Sala de Prensa

129
Agosto - 2010
Año XI, Vol. 6

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

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Corresponsales de guerra

Gerardo Albarrán de Alba *

¿Hay una guerra en México? El diario estadunidense Los Ángeles Times decidió que sí y envió a Tracy Wilkinson, una experimentada corresponsal que ha cubierto conflictos bélicos en Irak, Bosnia y Centroamérica. Como ella, otros corresponsales de guerra han llegado al país para encontrar que no es para tanto. Aparentemente, la vida sigue para todos, menos para los muertos y sus deudos, que rebasan ya los 28 mil en tres años y medio, incluyendo a 38 periodistas.

Recibe nuestras noticias diarias sobre periodismo y comunicación. ¡Únete a SdP en Facebook!La guerra contra el narco desatada por la administración de Felipe Calderón ha sumido a México en una espiral de violencia que no se ha traducido en soluciones; por el contrario, bastas regiones están sometidas a alguno de los cárteles del narcotráfico que le disputan al Estado el control del territorio nacional.

En términos generales, la prensa mexicana ha cubierto el conflicto sin lineamientos editoriales claros y sin conciencia de los riesgos que implica, a pesar del asesinato de 69 periodistas en los últimos ocho años; 11 más están desaparecidos y varios se han refugiado en Estados Unidos y Canadá. En la administración de Calderón, 38 periodistas han muerto o desaparecido, 10 de ellos en lo que va de este año, de acuerdo con la organización internacional Reporteros Sin Fronteras. El denominador común de casi todos estos casos es la impunidad en que permanecen esos crímenes.

En esta cobertura, los grandes medios de la Ciudad de México tenemos un mayor margen, o al menos eso creíamos hasta que el narco secuestró a  cuatro periodistas en Durango, el 26 de julio, mientras reportaban un motín carcelario. Nadie ignora que la prensa local está en el frente de batalla y corre muchos más riesgos, pero hasta ahora –salvo contadas excepciones– los grandes medios habían omitido contar que la prensa de los estados se ha convertido en objetivo tanto de los narcos como de algunas esferas gubernamentales, responsables de esas agresiones. Televisa y Milenio, que pusieron en la agenda nacional los ataques a la prensa tras el reciente secuestro de sus enviados, apenas registraron el asesinato de dos reporteros locales que trabajaban para ellos, y han callado las amenazas y ataques a sus instalaciones. Ninguna reacción de ellos, hasta ahora, que protestaron a cuadro y que junto con otros concesionarios de radio y televisión se reunieron con el presidente Calderón, quien aprovechó para recordarles la cantaleta sexenal: los propios medios le abrieron la puerta a los narcos y son responsables de la extendida percepción de violencia en el país, según la versión gubernamental. Días antes, varios diarios nacionales publicaron un desplegado en el que expusieron su preocupación.

Ninguna palabra de dueños y directivos de medios sobre las condiciones laborales en que mantienen a sus periodistas y que se suman a los factores de riesgo cotidiano que enfrentan reporteros y fotógrafos.

En contraste, periodistas de varios medios de la Ciudad de México convocaron a una marcha el pasado 7 de agosto para exigir el fin de la impunidad en los crímenes contra periodistas, que el Estado garantice el derecho a la información de la sociedad y de los periodistas y que se creen mecanismos que garanticen la protección a la labor informativa.

Convocada cuando los cuatro periodistas secuestrados en Durango aún se encontraban en cautiverio, la marcha demandó que las autoridades cumplan su función, se investigue y se rescate a los 11 periodistas que siguen desaparecidos, algunos desde hace algunos años, todos reporteros de medios del interior del país. La consigna fue: Los queremos vivos.

Periodismo amenazado

Hacer periodismo en los estados es una labor aún más arriesgada que la de muchos de nosotros, desde medios de la capital del país. Las presiones, las amenazas, las agresiones, los atentados, los secuestros y los asesinatos se ensañan con ellos. En la Ciudad de México, la mayor parte de los periodistas no tienen idea de lo que es reportear en esas condiciones en ciudades y pueblos que viven en guerra o están bajo el yugo del narcotráfico.

Entre mayo y junio pasé tres semanas en Tamaulipas, en el noroeste de México, estado con una gran franja fronteriza con Estados Unidos. Allá, la guerra es abierta; los gobiernos municipales son rehenes, el gobierno estatal sólo administra el desastre y el gobierno federal apenas contempla.

Entonces escribí:

“El silencio es más hondo que una tumba. Cualquiera sabe lo que pasa, pero nadie dice nada. Pueblos enteros tomados durante días por el cártel del Golfo o por Los Zetas; casas y negocios quemados y saqueados; ataques relámpago a instalaciones policiacas o casas de seguridad; combates que duran toda la noche y matanzas a plena luz del día que no dejan otra huella que muros y vehículos acribillados, sangre en las aceras, porque las víctimas más tardan en morir que en desaparecer sus cadáveres; amenazas por doquier contra quienes no se conforman a la primera; secuestros, asaltos y cobro de cuotas a quien se deje, y todos se dejan para llegar a mañana como se pueda. La vida controlada en las comunidades disputadas mediante retenes y volantas en las calles y avenidas principales.

