Sala de Prensa

128
Junio 2010
Año XI, Vol. 6

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

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Información, capitalismo y poder:
la aporía de la “prensa independiente”

“...hablar es combatir, en el sentido de jugar, y que los actos de lenguaje se derivan de una agonística general...”
“Joven o viejo, hombre o mujer, rico o pobre, siempre está situado sobre «nudos» de circuitos de comunicación, por ínfimos que éstos sean.”
Jean Francoise Lyotard,
La Condición Postmoderna

Ariel Crespo *

En esta breve reflexión abordaré lo que considero la “aporía de la prensa independiente”. Ante todo debo aclarar una cuestión terminológica: el vocablo “aporía”, cuya etimología proviene del griego, significa “paradoja insoluble” e implica algo muy difícil o impracticable; como la “imposibilidad de paso” de alguna cosa.

Recibe nuestras noticias diarias sobre periodismo y comunicación. ¡Únete a SdP en Facebook!¿Porqué hablamos de “aporía” de la prensa independiente? Porque en el campo de la realidad se puede observar una imposibilidad que estriba en que la “prensa” –entendida como el conjunto de actividades organizadas para producir, analizar y transmitir información de relevancia social– que se arrogue esa independencia, pudiese existir como tal.

Si nos atenemos al momento histórico en que vivimos, recién ingresados al nuevo milenio y con el bagaje a cuestas de un siglo XX caracterizado por la comunicación e información masivas, hoy nos ubicamos de lleno en el período que Manuel Castells define como “Era de la Información”1:

“Es un periodo histórico caracterizado por una revolución tecnológica centrada en las tecnologías digitales de información y comunicación, concomitante, pero no causante, con la emergencia de una estructura social en red, en todos los ámbitos de la actividad humana, y con la interdependencia global de dicha actividad. Es un proceso de transformación multidimensional que es a la vez incluyente y excluyente en función de los valores e intereses dominantes en cada proceso, en cada país y en cada organización social. Como todo proceso de transformación histórica, la era de la información no determina un curso único de la historia humana. Sus consecuencias, sus características dependen del poder de quienes se benefician en cada una de las múltiples opciones que se presentan a la voluntad humana.”

De lo dicho por Castells podemos inferir que la actividad periodística e informativa –que es central en este período de consumo de noticias e información en general– no es gratuita ni desinteresada en cuanto a los fines y objetivos que, a su vez, la condiciona, y respecto de la voluntad que la determina. Castells habla de inclusión, exclusión y poder; elementos de un paradigma determinado y de un orden –basado siempre en una hegemonía– que es específico. Y esto debemos tenerlo en cuenta, ante la pretendida asepsia conceptual que quiere significarnos la barroca frase “prensa independiente”.

Respecto de los fines y objetivos que mencionamos, podemos decir que el interés económico y lucrativo es esencial. Desde la aparición de los primeros medios informativos masivos –comenzando con la prensa gráfica– la información es un producto que, como tal, es transable, ubicándose dentro de la lógica mercantil del paradigma cultural generado por el modelo capitalista, hoy en su etapa globalizada.

Los actuales procesos de producción y transmisión de información en un nivel masivo implican un conjunto de acciones que, para tornarse exitosas, deben contar con una visión estratégica estrechamente vinculada a la lógica del capitalismo, impulsada por sus operadores y que incluya: conocimiento del mercado y sus reglas (audiencias, público; “receptores”), concentración de medios de producción (capital y tecnología) y alcance global en el marco de la mundialización de los negocios. Todo en torno a una agenda cruzada por intereses políticos y económicos en distinto grado. Dice Castells:

“La economía de la sociedad de la información es global. Pero no todo es global, sino las actividades estratégicamente decisivas: el capital que circula sin cesar en los circuitos electrónicos, la información comercial, las tecnologías más avanzadas, las mercancías competitivas en los mercados mundiales, y los altos ejecutivos y tecnólogos.”2

Lo que el pensador define como “estratégicamente” decisivo –o jerárquicamente importante– incluye a los pilares del actual paradigma neoliberal: capital circulante, información comercial y tecnocracia. Sin embargo, este paradigma en esencia economicista y a priori ultra–tecnificado se vincula con un elemento menos tangible y mucho más radical: el poder, entendido también en su vertiente política, como el conjunto de relaciones sociales múltiples dadas en función de aquel; generando algún orden específico que implica también una hegemonía y algún tipo de estructura cargada de influencia y dominio.

