Sala de Prensa

128
Junio 2010
Año XI, Vol. 6

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

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Adiós a Gabriel Vargas

Elena Poniatowska *

La primera vez que fui a entrevistar a Gabriel Vargas, creí que me saludaría como a Cuataneta o como a doña Borola o siquiera como a Macuca o de perdida como a doña Gamuchita Pericocha:

Recibe nuestras noticias diarias sobre periodismo y comunicación. ¡Únete a SdP en Facebook!–¿Qué tal? ¿Cómo la trata esta vidorria? ¿Qué dice la chicuela feliz? ¡Jía, jía, jía! ¿Qué de veras me viene a hacer una chipocluda entrevista? Yo diría que en vez de darle al güiri güiri, fuéramos a mover bigote... pero a un restaurante donde va gente que de a de veras las poderosas, no a cualquier furris changarro y sino llegamos hasta San Cirindango de las Iguanas...

Pero no, nada de quihuboles ni de echadas de perico. En su despacho todo era silencio; un local alargado que parecía salón de clases, donde se alineaban una tras otra las mesas de los dibujantes que trabajaban sin levantar la vista. En la primera fila estaba el pupitre del más callado: Gabriel Vargas.

Vargas les hablaba a sus dibujantes con tanto compañerismo que era fácil olvidar que él era el maestro. Sonreían ante sus ocurrencias, empinados sobre las narices redondas, enormes y coloradas de doña Cristeta, las piernas de hilito de atole de Borola o las carreras de Foforito, el gusanito de guayaba, hijo de otro gusanito: don Reginito.

Gabriel Vargas era un hombre chaparrín, muy prendido, de corbata y pañuelo blanco en el saco, de anteojos de intelectual y ademanes de una gran cortesía y precisión. Pareces ministro japonés con tanta caravana”, le decía en Excélsior don Manuel Becerra Acosta. Y me sorprendía qué de este hombre pulcro y vestido con primor, comedido, prudente, bien rasurado, decente, salieran tantas historietas a todo mecate.

A Gabriel Vargas se debe la expresión “los azules”, que ya se quedó a los policías para toda la vida. A él también eso de “alzar los tenis”, “ojitos de apipisca”, “iguanas ranas” y los “ojos de gringa”. Los escritores que hoy quieren saber cómo habla el pueblo, hojean las páginas de La familia Burrón y rellenan sus alforjas de modismos prestados y mal asimilados que, de un modo u otro, encajan en sus relatos.

–Don Gabriel, ¿y a usted nunca le dio por pintar?

–De muy joven, pero fui un fracaso. No se puede hacer monigotes y pintar en serio.

“Mis monigotitos” llamaba Gabriel Vargas, en tono entrañable, a sus creaciones. Ningún otro historietista contó con tantos personajes en su haber; tan solo en La familia Burrón son 57, pero antes hizo historietas como Don Jilemón Metralla, Los del 12, El Capelucho y Poncho López, entre otras. La primera nació en 1937: Los superlocos.

–Empecé haciendo ilustraciones en serio en Excélsior, al lado de Marianito Martínez. Dibujaba para el Magazine y para el Jueves de Excélsior. Estaba yo chamaquito cuando entré a trabajar con don Ignacio Herrerías; le ayudaba a hacer una revista llamada Mujeres y deportes. Tenía más de 80 páginas y a veces el dibujante no acababa y yo le ayudaba a hacer unas paginitas, a formar, a hacer cabecitas dibujadas. Después, el señor Herrerías empezó con Novedades; las oficinas estaban en Artículo 123, en una vecindad media feona. Don Ignacio me llevó con él; yo llegaba desde las cinco de la mañana a ayudarle. Como en la oficina hacía mucho frío, mi madre me hacía un chalequito de papel manila que me ponía debajo del suéter y encima llevaba un saquito. Cada vez que me movía, el señor Herrerías se me quedaba viendo, hasta que un día me dijo:

–Oye, pareces campechana: por todos lados suenas’.

–Es que traigo un joronguito de papel.

–A verlo.

Me levanté el suéter y se lo mostré. Era la única manera de conservar el calor del cuerpo en esos fríos tremendos. Se rió, y me propuso:

–Varguitas, ¿por qué no me haces unos dibujitos tan bonitos como los que te he visto?