“La cotidianidad se mide en los calibres empleados y las granadas detonadas, el número de bajas, las horas de terror. Ser testigo da para meses de episodios que se adaptan al interlocutor en turno, siempre en el círculo más cercano, porque entre desconocidos no se pasa de una charla incidental. Con la prensa amordazada, policías coludidas o sometidas, y autoridades políticas indolentes o en plena fuga, el rumor alcanza la categoría de leyenda urbana. Si algo llega a salvar la censura, las versiones oficiales minimizan todo y los periódicos y noticiarios locales se avienen.

“La prensa es una parodia de sí misma. Primeras planas llenas de gacetillas, interiores rellenados con boletines. La página policiaca se atiene a los accidentes de tránsito; en otras condiciones, nadie sabría lo mal que se maneja en Tamaulipas. Radio y televisión son inocuas. Si ya la corrupción era consustancial al periodismo local, la guerra de los cárteles dividió lealtades. Algunos reporteros pagaron el precio con la vida o con su libertad. Ahora todos están bajo la misma amenaza: plata o plomo. ¿Servir a unos o a otros? Para muchos de ellos, lo mejor es nadar de muertito; bendita sea la grilla local que les permite reportear otras cosas. Los narcos tienen sus voceros, reporteros que trabajan para ellos. Te llaman a la redacción; te dicen esto sí, esto no. Los narcos son los verdaderos editores de los periódicos, los jefes de información de los noticieros. A veces no nos tienen que hablar, ya sabemos de qué o de quiénes no tenemos que publicar nada. Hay listas, pero no alcanza. El problema es que no sabes realmente con quién estás hablando, sobre quién estás escribiendo. Vives con miedo a equivocarte.

“Los narcos presumen que son los buenos, lo malo es que no se sabe cuáles. La guerra entre El cártel del Golfo y Los Zetas no se limita al control de las plazas, va por las conciencias de quienes preferirían subordinárseles a cambio de recuperar un poco de paz. Emiten boletines de prensa para limpiar su imagen y denostar a sus enemigos; ejercen la censura previa en los medios y tiran línea a conveniencia; distribuyen volantes casa por casa y esparcen rumores en las redes sociales. La propaganda arraiga percepciones.”

Hacer periodismo en estados como Tamaulipas es exponerse a las veleidades del narco. Venir de fuera, es decir, ser un periodista de la capital del país, no garantiza nada y, en algunos casos, es un riesgo mayor por ignorancia.

“En San Fernando, una pequeña ciudad en el centro de Tamaulipas, cuatro fotógrafos de agencias nacionales e internacionales que registraban los estragos del huracán Alex, fueron abordados por un grupo de zetas, metralletas en ristre, dos días antes de las elecciones. El interrogatorio es tenso. Juran y perjuran que son periodistas, que sólo retrataban ríos desbordados, campos inundados. Sacan sus credenciales de prensa, tarjetas de presentación, pasaportes, formas FM3. Vale madre, estas las hago yo en la computadora. Órale, sáquense a la chingada, aquí no hay nada que ver. Los sicarios se divierten con ellos. Si nos están mintiendo, vamos a regresar y se vienen con nosotros. Que no, que no hay problema, que ya se van, pero cómo no, a la chingada o a donde ustedes manden. ¿Saben quiénes somos? No. Somos los de La Letra, y les muestran una concha de oro, grabado el mapa de la República y cruzado con una gran Z roja. En el reverso, dos figuras de sicarios disparan al aire sus cuernos de chivo; una leyenda dice Comando.

“Los periodistas no son bien vistos en Tamaulipas, menos en las ciudades controladas por el narco. Cuando estalló la guerra, en febrero, diez reporteros fueron secuestrados; cinco de ellos fueron asesinados sin que trascendiera la noticia, según me cuentan periodistas locales. Muchos han sido levantados por horas o días, las madrizas son monumentales. Mínimo los tablean, es decir acribillan sus nalgas con varas de madera para que les quede claro el mensaje a todos. Otro periodista murió en junio en Reynosa, en circunstancias poco claras; a uno más, desde mayo no lo ven, pero su familia dice que todavía tiene esperanzas. Ningún caso se ha esclarecido.

“Por eso ellos no reportean en esta zona. De por sí, la mayor parte de los caminos de Tamaulipas –y de muchos otros estados del país– no son para andar paseando, y menos en territorio narco. Aquí sólo se viene porque te trae algo. La cosa es qué.”

Tracy Wilkinson, la corresponsal de guerra de Los Ángeles Times, dice que no se puede generalizar el problema del narcotráfico en México; el conflicto es diferente, según la zona donde se manifiesta. Pero reconoce también que la prensa nacional y extranjera no está a salvo de amenazas ni riesgos en la cobertura del narco en México.

Otros veteranos reporteros, como la argentina Olga Wornat y el mexicano Luis Gutiérrez Esparza, recuerdan conmigo sus experiencias en los Balcanes, Afganistán y Chechenia. Ambos dudan de sí mismos. No cubrirían hoy al narcotráfico en México como sí lo hicieron antes en aquellas guerras.

Al narco no se le cubre a ciegas, los periodistas debemos tener plena conciencia de los riesgos, y prepararnos para ellos, recomienda Wilkinson. Las guerras tienen reglas que minimizan los riesgos, aunque cambian; el reto es anticiparse. El narco no tiene reglas.


* Gerardo Albarrán de Alba es reportero de la revista mexicana Proceso, miembro del Consejo Directivo del Centro de Periodismo y Ética Pública (Cepet) y director de la revista electrónica Saladeprensa.org.


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