El
periodismo de acceso
Gustavo
Gorriti *
Un
colega con quien discrepo en casi todo menos en
el hambre de lectura y el gusto por una buena
discusión, me prestó el libro de Bob
Woodward, The War
Within (La guerra por
dentro, sería, quizá, una traducción
aproximada). Empecé a leerlo con algún
prejuicio, que pronto se disipó y convirtió en
vivo interés.
¿Por qué el efímero prejuicio?
Woodward es el prolífico autor de 15 libros, el
primero de los cuales fue All the
Presidents Men (Todos los
hombres del presidente). The War
Within, publicado en 2008, fue el
cuarto libro dedicado a la guerra contra el
terror del ex presidente George W. Bush.
Los otros tres fueron Bush at War
(Bush en guerra);Plan of
Attack (El plan de
ataque); State of
Denial (Estado de
negación).
Entre el primero
y los últimos libros media no solo el tiempo y
los trabajos sino también una trayectoria
profesional que arranca en el periodismo de
investigación (por antonomasia en su caso) y
termina en el periodismo de acceso.
James Dorsey, el
ex corresponsal del Wall Street Journal, hoy
avecindado por temporadas en Lima, me recordó en
una conversación reciente una charla que dio
David Broder, el notable periodista político
estadounidense, en el National Press Club, en
Washington. Un periodista puede ser una de dos
cosas, sobre todo en Washington, recuerda Dorsey
que dijo Broder: puede ser un periodista con
acceso a las fuentes más importantes, con mayor
capacidad de decisión; o puede ser un muckraker,
un periodista de investigación. No puede ser
ambas cosas.
Woodward fue,
junto con Carl Bernstein, el más importante
periodista investigativo de su generación. Ha
habido muchos otros de gran mérito y talento,
pero solo ellos dos fueron los reporteros del
caso Watergate. Ahora, Woodward es uno de los
periodistas con mayor acceso en Washington. Por
lo menos al leer su libro resultó evidente que a
él se le abrieron todas las puertas y no se le
cerró ninguna. ¿Abandonó Woodward la distancia
del periodista de investigación frente al poder
para convertirse en miembro y cronista del establishment?
Luego de leer el
libro, no estoy tan seguro respecto de que haya
una inevitable antinomia entre uno y otro tipo de
periodismo.
Es verdad que
nada hay en el estilo del Woodward actual que
sugiera la desconfianza por bien disimulada
que esté del investigador. No será, me
parece, este Woodward el que encuentre los
Watergate de hoy o de mañana. En ese aspecto, el
contraste con, por ejemplo, Seymour Hersh es muy
marcado. Hersh, algo mayor que Woodward, reveló
la masacre de My Lai, en la guerra de Vietnam, en
1969. Casi cuarenta años y muchas notables
primicias después, Sy Hersh reveló
otra atrocidad de guerra: las torturas a
prisioneros iraquíes en la cárcel de Abu
Ghraib. Respetado hasta por sus enemigos,
cascarrabias legendario, que ha mandado al diablo
a incontados editores y directores de medios por
intentar edulcorar sus investigaciones, Hersh ha
mantenido el tipo de acceso a la información
privilegiada que suelen tener los periodistas de
investigación: fuera de horas y muchas veces
mediante el mayor secreto de fuente. Unas veces
acceso abierto y otras, con mucha reserva.
Admiro y respeto
a Sy Hersh, su feroz independencia, su intrepidez
intelectual y el valor con que ha sacado a la luz
del escándalo y la indignación públicas lo que
tantos, con tanto poder, buscaron ocultar.
A la vez he
encontrado que el gran acceso que gozó Woodward
hace que su libro sea, desde otro punto de vista,
consistentemente revelador.