Le hice varios dibujos, cada uno con su texto: el hombre de Java, el más tatuado del mundo; el Buda más grande del mundo, que está en Japón; el conde Zepellin, el inventor del globo zepelín. Ése era un trabajo muy pesado porque cada dibujo yo lo copiaba de fotografías. Pero le gustó mucho al señor Herrerías. Todo era dibujo en serio, lo que le llaman clásico. Tiempo después, don Ignacio aventuró:

–Las historietas están de moda, hazte algo.

–Pues no sé hacerlo.

Me miró feo y entonces le dije:

–¿Cómo le haré?

–Piensa en una idea que tenga éxito.

Pasaron días y no se me ocurría nada de nada. Para mí producir una idea nueva era como subir al Éverest. ¿Una historieta? Nooo, se me hacía eterno. Hasta que un día me dijo:

–¿Qué pasó? ¿Vas a trabajar conmigo, sí o no?

Total que le enseñé un pequeño boceto de una historieta que titulé La vida de Cristo. La abrió y dijo:

–¡Noooo! Esto no, qué bárbaro. No, esto no, ¿qué no te das cuenta de que estamos regidos por el presidente Cárdenas? Las cosas religiosas no las admite. No, no, no, busca otra cosa.

Pasaron los días y le dije:

–No tengo otra idea.

“–Bueno, ni modo –me contestó–, hazte La vida de Cristo.”

Don Ignacio Herrerías me compró cuatro Biblias grandotas y me dijo que escribiera parlamentos accesibles a todas las mentalidades. ¡Imagínese nomás lo que significaba traducir todas las parábolas incomprensibles! Bueno, pues esa historieta tuvo un éxito fabuloso, tanto que don Ignacio me decía:

–Ahora haces tu recibo por 300 pesos... Esta semana te tocan 500 pesos... ¡Cóbrate tus mil 200 pesos!

Yo creía que estaba soñando. Además, en aquel tiempo le daban a uno unos pesotes así, enormes, que se los tenía uno que llevar rodando como quien juega al aro. En mi familia siempre hubo apuros de dinero, así que bien que nos caían esas decisiones imprevistas.

La vida de Cristo se publicaba a doble plana, hasta que la prohibió el gobierno. ¡Yo era un chamaco de 17 años y me quisieron meter a la cárcel! Me llevaron a la jefatura que antes estaba por la Lotería Nacional:

–¿Que tú eres Gabriel Vargas, el autor de la historieta?

–Sí, yo soy.

–¡Válgame, pero si eres un chamaco!”

Y es que un chamaco pobre deja muy pronto de ser chamaco. Me metieron a un cuartito donde había una cama toda desvencijada, rota, los sillones estaban agujerados. Así estuve todo el día, me mandaban tipos patibularios, fueron como tres o cuatro en todo el día. Ya a las siete de la noche yo estaba desesperado, cada uno que entraba me preguntaba: “¿Tienes madre, tienes papá, tienes hermanas, tienes hermanos, quiénes son, cómo se llaman?” Ya sentía que la cabeza me tronaba, estaba muy asustado. De repente oí afuera la voz del señor Herrerías:

–¡Que usted es un fulano de tal...!

Se veía que era amigo de todos ellos porque les hablaba con una confianza desmedida. Asomé la cabeza.

–Vente, Varguitas, vente conmigo, no les hagas caso a estos fulanos de tal, ya te asustaron, ¿no? Vente, vente.

Y ya me fui con él. A los pocos días, volvimos a hacer otra edición de La vida de Jesucristo porque don Ignacio era muy bravo, muy aventado. Se la decomisaron y ya ni modo, no quedó otra más que renunciar al Novedades.

Después, en Excélsior hice otras cosas: Sherlock Holmes, El capitán Erich Christophen, un héroe alemán de la guerra mundial. Luego La vida de Pancho Villa, luego hice una de bandidos que se llamó Frank Piernasmuertas, era un bandido que manejaba un grupo de ladrones. Así fue como me inicié... Pero todos eran dibujos en serio.

