Sala de Prensa


19
Mayo 2000
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Contar para cambiar: los jóvenes
reporteros de investigación

Antonio Ruiz Camacho *

En un país donde más de cuatro de cada diez habitantes vive en la pobreza y donde dos de cada diez se encuentra en la miseria, la necesidad de contar historias sociales no es acuciante, sino ineludible.

Dice Jonathan Kaufman, reportero de investigación de The Boston Globe, quien obtuvo el premio Pulitzer por una serie de historias sobre racismo titulada The Race Factor: "Hago este tipo de periodismo, en parte, porque considero que los periódicos deberían escribir sobre la gente que, de otra forma, no tendría voz. Si nosotros no vamos a escribir sobre los indigentes, los pobres o los que sufren alguna discriminación, ¿quién lo hará?".

La frase de Kaufman sirve perfectamente como declaración de principios para un número creciente de jóvenes reporteros mexicanos que actualmente integran las áreas de investigación en diferentes medios de comunicación nacionales.

¿Por qué? Un poco de historia y números son un buen punto de partida para dar respuesta a esta pregunta. México es la décimoquinta economía mundial pero, en cuanto a la distribución de su riqueza, ocupa el puesto 82. El ingreso anual per capita mexicano es de mil 700 dólares y el promedio de educación nacional es de tan solo seis años: apenas la instrucción primaria.

Arrastrado más por la inercia mundial que por un deseo exclusivamente propio, México ha acometido la senda de la democratización real --dejando atrás la nominal, con la que cuenta desde hace más de 70 años--, pero sus pasos han sido, hasta el momento, convulsos e inciertos.

El punto de no retorno en la realidad mexicana quedó marcado el primero de enero de 1994, con el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en el sureño estado de Chiapas.

A lo largo de ese año, como consignó Alma Guillermoprieto en diferentes crónicas publicadas en The New Yorker, el país habría de darse cuenta de que iniciaba un tiempo inédito, en el que ya no valían "ninguna de las viejas reglas del juego".

La convulsión y el compromiso

El 23 marzo de 1994 el candidato del oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI), Luis Donaldo Colosio, fue asesinado en Tijuana, al noroeste de la República. Seis meses después, José Francisco Ruiz Massieu, entonces secretario general del mismo partido --el que ha gobernado al país, con dos diferentes nombres previamente, desde 1929-- también caía muerto a tiros a la puerta de un céntrico hotel de la capital del país.

Descontrolado, irritado y aferrado al pasado, el viejo sistema mexicano expresaba su furia y desesperación ante un cambio que debió venir mucho antes y que, en ese momento, le estallaba al país por todos los frentes.

Si bien los asesinatos políticos y la creciente proliferación del narcotráfico --tanto en las esferas oficiales como en las zonas más aisladas y paupérrimas del país-- daban cuenta de la corrupción y la descomposición del sistema, la rebelión zapatista desenmascaró los sueños primermundistas que había alucinado buena parte de la población durante el sexenio de Carlos Salinas de Gortari, y había dejado en claro que, antes que otra cosa, México es un país de enormes injusticias sociales y muchas asignaturas pendientes.

En ese momento, un buen número de jóvenes universitarios cursaba materias de periodismo y vivieron la convulsión zapatista y el derrumbamiento de sus sueños como una llamada de atención: la campanada que los llamaba a formar filas para acometer un nuevo compromiso.

El rompimiento de las cadenas y las mordazas en el periodismo mexicano había comenzado tiempo atrás, allá por los setentas, cuando luego de un complot fraguado desde la esfera gubernamental para desmantelar al entonces reputado aunque conservador diario Excélsior, Julio Scherer --el director derrocado-- y su equipo formaron la revista Proceso, a la cual el periodismo nacional debe ahora mucha de la libertad que tiene.

Al paso de los años, nuevos y agresivos medios se unieron, de una u otra forma, con estrategias y coberturas propias, a la lucha de Proceso. Tal fue el caso de Unomásuno --cuyo proyecto se desvirtuó con el tiempo y actualmente no es considerado una referencia--, La Jornada, El Financiero y Reforma, medios que han intentado --y lo siguen haciendo-- mantener una línea editorial propia ajena a los intereses oficiales.

En las páginas de estos y otros medios del interior de la República --como casos conspicuos están Zeta en Baja Californa, El Imparcial en Sonora y el hoy extinto Siglo 21 en Jalisco-- los mexicanos comenzaron a conocer versiones diferentes de las cosas, artículos y notas que exhibían e intentaban articular la convulsión por la que atravesaba el país.

Sangre nueva vs. vieja guardia

La complejidad de los temas que se trataban y la velocidad con la que ocurrían nuevos episodios del momento histórico que vivía México comenzaron a demandar una cobertura distinta, más profunda y de mayor aliento.