Cuando un
periodista experimentado y talentoso entrevista a
casi todos los principales actores
estadounidenses en la guerra de Irak (Bush,
Cheney, Rumsfeld, Rice, Petraeus, entre muchos
otros), y se documenta bien, el resultado es una
narrativa que reconstruye con apasionante detalle
los debates, las pugnas, el conocimiento, la
ignorancia, los prejuicios, las limitaciones y
los silencios que definieron las líneas de
acción (frecuentemente erráticas y
contradictorias) en la guerra de Irak.
Ese proceso
está narrado conforme ocurre, sin el privilegio
de clarividencia retrospectiva del cronista que
escribe tiempo después. El debilitamiento y la
salida de Rumsfeld; la total contraposición
entre las medidas que propone (y pondrá en
práctica) el general David Petraeus respecto de
las de su predecesor, el general George Casey.
Una parte que no
es la central del libro, pero que a mí me
pareció de lo más interesante, fue el conjunto
de anécdotas sobre lo que yo llamaría la
patología del comando.
Woodward relata
que un tiempo después de haber asumido el
comando, el almirante William Fallon, jefe del
Comando Central y superior de Petraeus, quiso
reemplazar a éste cuando lo vio abrumado por el
trajín y el estrés del comando.
Fallon, quien
había hecho lo suyo para aumentar ese nivel de
estrés, recordó lo que la responsabilidad del
mando les había hecho a algunos de los
principales almirantes estadounidenses en el
teatro de operaciones del Pacífico, en la
Segunda Guerra Mundial. El almirante Marc
Mitscher tenía solo 59 años cuando
retornó a Estados Unidos después de la guerra.
Parecía tener 90 (años) y murió siete meses
después.
Su colega, el
almirante John S. McCain, abuelo del senador y ex
candidato presidencial republicano, sufrió tanto
el estrés de la guerra, que apenas pesaba 100
libras (45.3 kilos) cuando esta terminó.
Asistió a la ceremonia de rendición de
Japón, el 2 de septiembre de 1945 y murió de un
ataque al corazón en California cuatro días
después.
Ambos almirantes
tuvieron una característica en común: el
esfuerzo extraordinario, al punto de desobedecer
órdenes, por salvar vidas de los marinos y
aviadores que comandaban. En los terribles
escenarios de esa guerra, cuando la calidad de
una rápida decisión podía significar miles de
bajas propias más o menos, el sentimiento de esa
responsabilidad ponía, como escribe Woodward
sobre Petraeus, el peso del mundo sobre sus
hombros.
Dejando las
campañas del Pacífico y la guerra de Irak, me
pregunté: ¿cuántos jefes así hemos tenido
aquí? Nadie quiere que los altos mandos mueran
por exceso de trabajo, de preocupación y de
responsabilidad, pero ¿cuántos se aproximaron a
esa entrega sin reservas a su misión y a
aquellos jóvenes puestos bajo su mando, a
quienes hay que mandar hacia el peligro y la
muerte que se hará más probable cuanto menos
cuidado se haya puesto en prepararlos?
Si los
encuentran, asciéndanlos y denles la
responsabilidad (quizá con un médico al
costado), y el éxito será entonces muy
probable. Por ahora, lo que veo en los altos
niveles de comando son espectaculares guerras de
anónimos entre generales y allegados, con
inéditos niveles de vilipendio, extravagantes
acusaciones y, en lo operativo, la inevitable
pobreza de esfuerzos y resultados.
Pero la
descomposición funcional en los altos mandos (y
en los operativos) será quizá materia de otras
notas e investigaciones. Por lo pronto recomiendo
leer el libro de Woodward a todo aquel que pueda
echarle mano. Su acceso le sirvió para hacer
preguntas exhaustivas. Las respuestas armaron la
narrativa de las decisiones cruciales con tal
riqueza de detalle que da la ilusión de
presencia y la certeza de conocimiento.
En este caso el
periodismo de acceso, por comedido que fuera,
resultó revelador.
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Gustavo Gorriti es
periodista peruano, director de IDL-Reporteros y
miembro del Consejo Editorial de SdP.
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