A los 17 años de edad, me nombraron jefe del departamento de dibujo de Excélsior, cosa que era insólita, pues allí sólo les daban el trabajo de jefe a las personas que tenían muchos años en el periódico. Se respetaba mucho el escalafón. Pero un día me dijo don Manuel Becerra Acosta: “No es justo que tú te pases la vida meti-do en el periódico, y que no se te haga justicia. Si te necesitamos en la mañana, ahí estás; si te necesitamos a media tarde, ahí estás; por la noche, ahí estás. Yo voy a hablar por ti”. Y a la semana me dijo: “Baja a la junta general, te tengo una sorpresa”: estaba aceptado mi nombramiento. Ese día se llenó un salón de todos los empleados de Excélsior. Yo me asusté, porque arriba de mí había muchos empleados viejos que merecían mucho más que yo el departamento. Para mí fue trágico eso porque me comenzaron a hacer pesada la vida. Me manchaban los dibujos, de los anuncios desprendían los textos, y yo me ponía a temblar de que se perdieran los originales. Un día quemaron un dibujo del señor Ernesto García Cabral, que era uno de los mejores caricaturistas que han existido; también me quemaron uno de Marianito Martínez. Total, que en menos de un año yo estaba reventando y entré a un concurso de la Editorial Panamericana, del empresario José García Valseca, para escoger a un caricaturista que dibujara una historieta. Yo no era caricaturista. Dibujaba en serio, pero un amigo, Héctor Falcón, me animó:

“‘–¡Éntrale, hombre, éntrale! Total, ¿qué pierdes?”

Al concurso entraron Audifred, Ernesto García Cabral, Valdés, Íñigo, Freyre, Facha, los mejores dibujantes. Yo era el más maleta de todos. Fui el último en llegar, a todos les dieron textos, pero yo no me plegué a esa condición. ¡Que me dejaran hacer lo que yo quisiera! Con mi propio texto, dibujé la historia de un gusanito con sombrero texano, ¡y gané por el texto!

Además, el coronel García Valseca me ofrecía mil pesos, cuando en el periódico yo ganaba 37 pesos a la semana.

Algunos de los personajes están basados en personas reales. Por ejemplo, el vate Avelino Pilongano era un jovencito a quien conocí, flaquito, flaquito, que siempre se iba a sentar a cuidar los coches; yo por eso lo traté, porque me cuidaba un Fordcito viejísimo que tuve. Se ponía a fumar las colillas que tiraba la gente, y todo el mundo lo conocía como “candelita”, porque como no tenía ni para cerillos, al que pasaba le pedía: “Caballero, ¿me da candela?” Salía su mamá y le decía: “Hijo, vete por la leche”. “No, mamá, yo no, estoy aquí inspirado pensando un verso”. Siempre estaba pensando y nunca hacía nada. Era un haragán de primera fuerza.

Hace muchos años iba yo seguido a los barrios a oír a la gente. Iba al Club de los artistas, el que antes era el Leda, muy pintoresco, y allí me sentaba en una mesa e iba oyendo. ¡Iban tipos rete chistosos! También frecuentaba el Follies y me venía caminando por todo San Juan de Letrán; había muchos vendedores ambulantes de esos muy lanzas que ya saben a quién se están durmiendo. Recuerdo una vez que vi a un merolico que le estaba diciendo a una criadita a quien se le había ido el novio:

–¿De qué lado duermes?

–Pues, para donde sale el sol.

–Pues ahora cambias: durante una semana te vas a acostar con las patas para arriba, te echas unos polvos y te pones un talismán que te voy a dar y con eso merito tu novio va a aparecer”.

Así estaba antes San Juan de Letrán, lleno de babosos de a tiro tan guajes. También iba yo a la Villa, porque allí había una cantante picada de viruela que entablaba diálogos con los que la estaban oyendo. Tenía una voz rasposa, hombruna; siempre la acompañaba un guitarrista gordote, ¡pero cómo sabía granjearse a la gente!

* * * * *

La pérdida de Gabriel Vargas es inmensa porque además de personajes entrañables que nos acompañaron toda la vida, como el pequeño Fóforo y el perro Wilson, el habla popular de sus historietas es una maravilla. Los Simpson se quedan cortos, aunque Octavio Paz los viera al final de su vida en la noche de su televisión, pero don Gabriel les gana a Los Simpson. Sociólogo súper notable era también el mejor de los sicoanalistas porque sabía hacer reír. La salud mental de muchos mexicanos se la deben a Gabriel Vargas.

