Sala de Prensa

130
Febrero - 2011
Año XII, Vol. 6

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

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El periodismo de acceso

Gustavo Gorriti *

Un colega con quien discrepo en casi todo menos en el hambre de lectura y el gusto por una buena discusión, me prestó el libro de Bob Woodward, ‘The War Within’ (‘La guerra por dentro’, sería, quizá, una traducción aproximada). Empecé a leerlo con algún prejuicio, que pronto se disipó y convirtió en vivo interés.

Recibe nuestras noticias diarias sobre periodismo y comunicación. ¡Únete a SdP en Facebook!¿Por qué el efímero prejuicio? Woodward es el prolífico autor de 15 libros, el primero de los cuales fue ‘All the President’s Men’ (Todos los hombres del presidente). ‘The War Within’, publicado en 2008, fue el cuarto libro dedicado a la ‘guerra contra el terror’ del ex presidente George W. Bush. Los otros tres fueron ‘Bush at War’ (‘Bush en guerra’);‘Plan of Attack’ (‘El plan de ataque’); ‘State of Denial’ (‘Estado de negación’).

Entre el primero y los últimos libros media no solo el tiempo y los trabajos sino también una trayectoria profesional que arranca en el periodismo de investigación (por antonomasia en su caso) y termina en el periodismo de acceso.

James Dorsey, el ex corresponsal del Wall Street Journal, hoy avecindado por temporadas en Lima, me recordó en una conversación reciente una charla que dio David Broder, el notable periodista político estadounidense, en el National Press Club, en Washington. Un periodista puede ser una de dos cosas, sobre todo en Washington, recuerda Dorsey que dijo Broder: puede ser un periodista con acceso a las fuentes más importantes, con mayor capacidad de decisión; o puede ser un muckraker, un periodista de investigación. No puede ser ambas cosas.

Woodward fue, junto con Carl Bernstein, el más importante periodista investigativo de su generación. Ha habido muchos otros de gran mérito y talento, pero solo ellos dos fueron los reporteros del caso Watergate. Ahora, Woodward es uno de los periodistas con mayor acceso en Washington. Por lo menos al leer su libro resultó evidente que a él se le abrieron todas las puertas y no se le cerró ninguna. ¿Abandonó Woodward la distancia del periodista de investigación frente al poder para convertirse en miembro y cronista del establishment?

Luego de leer el libro, no estoy tan seguro respecto de que haya una inevitable antinomia entre uno y otro tipo de periodismo.

Es verdad que nada hay en el estilo del Woodward actual que sugiera la desconfianza –por bien disimulada que esté– del investigador. No será, me parece, este Woodward el que encuentre los Watergate de hoy o de mañana. En ese aspecto, el contraste con, por ejemplo, Seymour Hersh es muy marcado. Hersh, algo mayor que Woodward, reveló la masacre de My Lai, en la guerra de Vietnam, en 1969. Casi cuarenta años y muchas notables primicias después, ‘Sy’ Hersh reveló otra atrocidad de guerra: las torturas a prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib. Respetado hasta por sus enemigos, cascarrabias legendario, que ha mandado al diablo a incontados editores y directores de medios por intentar edulcorar sus investigaciones, Hersh ha mantenido el tipo de acceso a la información privilegiada que suelen tener los periodistas de investigación: fuera de horas y muchas veces mediante el mayor secreto de fuente. Unas veces acceso abierto y otras, con mucha reserva.

Admiro y respeto a Sy Hersh, su feroz independencia, su intrepidez intelectual y el valor con que ha sacado a la luz del escándalo y la indignación públicas lo que tantos, con tanto poder, buscaron ocultar.

A la vez he encontrado que el gran acceso que gozó Woodward hace que su libro sea, desde otro punto de vista, consistentemente revelador.

Cuando un periodista experimentado y talentoso entrevista a casi todos los principales actores estadounidenses en la guerra de Irak (Bush, Cheney, Rumsfeld, Rice, Petraeus, entre muchos otros), y se documenta bien, el resultado es una narrativa que reconstruye con apasionante detalle los debates, las pugnas, el conocimiento, la ignorancia, los prejuicios, las limitaciones y los silencios que definieron las líneas de acción (frecuentemente erráticas y contradictorias) en la guerra de Irak.

Ese proceso está narrado conforme ocurre, sin el privilegio de clarividencia retrospectiva del cronista que escribe tiempo después. El debilitamiento y la salida de Rumsfeld; la total contraposición entre las medidas que propone (y pondrá en práctica) el general David Petraeus respecto de las de su predecesor, el general George Casey.

Una parte que no es la central del libro, pero que a mí me pareció de lo más interesante, fue el conjunto de anécdotas sobre lo que yo llamaría la patología del comando.

Woodward relata que un tiempo después de haber asumido el comando, el almirante William Fallon, jefe del Comando Central y superior de Petraeus, quiso reemplazar a éste cuando lo vio abrumado por el trajín y el estrés del comando.

Fallon, quien había hecho lo suyo para aumentar ese nivel de estrés, recordó lo que la responsabilidad del mando les había hecho a algunos de los principales almirantes estadounidenses en el teatro de operaciones del Pacífico, en la Segunda Guerra Mundial. El almirante Marc Mitscher “tenía solo 59 años cuando retornó a Estados Unidos después de la guerra. Parecía tener 90 (años) y murió siete meses después”.

Su colega, el almirante John S. McCain, abuelo del senador y ex candidato presidencial republicano, sufrió tanto el estrés de la guerra, que apenas pesaba 100 libras (45.3 kilos) cuando esta terminó. “Asistió a la ceremonia de rendición de Japón, el 2 de septiembre de 1945 y murió de un ataque al corazón en California cuatro días después”.

Ambos almirantes tuvieron una característica en común: el esfuerzo extraordinario, al punto de desobedecer órdenes, por salvar vidas de los marinos y aviadores que comandaban. En los terribles escenarios de esa guerra, cuando la calidad de una rápida decisión podía significar miles de bajas propias más o menos, el sentimiento de esa responsabilidad ponía, como escribe Woodward sobre Petraeus, “el peso del mundo sobre sus hombros”.

Dejando las campañas del Pacífico y la guerra de Irak, me pregunté: ¿cuántos jefes así hemos tenido aquí? Nadie quiere que los altos mandos mueran por exceso de trabajo, de preocupación y de responsabilidad, pero ¿cuántos se aproximaron a esa entrega sin reservas a su misión y a aquellos jóvenes puestos bajo su mando, a quienes hay que mandar hacia el peligro y la muerte que se hará más probable cuanto menos cuidado se haya puesto en prepararlos?

Si los encuentran, asciéndanlos y denles la responsabilidad (quizá con un médico al costado), y el éxito será entonces muy probable. Por ahora, lo que veo en los altos niveles de comando son espectaculares guerras de anónimos entre generales y allegados, con inéditos niveles de vilipendio, extravagantes acusaciones y, en lo operativo, la inevitable pobreza de esfuerzos y resultados.

Pero la descomposición funcional en los altos mandos (y en los operativos) será quizá materia de otras notas e investigaciones. Por lo pronto recomiendo leer el libro de Woodward a todo aquel que pueda echarle mano. Su acceso le sirvió para hacer preguntas exhaustivas. Las respuestas armaron la narrativa de las decisiones cruciales con tal riqueza de detalle que da la ilusión de presencia y la certeza de conocimiento.

En este caso el periodismo de acceso, por comedido que fuera, resultó revelador.


* Gustavo Gorriti es periodista peruano, director de IDL-Reporteros y miembro del Consejo Editorial de SdP.


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