Ya contábamos con la libertad para decir las cosas; ahora necesitábamos que alguien las explicara y contara sus historias.

Un reducido pero consistente grupo de reporteros se dio a la tarea de saciar esa necesidad. Formados en las redacciones de antaño, con la cobertura de las guerrillas centroamericanas y la bipolaridad de la guerra fría pero ya dispuestos a iniciar un cambio, estos periodistas brillaron por la frescura y agresividad con que cubrían asignaciones como el narcotráfico, la guerrilla o los asesinatos políticos y las presentaban en atractivas historias.

Pronto escalaron peldaños al interior de las redacciones y, aunque muchos de ellos estaban dispuestos a reportear y editar a un tiempo, la necesidad de plumas que reforzaran su propuesta editorial se hizo evidente.

Esta necesidad de sangre nueva coincidió con el egreso de universidades de jóvenes ávidos de contar las historias de quienes más sufrían en el país y cuya verdad era indispensable poner en papel.

No todos los reporteros jóvenes mexicanos, sin embargo, comparten esta idea. La inercia de los medios nacionales es muy fuerte y, aunque los avances han sido notables, aún no es posible hablar de un cambio institucional.

En la prensa mexicana sigue privilegiándose la declaración y la estridencia por encima de la profundidad, el análisis y la historia. Pocos reporteros --de poca y mucha edad-- hechos a la usanza de la "vieja guardia" y los editores que comparten su ideario apuestan por la investigación de largo aliento y la búsqueda de un estilo narrativo-periodístico.

Ejemplo de ello es que, en la actualidad, la abrumadora mayoría de los reporteros que integran áreas de investigación o asuntos especiales --espacios comúnmente designados a reporteros de amplia experiencia profiesional y académica en redacciones estadounidenses o europeas-- son jóvenes, en edad y en experiencia.

El deseo del cambio

Claudia Fernández se integró al equipo de asuntos especiales de El Financiero en 1994; entonces rondaba los 25 años. Tras un paso fugaz por la nota diaria y la redacción de repotajes semanales para la edición en inglés del periódico, comenzó a hacer investigaciones relacionadas con la banca y la televisión mexicana.

Recientemente acaba de publicar un libro sobre la vida de Emilio "El Tigre" Azcárraga, una investigación inédita en México por su profundidad y aliento. Tras una temporada en El Financiero, Claudia estudió una maestría en Periodismo en la Universidad del Sur de California y, a su regreso a México, echó a andar la sección de asuntos especiales en el añejo diario El Universal.

"Había todo por hacer y mucho de lo que logramos fue por ímpetu mío, no por una apuesta institucional del diario", recuerda Fernández. Sin embargo, sus logros no fueron pocos. "El día que vi una foto enorme en la parte superior de la portada del periódico que anunciaba un reportaje sobre sida en México, pensé: este periódico sí quiere cambiar".

Los reportajes han llegado a las portadas no sólo de El Universal, sino también de El Financiero y Reforma, y muchos de sus autores son jóvenes, como Claudia.

Es el caso de Tzinia Chellet, quien llegó al área de investigación de El Universal cuando rondaba los 23 años. Si bien ha podido realizar algunos reportajes sobre pobreza, agricultura y salud, sabe que el espacio para estos temas no está garantizado, está consciente de las inercias del periodismo mexicano y sabe que el cambio aún no es inminente.

Los editores de la vieja guardia, dice Tzinia, "no creen en las investigaciones de largo alcance, por aquello de la 'inmediatez de la informacion'. Son tantos los problemas por los que atraviesa México, que describirlos tomaría un libro entero. Los medios sólo reflejan someramente los síntomas que presenta el agonizante cuerpo del país.

"En mi corta experiencia --continúa--, quienes hemos entrado recientemente a los medios

atravesamos una etapa de desazón respecto al manejo informativo, a los mitos y timos del periodismo, a enfrentarnos con las inercias, los vicios y manipulaciones que seguramente fueron establecidos antes de que nuestros jefes de información nacieran.

"¿Será acaso la inexperiencia de la juventud o nuestro impulso por lo que nos surge la motivación por investigar las situaciones a fondo, por creer en los 'reportajes' sin etiquetas? ¿Será acaso que estamos cansados de ver lo mismo desde que nacimos y queremos cambiar las cosas o, al menos, contarlas desde un ángulo distinto?".

La demanda que avasalla

Alejandro Suverza tiene una idea similar a la de Tzinia. Con 30 años y la licenciatura en Ciencias de la Comunicación por la UNAM, se ha dedicado a recorrer las zonas más aisladas y marginadas del país como parte de su trabajo en el área de asuntos especiales de El Financiero.