–Desde que he dejado de salir a la calle, he perdido mucho de los giros del habla popular. El habla se va transformando al cabo de los años, no es estática. Antes me metía a los barrios, a los cafés, a todos los lugares habidos y por haber. Yo conocía todos los cabarets de México, porque lo mismo iba a uno de Tacubaya que a uno de La Merced.

Una vez me dijo un hermano del coronel García Valseca, que era un señor que cargaba cuatro pistolas: “Has visitado todo México, según sé, pero no has visitado Tepito de noche”. No, me daba miedo. Yo nunca fui solo a los cabarets, siempre llevaba cuatro o cinco amigos.

“–Te voy a llevar”, me dijo.

Me llevó a las dos de la mañana a Tepito. Todos se me quedaban mirando. Me llevó al “mesón de los dormidos”, que creo se llama El Paraíso, un jacalón enorme con hombres, mujeres y niños durmiendo en el suelo, en petates, en cobija.

“–No, yo aquí no entro.

“–Usted entra, cómo que no. Cómo va a conocer México si no entra...”

Con ese señor conocí un México muy bravo, en Santa Julia me llevó a cada tugurio que me daba miedo. El Tenampa, no se diga, era como su casa. Al entrar me daba dos pistolas, me las fajaba en el pantalón.

“–Al Tenampa van muchos gringos, es mejor que lo vean armado.”

Recorrí esos sitios durante años. El cabaret adonde más íbamos se llamaba Atzimba, en las calles de Guerrero. Otro se llamaba El Olímpico, también en Guerrero, un cabaret muy viejo. Fui al Tres Rosas, al Ratón, al Globo, a Las Brujas y a un montón de lugares más.

Conocí también las carpas y los teatros, acuérdese que doña Borola, antes de casarse, era bataclana. Por eso es que he podido hablar de esos lugares tal como son, porque los conozco deveras. Me iba yo a la parte de atrás para ver cómo vivían los artistas. Era muy feo, una vida infame. Los teatros de aquella época estaban de los diablos y las carpas ni se diga. Una vez vi a una muchacha amamantando a su hijito que tenía que salir después a bailar de encueratriz. Se me hacía muy triste, muy triste. No, y no le cuento con detalle eso, porque hay cosas que son indignantes por el descuido. Feo, feo. Los recorrí hace muchos años todos.

–¿Y hacía usted apuntes de todo lo que veía?

–Nunca apunté nada, simplemente observaba, todo era trabajo mental, llegaba al estudio y el muñequito salía. Para eso entraba a las vecindades, para oír cómo hablaban las comadres, cómo hablaban los hombres. Me gustaba mucho ir a las vecindades. Todos creen que las conozco tan bien porque nací en una, pero no, fue un trabajo, un estudio de muchos años.

–¿Así es como le surgió la idea de crear a La familia Burrón?

–Antes, sabe usted, creé a un personaje: don Jilemón Metralla y Bomba que representaba al mexicano encajoso, conchudo, tramposo, muy ladino, gran sablista, que saca el dinero por su forma de hablar. Don Jilemón nunca trabajó, pero los demás trabajaban por él. Era muy marrullero y muy vivo en todos sus negocios. Pero dejé a este personaje por una apuesta, porque el que era director del Pepín me dijo:

“–Si deveras es bueno, hágame otros muñequitos.”

Don Jilemón formaba parte de la historieta de Los superlocos, que tuvo un éxito tremendo. Después de varios años ya surgió La familia Burrón. Para hacer La familia Burrón, me inspiré en una pareja que conocí de chico. Ella era una señora muy alta, abultada, parecía cantante de ópera; el marido era abogado, chiquitito él, y todos los días tenía que ir como balazo del juzgado a su casa para preparar la comida, porque su esposa se la vivía de paseo. De ahí me nació don Regino, ese chaparrito aguantador. La señora llevaba la voz cantante en todo y le quitaba el dinero a su maridito.

–¿Y por qué les llamó así, “burrón”?

–Como nunca llegan a realizar lo que quieren, por eso les puse familia Burrón. Yo creo que un individuo que no es tonto, que es inteligente, que no logra centrar su capacidad hacia una cosa y está batalle y batalle y nunca prospera es un burro, es un burrón. Así, don Regino no es tonto, pero como siguió la misma cosa de su papá, peluquero y peluquero, es un burro...