Sobrados ejemplos existen de la relación entre prensa, empresa y fenómenos políticos como relaciones de poder, en una red de vínculos imbricados con intereses y objetivos. El poder se muestra como control e influencia sobre determinados segmentos sociales y ejes temáticos de la agenda pública. Y en este sentido, algo se vuelve relevante: todo discurso trasluce una voluntad política en mayor o menor medida, y entronca con una lógica de poder, así como con una proyección de hegemonía. La teoría de la agenda–setting se hace verificable, al postular que los medios masivos de comunicación poseen fuerte influencia sobre el público al determinar qué noticias tienen un interés informativo. Los grupos de prensa tienen la capacidad de graduar la importancia de la información que se va a difundir, estableciendo su prioridad y rango para obtener mayor audiencia, una determinada conciencia sobre la noticia y un mayor impacto, como así también qué temas se deben excluir de la agenda. Por supuesto, este proceso responde a los intereses y objetivos que condicionan la actividad periodística, en absoluto independiente.

En todo esto se debe tener en cuenta la voluntad que determina a la actividad informativa –y la elaboración y direccionamiento del discurso– y se vincula con lo dicho sobre el poder: la capacidad de adquirir, mantener y aumentar las cuotas del mismo que se canaliza por el control y/o influencia de los actores informativos, estén aliados o enfrentados con otros actores sociales. Entre esos otros actores encontramos a factores de poder que son estatales, institucionalizados y parte de la sociedad política, y a grupos de presión de tipo político, económico, social y cultural que también cuentan con su propia agenda, la que puede converger o contraponerse a la de los actores comunicacionales. Estos últimos se ubican en la sociedad civil.

Y aquí llegamos a un punto: estas consideraciones, a priori, nos indican que no hay prensa “en el vacío” ni información inocente. La actividad periodística y comunicacional se lleva a cabo en un escenario y bajo un telón de fondo signado por relaciones de poder y condicionado por agendas que incluyen intereses y objetivos, proyectando la lucha por la hegemonía y el discurso como manifestación de poder, que desarrollan distintos grupos.

Entre ellos se producen competencias y cooperaciones, alianzas y enfrentamientos porque el ámbito mediático está atravesado por la dimensión política. Pero más aún, es el factor mediático el que se inserta como parte del “teatro de operaciones” del juego político general; de “lo agonal”.

A estas alturas debemos hacer la gran pregunta: ¿existe la prensa “independiente”? ¿E independiente de qué? Entiendo que los grandes medios informativos son, precisamente, parte de esa constelación de actores ubicados en la sociedad civil, como bien lo señalara Antonio Gramsci al remarcar en su pensamiento, precisamente, la importancia de los actores comunicacionales, informativos y culturales en la construcción de hegemonías y el delineamiento de un orden social.

El analista internacional Sebastián Zurutuza dice en su tesis “La Revolución y el Estado Bolivariano: construcción y proyección de una hegemonía” (Universidad Católica de Salta, 2009):

“Entre todos los actores de la sociedad civil, los medios de comunicación se vuelven determinantes en los procesos de construcción, sustentación y erosión de la hegemonía. El poder mediático, estudiado profundamente por las ciencias sociales, ha crecido de forma exponencial desde el momento en que Gramsci planteara, a principios del siglo XX, la influencia de la prensa. En la misma lógica, pero un siglo antes, Simón Bolívar había declarado que la imprenta era tan útil como los pertrechos militares y era la artillería del pensamiento. El avance científico y tecnológico aplicado a la comunicación social produjo una verdadera revolución que incide directamente sobre los modos de pensar y el sentido común que se desarrollan en la sociedad civil.”

La lectura política del fenómeno mediático y de la prensa –que es la que aquí brevemente expreso– contrasta con lo que algunos sectores enrolados en el paradigma postmoderno sostienen: la entusiasta esperanza en un supuesto público cada vez más “interactivo” con los medios de prensa, gracias al avance tecnológico, que positivamente colabora con estos en la producción y transmisión de información, “colgando” notas e imágenes amateurs en los soportes digitales de esos mismos medios. Por supuesto, esta visión naif de la cuestión –que celebra una presunta “democratización” de las corporaciones de prensa ante la inevitable evolución tecnológica– implica ignorar por completo la dimensión de poder, lo agonal, los intereses y objetivos que tienen los medios, jugando lo propio en la construcción de hegemonía sobre la sociedad civil, en alianza y/o contradicción con otros actores.

Poco puede hacer la audiencia “común” para influir en el agenda–setting estratégicamente trazado por los directivos de los conglomerados periodísticos, salvo que se trate de noticias de fuerte gravitación o exclusivas sorprendentes. En ese caso, el mismo medio se ocupará de explotarlas y administrarlas según su conveniencia. Igualmente, algo así sería excepcional.