Desgarradoras y extenuantes, las historias que Suverza ha publicado van desde la vida de los indios Tarahumaras en cuevas y los conflictos caciquiles en arruinados poblados de Yucatán hasta la falta de expectativas de jóvenes drogadictos e indigentes del centro de la ciudad de México.

El número de historias de injusticia, desesperanza y conflicto que necesitan ser contadas en México es tal que, en muchos casos, los reporteros de las áreas de investigación en realidad escriben simples reportajes y no historias de largo aliento. No se dan abasto.

La causa en un buen número de ocasiones es que las secciones cotidianas de los medios no cuentan con la estructura --y a veces, tampoco, la intención-- para ir a fondo en los temas que abordan.

Así, en el área de investigación de Reforma --el más reciente y revolucionario de los periódicos mexicanos--, jóvenes reporteros como Linaloe Flores, Amparo Trejo y anteriormente Guillermo Osorno se han dado a la tarea de narrar la historia de las mujeres que trabajan en las maquiladoras del norte del país, los fuertes dispositivos de seguridad con que viven los adolescentes hijos de la clase privilegiada y el futuro de algunos de los barrios más tradicionales y problemáticos de la ciudad de México.

En El Financiero sucede algo similar. Los temas que cubren los reporteros van desde el fenómeno de la migración hacia los Estados Unidos, las madres solas, el futuro del derecho a la información en México, la pobreza en el sur del país y la corrupción al interior de los cuerpos policiales.

La juventud como herramienta

En muchos casos los reporteros van a tientas y rápido en sus investigaciones, guiados más por el instinto que por la experiencia.

Tienen ganas de narrar historias --no únicamente de dar información-- y necesidad por deconstruir y explicar un país que, casi a diario, nadie logra entender.

Su juventud --el idealismo y la desesperanza que ello implica-- es su herramienta y característica principal, y eso es lo que los mueve.

Cuando acepté redactar estas líneas dije que sólo podría escribir de lo que conozco. Tengo 26 años, apenas tres en el medio periodístico profesional y pertenezco al equipo de asuntos especiales de El Financiero.

Como muchos de mis compañeros de área y de generación, estoy cansado de leer simples declaraciones y frases vanas en los diarios; palabras que llenan el espacio para llegar a ninguna parte.

Si algo necesita México en sus medios en este momento es la consignación real --no declaratoria-- del producto de un siglo de autoritarismo, desidia y temor al cambio. En las historias que escribimos, en las postales que intentamos retratar con mediana destreza, los jóvenes reporteros comprometidos con la narración queremos dejar constancia de lo que, desde el despotismo de su altura y autoridad, los círculos del poder y los ciudadanos comunes --encerrados en su drama particular--, no ven o no quieren ver.

En charlas con otros jóvenes reporteros y como producto de lo que he escuchado en los pasillos de varias redacciones mexicanas, me he dado cuenta de que a las áreas de investigación se les echar en cara no "dar golpes espectaculares" --a ver ¿cuándo van a descubrir quién mató a Colosio?, he oído reprochar tanto en Reforma como en El Financiero-- ni "tirar" a ningún funcionario público.

Claudia Fernández ha escuchado los mismos alegatos y en respuesta a ello aclara que, en principio, el acceso a la información en México es significativamente más restringido que en Estados Unidos, donde los equipos de investigación de los diarios se caracterizan por revelar datos impresionantes que convulsionan a la sociedad.

El cambio generacional

Más allá de las limitaciones informativas, la intención de muchos reporteros jóvenes que integran áreas de investigación no es "dar golpes espectaculares", respuestas a casos escandalosos que no son más que consecuencias de la descomposición y polarización egoísta de un país.

Su interés se centra en ir al origen de los problemas sociales, económicos y políticos nacionales y a las consecuencias cotidianas de quienes los están sufriendo: la población, la gente que, como dice Kaufman, no tiene más voz que la nuestra.

Los espacios que se han abierto son importantes pero los cambios que sufre el país diariamente dejan poco tiempo a los editores y propietarios de los medios para analizar el futuro y dirección que quieren dar a las áreas de investigación.

Hay mucha anarquía y malabarismo en el trabajo cotidiano de estas secciones, aún más que las que le son inherentes al periodismo en sí mismo.

Claudia considera que ya no hay punto de retorno, la investigación y el reportaje han llegado al periodismo mexicano para quedarse. Sin embargo, su institucionalización aún no está cerca y todo parece indicar que solamente un cambio generacional en las cúpulas de los medios logrará consumarla.


* Antonio Ruiz Camacho, periodista mexicano, colaborador de Sala de Prensa. Estudió la licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana. Ha sido reportero de la sección cultural del periódico Reforma y corresponsal en España para El Financiero, en el que también fue parte del equipo de asuntos especiales. Actualmente es subdirector editorial de To2.com.


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