Yo he querido, a través de la historia, meter un poco de moral, un poco de higiene, de religión, de política; pero sólo unas cuantas gotas. ¡Quiéranlo o no, creyentes o no, la religión es una de las cosas que rigen al mundo! Pero nunca menciono la palabra “dios”.

–Y entonces, ¿cómo le hace?

–No hay necesidad. Por ejemplo, pongo a don Regino, el más serio de mis personajes, a hablar del espacio inconmensurable al enseñarle una estrella del cielo a Foforito:

“–Hay algo muy por fuera de la mente humana que rige el universo.”

Pero, vea usted, es muy difícil simplificar o desmenuzar ideas en una historieta. Digo las cosas muy sencillas a través de tanto chiste: el hombre, para triunfar en la vida, debe estar limpio, bien arreglado, y así puede luchar con mejores armas. También abogo porque las cosas se resuelvan sin llegar a la violencia. Doña Borola siempre está repartiendo manazos por dondequiera; don Regino ve las cosas con más justeza, con mayor prudencia. Por ejemplo, no porque Regino sea peluquero, su hijo y su nieto deben también ser peluqueros. Al contrario, la vocación es lo primero. Regino quedó huérfano muy chiquito; sabía algo de contabilidad porque su tío era contador, y mientras cuidaba la peluquería, le hacía también a la contabilidad. Y a ratitos quería aprender a tocar la mandolina. En pocas palabras: aprendiz de mucho y oficial de nada. A través de algunos números de la revista quise tratar problemas muy elevados, muy hondos. Me puse a leer, a consultar, a estudiar. Pero a la gente eso no le gustó. Me escribieron: “Ya sus historietas no son tan vaciladoras como antes. ¡Ahora son graciosas, pero lo hacen a uno pensar más, y yo compro la revista para divertirme!” Asimismo, cuando me metí más hondamente en los problemas sociales, también recibí cartas: “Como usted pinta la vida tan crudamente, nos hace sentir aún más pobres. Haga usted los dibujos como antes”.

Sin embargo, yo siempre he creído que la pobreza no significa indignidad y la que pinto es siempre una pobreza decorosa, nunca abyecta. No se pierden los valores humanos. Además, nunca trato delitos muy graves, siempre menores. Por eso no estoy de acuerdo –aunque me gusta mucho– con el libro de Oscar Lewis, Cinco familias, porque él ha escogido a las familias ya en plena miseria. La suya es la miseria que colinda con la delincuencia.

–Pero usted ha dicho que a los lectores no les complace que don Regino sea tan abnegado y que doña Borola, su mujer, tan vaciladora.

–Una de las cartas que recibí me hizo pensar mucho por qué me escribían: “Usted se ha de reflejar en don Regino. Es usted un tal por cual. A usted su mujer debe de tratarlo como Borola. ¿Por qué no le da usted su lugar a don Regino? El hombre es el que manda...”

–¿Hay entonces muchas reacciones del público a La familia Burrón?

–Sí, recibo muchas cartas –llegan muchas de Sudamérica–, en general muy gratas, otras diciendo unas majaderías horribles, pero eso me demuestra que los muñequitos causan impacto. Ése es mi premio, que la gente me busca, que la gente me sigue, me considera, me respeta y me estima. Durante mucho tiempo, cuando empezó a salir La familia Burrón, recibía cartas de una señora que me escribía muy frecuentemente. Pensé no sé qué cosas y un día la fui a ver. Me recibió una ancianita en su silla de ruedas; sus hijos ya grandes, como siete, me esperaban desde la puerta. Y todo me conmovió profundamente. La ancianita me dijo que la revista le había dado los momentos más dulces de su vida, los de mayor alegría, porque ahí reconocía todos los apuros, las angustias y los desmanes por los que había pasado. En otra ocasión, una de las admiradoras de los Burrón, la esposa de un gobernador, me preguntó:

“–¿Usted no tiene toda la colección de La familia Burrón? Yo sí tengo completa y empastada mi boroteca.”

–¿Y de dónde saca usted los nombres de sus personajes, cómo los recuerda todos?

