

Muestra de ese proceder es el caso de un piloto que, con mirada serena, declara: "Cuando uno vuela a 800 kilómetros por hora no tiene tiempo de pensar en nada más. Nunca veíamos a la gente. Ni siquiera oíamos las explosiones... Nunca sangre ni gritos. Era algo limpio; uno es un especialista. Yo era un técnico". La conciencia del piloto, fascinada por el mito de la eficacia técnica, ya no considera las consecuencias de su acción ni asume la responsabilidad de la misma.

Una segunda estructura -que aparece de cierta manera como complementaria de la anterior- consiste en transformar cualquier participación en un terreno dado, en una competencia donde el fin justifica los medios. Antes que nada, lo que cuenta es poner toda la energía con el único objetivo de triunfar. Peter Davis compara la actitud de los militares en Vietnam con la de los jugadores de fútbol americano. En ambos casos, todos los golpes están permitidos, lo único que cuenta es ganar, aun cuando se haya olvidado la causa del combate.

Soldados interrogados en plena batalla, en la jungla vietnamita, confiesan no saber por qué pelean. ¡Uno de ellos incluso está persuadido de que es para ayudar a los norvietnamitas! Un oficial resume: "Es una guerra larga, difícil de entender. Pero nosotros vinimos aquí para ganar".

El tercer elemento de desculpabilización es esa especie de "psicología de los pueblos" - origen del racismo más elemental- que permite acusar mecánicamente a los habitantes de un país de un sinnúmero de defectos. Un oficial estadounidense cuenta a los niños de una escuela sus impresiones sobre Indochina: "Los vietnamitas son muy atrasados, muy primitivos; ensucian todo. Sin ellos Vietnam sería un lindo país".

En ese discurso se percibe claramente la nostalgia de una solución radical ("no people, no problem") del tipo "solución indígena" que debe haber tentado -sin graves remordimientos- al general William Westmoreland, jefe del cuerpo expedicionario, pues sostenía que "para los orientales la vida no tiene tanto valor como para los occidentales".

Peter Davis atribuye al conflicto vietnamita un valor de "síntoma". El de una grave enfermedad, es decir: la violencia estadounidense, cuyas características militares analiza, un poco a la manera sociológica empleada por Cinda Firestone en Attica para desnudar el funcionamiento de la represión policial.

Hollywood, que no había apoyado esta guerra, no dudó en recompensar Hearts and Minds con un Oscar al mejor documental de 1974.

Pero la obra límite sobre las consecuencias del conflicto en la trama íntima de las vidas estadounidenses fue Milestones (1975), de John Douglas y Robert Kramer, verdadera suma de las ideas más generosas de la generación que se opuso a la guerra. Milestones es una travesía (histórica, geográfica, humana) por Estados Unidos. Es un encuentro con ciudadanos conscientes de que el poder estadounidense se creó sobre la matanza de los indígenas y sobre la esclavitud de los negros, y que se oponen a la destrucción del pueblo vietnamita. Obra de renacimiento, Milestones marca sin embargo un corte bastante radical en el discurso político. Terminada ya la guerra, la película insiste en la necesidad de mantener la movilización, e invita a volcar la energía militante en la vida cotidiana, en la transformación de las relaciones de pareja, de familia y de amistad. Propicia el florecimiento de una sociedad estadounidense menos violenta, más benévola, más tolerante, que permita más fácilmente dar libre curso a la sensibilidad y a la emoción.

Por último, en octubre de 1983, cuando la opinión pública estadounidense trataba de olvidar el conflicto, una serie documental difundida por la televisión y titulada Vietnam, una historia televisada, vino a rememorar nuevamente los crímenes de Washington en Vietnam.

Los documentalistas lograron hallar a dos sobrevivientes de una masacre olvidada, la de la aldea de Thuy Bo en enero de 1967, que recuerdan. Nguyen Bai, que por entonces era un escolar, cuenta "cómo los 'marines' destruyeron todo, sacrificaron el ganado, liquidando a los heridos, rompiendo cabezas a culatazos, disparando sobre todo lo que se moviera". La señora Le Thi Ton, que también era una niña en aquel momento, confirma: "Éramos diez en una choza cuando llegaron los soldados estadounidenses . Yo salí a saludarlos; ellos se rieron y tiraron una granada dentro. Soy la única sobreviviente (3)".

William Cohen, actual ministro estadounidense de Defensa, declaró el 11 de marzo pasado, en vísperas de su histórica visita a Hanoi, que no pensaba pedir disculpas por la conducta de las fuerzas de su país durante la guerra de Vietnam.

Notas al pie:

1 George Bailey, "Television War: Trends in Network Coverage of Vietnam 1965-1970", Journal of Broadcasting, primavera de 1976, Washington D.C.

2 Le Monde, 3-3-1971.

3 Ver Patrice de Beer, "Une grande fresque sur le Vietnam", "Leçons d’histoire", Manière de voir, n°26, mayo de 1995.


* Ignacio Ramonet es director de Le Monde diplomatique, Francia. © Le Monde diplomatique, edición mexicana, No. 33, mayo de 2000 (traducción: Carlos Alberto Zito). Este texto fue entregado por su directora general, Eda Chávez, para su publicación en Sala de Prensa.


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