En realidad, esta supuesta cooperación democrática entre audiencia y grandes medios sirve para camuflar la adaptación de estos –que hasta hoy poseían el medio gráfico, televisivo y radiofónico–, a las nuevas modalidades que el avance informático les plantea.

Dice Zurutuza:

“...toda información masiva conlleva intenciones y objetivos, revistiendo un carácter estratégico para quien la produzca y utilice en las construcciones de poder que se dan tanto en la política agonal como arquitectónica; en su manifestación como dominio político o hegemonía ideológica. Lo haga el Estado y sus factores de poder, o la sociedad civil y los grupos de presión que en ella residen.”

Más allá de lo instrumental, debemos recordar la fría y clara precisión de Carl Schmitt en cuanto a la comunicación y el poder, citada por Chantal Mouffe en su libro “En torno a lo político”:

“Una de las manifestaciones más importantes de la vida legal y espiritual de la humanidad es el hecho de que quien detenta el poder real es capaz de determinar el contenido de los conceptos y las palabras. Caesar Dominus et supra grammticam. César es también señor de la gramática.”3

Schmitt no habla del poder formal –aquel que guarda las formas institucionales– sino del poder real; el que detentan los grupos hegemónicos que actúan en la sociedad civil y en espacios mucho más ubicuos que los propios del dispositivo político–estatal: los circuitos informativos, la educación privada, la producción cultural. Los grandes medios, de esta manera, cumplen lo dicho por el jurista alemán: si cuentan con poder real, a través de su influencia en la sociedad civil, es porque determinan los mensajes y los conceptos. Y ese poder originario no procede de otro lugar que no sea la ratificación ciudadana a esos mismos mensajes. La lógica del capitalismo culmina en el monopolio o el oligopolio. Lo mismo ocurre en el espacio mediático: pocos comunicadores y muchos receptores.

Por supuesto, el contenido responderá a intereses y objetivos de los grupos, agenda–setting mediante, mientras que la pretendida “independencia” será sólo un slogan para encubrir una estrategia y una práctica hegemónica en ese marco abiertamente agonal.

La prensa no puede ser en absoluto “independiente” de aquellas fuerzas y grupos de presión –siendo ella misma uno– que se encuentran en las modernas sociedades civiles, ni de los factores de poder estatales, si esa es la independencia de la cual hablamos y que –a mi entender– se nos aparece como una aporía, como algo inviable; una “paradoja insoluble”.

Conviene recordar lo que dice Castells sobre la información, el potencial tecnológico y el poder de los “decididores” como los llamaba Lyotard:

“Las nuevas tecnologías de información no determinan lo que pasa en la sociedad, pero cambian tan profundamente las reglas del juego que debemos aprender de nuevo, colectivamente, cuál es nuestra nueva realidad, o sufriremos, individualmente, el control de los pocos (países o personas) que conozcan los códigos de acceso a las fuentes de saber y poder.”4

La dimensión agonal de la política es aquella que implica la disputa por espacios de poder en las comunidades nacionales, pero también en el ámbito internacional. Es un hecho incontestable que la prensa –desde que existe– es un actor dentro de la política agonal que involucra la lucha por la hegemonía en el marco de la sociedad civil.

Así lo pudimos observar en dos casos recientes de nuestro continente: el golpe de Estado en Honduras, que derrocó al Presidente constitucional Manuel Zelaya (2009) sin ser repuesto en su cargo y el fallido golpe de Estado en Venezuela (2002) que desalojó por apenas 36 horas al Presidente constitucional Hugo Chávez, como podremos observarlo a continuación en el video que incluyo en esta ponencia.

Pero antes de la existencia de estos dos ejemplos, encontramos –tristemente– la experiencia del primer genocidio del siglo XX: el que sufriera el pueblo armenio a manos del gobierno turco.

Desde hace años he estudiado a fondo la cuestión del genocidio armenio, plasmándolo en un ensayo llamado “Genocidio (El)”. Con sorpresa he encontrado elementos que, de manera alarmante, se enlazan con aspectos comunicacionales en el cual sectores de la prensa turca –en mayor o menor medida– fueron cómplices de la catástrofe Armenia y que vienen a confirmar lo que estoy diciendo: el juego de intereses, la dinámica agonal, las relaciones entre poder y prensa, que dan por tierra con la supuesta independencia de la misma.

Repasando ese ensayo, creo coveniente hacer una pequeña reflexión sobre el poder turco y su relación con un esquema comunicacional. El primer esquema comunicacional ya lo planteó Aristóteles y de manera muy simple sería:

quién > dice > qué > a > quién

Así aparece con toda claridad el discurso del emisor –Estado turco y medios de comunicación en relación con él–, que es un discurso de poder enmascarado y escondido tras la I Guerra Mundial. Poder pensado como necesario para destruir al pueblo armenio.