–Es tanto nombre que me hago bolas; desde que estoy dibujando mentalizo cómo hacer los nombres más o menos graciosos: la Boba Licona, Flojontino Vagón, Satán Carroña, Olga Zanna, Alubia Salpicón, son ejemplos de algunos de los últimos. En un número saqué una cosita pequeña de Carlos Monsiváis. Yo lo aprecio mucho y no me parece bien caricaturizar a un amigo, pero es que él me insistió muchísimo: “Sácame mano, ya, sácame”, decía.

En la Cadena García Valseca formaba yo seis suplementos de cuatro, ocho y 12 páginas; era un trabajo enorme. Mi escritorio era grandísimo y estaba todo lleno de textos y de fotografías. Y les decía todos los días a mis compañeros: “No me muevas”, porque yo sabía en dónde estaba todo. Para mí era más simple buscar donde yo sabía que estaba y no revolvía. “No, déjenme la cosas como están.” Entonces repartía el trabajo a los dibujantes: “Tú formas tal página, tú formas esta otra”, así se organizaba todo.

Luego, aparte de suplementos, hacía las campañas de suscripciones. Las campañas de suscripciones, fíjese, se componían de 10 pre-preventivos y de 90 preventivos: eran 100 cada campaña. Le hacía la campaña a siete periódicos, entre ellos a Excélsior. Usted se imaginará, un trabajo abrumador. Luego me agarraban para hacer textos que pasaban por radio, textos de chiste, los hacía yo. También formaba en el periódico una revista, hacía yo un suplemento para niños, una página en el matutino, en el vespertino otra media página, ocho páginas para el Esto y dividíamos más cosas, ya no sabía yo ni qué hacer...

Tenía yo a mi cargo 68 dibujantes y veintitantos ayudantes, entre mujeres y hombres. Era cuando estaban en su apogeo las historietas.

Algunos amigos médicos me dijeron que le bajara a tanto trabajo, porque si no un día me podía llevar un susto. Nunca les hice caso. Pues un día, efectivamente, perdí la memoria.

Ese día iba saliendo del periódico y de repente sentí un zumbido en el oído, ¡tinnn!, y desde ese instante no supe quién era yo. Recuerdo que un señor se me acercó y me dijo: “Quihubo Varguitas”. Es de lo único que me acuerdo, porque después no supe ni cómo me llamaba, si tenía familia, si era huérfano, una cosa espantosa.

Gabriel Vargas sufrió una embolia, pero se recuperó:

“Volví a aprender a leer yo solo: cuál es la E, cuál es la A, cuál es la B, así. Yo agarraba un libro y le decía a Lupita: “¿Qué quiere decir aquí?” “No leas, te dijo el doctor que no leas, que no hagas esfuerzos.” Yo tenía el cerro de libros, hasta que aprendí a leer.

Hay una cosa que es simpática y trágica: yo tenía siete u ocho amigos que me venían a visitar y a comer cada ocho días; siempre traían una botella de champaña: “Vamos a brindar porque, mira, según tú no puedes caminar, no puedes hablar bien ni nada, pero tú nos vas a enterrar a todos”. Yo apenas podía hablar, claro, muy cuatrapeado... Y le decían a Lupita: “Este Gabriel está ahorita hecho un desastre, pero tenemos la seguridad de que nos va a enterrar a todos”. ¡Pues efectivamente, los enterré a todos! Murió el licenciado Méndez, el licenciado Zárate, don Panchito Patiño, Domínguez, el güero Pratt. Todos se murieron y yo aquí estoy todavía.

Si Gabriel Vargas está aquí todavía y va a seguirlo estando durante muchos años porque nos llenó la vida de rizos de oro y de peluqueros, torteros, cilindreros chaparritos y honestos como ellos solos y de borrachitos muy simpáticos y panaderos que llevaban el pan en una inmensa canasta encima de su cabeza y nos llevó a tomar caldos a la Indianilla para la cruda y a sus Reginitos y Susanos Cantarranas y Briagobertos Memelas los hizo hablar en la forma más educativa y deleitosa posible.


* Elena Poniatowska es escritora mexicana, con mas de 30 libros publicados desde 1954. Esta entrevista la publicó en el diario mexicano La Jornada.


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