La realidad turca en relación a la cuestión Armenia se tomó absolutamente desde el poder de los Jóvenes Turcos, gobernándola, leyéndola y comunicándola delirantemente, con la negación de la legalidad que la preexistía, lo cual lo hace atemporal.

Desde un punto de vista psicoanalítico, el Estado turco incurrió en una negación maníaca del genocidio que lo condujo a un estado patológico de negación de la realidad, trastorno del pensamiento, omnipotencia de las ideas y distorsión pragmática. Lo que a nivel comunicacional se transformó en arengas y excusas chauvinistas justificando las acciones contra el pueblo armenio y negando, por supuesto, su cariz genocida.

Mientras gran parte de la prensa occidental cubría la I Guerra Mundial con soportes visuales e información veloz, en 1915 se ocultaba la masacre sobre Armenia.

Nos dice Ignacio Ramonet:

“Es importante saber de dónde venían los mensajes, quiénes los elaboraban, y qué consecuencias podía entrañar la recepción de éstos en las mentes de aquellos que los recibían.”

En el caso turco es evidente que el estado de guerra se presentó como un factor habilitante a controlar la información y a confiscar la libertad de expresión por razones de estado. Sobre esto se puede abundar en excelente libro de Helen Piralian “Genocidio y Transmisión”.

Si tomamos el aforismo de que la única verdad es la realidad, el abandono del concepto de verdad puede conducir a las peores transgresiones, y usando psicopáticamente el concepto de relativismo, poder leer y afirmar cualquier cosa en búsqueda del objetivo final, sin límite alguno ni culpa, como lo hizo el Estado turco en 1915.

La cuestión del genocidio armenio y su relación con la prensa y la comunicación nos muestra –en una versión extrema del juego agonal de imposición de hegemonías y de “enemigos absolutos”–, la brutal desnudez de la razón de estado y el cumplimiento de objetivos y satisfacción de intereses por parte del poder político en alianza con cierta prensa que se prueba como no independiente. Hasta aquí el caso turco–armenio.

En los casos de Venezuela y Honduras, los grandes grupos empresarios dedicados a la actividad informativa, apoyados por la evolución tecnológica del paradigma capitalista tuvieron un rol preponderante en las operaciones contra las autoridades constituidas, haciendo gala de una impresionante tendenciosidad, en las antípodas de toda independencia informativa. Esto demostró a las claras el juego agonal totalmente desplegado: el compromiso de las empresas de información con intereses políticos y económicos fácilmente reconocibles, en tanto expresión de aquellos objetivos que hacen a las élites locales y globales, opuestas al avance de los sectores populares en la sociedad civil y política.

Pasamos a ver 10 minutos de fragmentos del film “La Revolución no será transmitida” elaborada por los documentalistas irlandeses David Power, Kim Bartley y Donnacha Ó Briain, centrándonos en los aspectos que ponen en evidencia el rol de los medios de comunicación en el golpe de abril 2002 contra el Presidente Chávez. (Proyección de Video: 11 minutos)

Por lo recién visto podemos observar que el caso venezolano es paradigmático para aclarar la cuestión de la aporía de la prensa independiente. Venevisión, Canal 4, Direct TV, el grupo 1BC que controlaba Radio Caracas TV y Radio Caracas Radio, Globovisión y Canal 33 y Televen y Canal 10, se encontraron comprometidos en la tendenciosa cobertura –si podemos llamarla así– del golpe y, mucho antes, en generar una atmósfera destituyente y crispada. Cuando ese personaje de anteojos agradece a todos los canales privados por el apoyo prestado al golpe, en la mañana siguiente al mismo, mientras Chávez estaba recluido por la fuerza en una instalación militar y su gobierno depuesto, se abre el escenario que venimos describiendo: la batalla de información e ideas –una batalla ideológico–cultural– en el seno de la sociedad civil, que pueda condicionar la estructura de la sociedad política e incluso hacerla caer. Y debemos volver a Gramsci sobre este punto, con el cual cierro mi exposición.

Si tenemos en cuenta lo dicho por el italiano sobre la conformación de la sociedad civil, las formas de pensar, el sentido común, las valoraciones éticas, los símbolos del imaginario colectivo, la cultura popular, la educación e información periodística y de otro tipo, son componentes fundamentales de esta sociedad. Por supuesto, instituciones religiosas, educativas y el periodismo son fundamentales para generar “concepciones del mundo” y cosmovisiones en el cuerpo social. Ellas predisponen contextos y terminan por construir una hegemonía determinada. Ello se inscribe en lo que Noam Chomsky llama “manufacturing consent” o elaboración del consenso social.

Podríamos decir que la dinámica natural entre los actores de la sociedad civil es el combate para imponer cada uno su hegemonía ideológica, detrás de la cual se erige todo un orden y programa social. Esto es lo que Chantal Mouffe llama “lo agonal” como parte constitutiva del hecho político. La lucha en la sociedad civil dada entre cosmovisiones que buscan imponerse hegemónicamente se refleja en lo que dice Zurutuza:

“Cuando en 2002 Chávez y su gobierno –como cabezas de la sociedad política–, fueron despojados del poder por un golpe de Estado de sesgo regresivo y apoyado por sectores del capital concentrado y de importantes cadenas mediáticas (RCTV, Globovisión, etc.), la mayoría de la sociedad civil salió a las calles a reclamar por la libertad del presidente y el regreso inmediato al orden constitucional. La movilización del poder popular fue evidente: desde las barriadas periféricas hacia el centro de las ciudades, todas las instancias de ese poder marcharon. Y los medios alternativos fueron la punta de lanza para activar esa conciencia defensiva en las masas bolivarianas, al mismo tiempo que se posicionaban en el campo dicotómico, oponiéndose a las fuerzas regresivas apoyadas por los grandes medios de comunicación.”

En el caso de Venezuela, otra muestra interesante del juego agonal y de la confrontación entre el periodismo comprometido con las causas populares –como es el caso de los medios alternativos–, con las grandes corporaciones mediáticas que alegan una independencia en realidad ficticia, es la Declaración de Cochabamba durante el “V Encuentro Mundial de la Red de Intelectuales y Artistas en defensa de la Humanidad”. En ella los miembros participantes de diferentes países expresaron:

“(...) contamos con los medios alternativos y la posibilidad real de fortalecer la voz de los pueblos en los medios tradicionales. Lo alternativo no está reñido con la excelencia (...) Los estados tienen el deber de garantizar el derecho a la información y la democratización de los medios y el acceso a todos los sectores sociales. Esa garantía se logra mediante el uso público del espacio radioeléctrico y la propiedad social de los medios (...) Reconocemos que la neutralidad no existe: toda información tiene una intencionalidad oculta o manifiesta.”5

Si la prensa y el periodismo son reconocidos como parte de la sociedad civil, como elementos activos de la misma, entonces jamás pueden estar sustraídos de la lucha hegemónica y de “lo agonal”. Porque, coincidiendo con lo dicho en Cochabamba, toda información conlleva una intención y eso la dota de un mínimo carácter o táctico o estratégico en pro o en contra de mayorías o minoría sociales, de excluidos e incluidos. Los medios participan del juego agonal con sus aliados y sus contrincantes políticos, económicos y sociales, insertos en la batalla por las ideas que implica qué, cómo, cuándo y para qué se informa. Ante este panorama, la prensa independiente se vuelve entonces una fabulosa aporía, un contrasentido, así como no existe algún actor independiente dentro de la sociedad civil ya que todos se relacionan de forma conflictiva o cooperativa, atendiendo a sus propios intereses.

Si un medio de comunicación masiva, o un grupo de ellos, ataca a un gobierno, lo desafía y utiliza sus recursos técnicos para conspirar contra él junto a aliados cívico–militares, a otros grupos empresariales e incluso a fuerzas externas, no estamos ante una prensa independiente. Más bien vemos la lógica del juego político llevada a cabo por actores “no políticos” (lo cual es un eufemismo) que quieren imponer su propia hegemonía opuesta a la del gobierno, mediante un ejercicio claramente contrahegemónico.

Lo contrario sería negar la esencia política de la sociedad civil en cuanto a su lucha por la hegemonía, admitiendo la “independencia” del periodismo de todo este proceso así como de sus compromisos y relaciones con sus aliados, así como de los enfrentamientos con sus adversarios. De ocurrir eso, el periodismo –o un medio de información en sí– estaría por fuera de la dinámica social y quedaría boyando en un brumoso y postmoderno escenario de tipo postpolítico, como lo llama Mouffe, más cercano a la virtualidad de una consensual “sociedad de buenas personas” que a la realidad que vivimos; atravesada por intereses, luchas, hegemonía, dominio, resistencia, poder económico y político que resumen los elementos de la sociedad civil y política.

Por eso, considero que la frase “periodismo independiente” es un imposible absoluto, una aporía que lleva dentro de sí el mismo germen de su propia nulidad. A lo sumo, un slogan hueco para encubrir –con poco éxito– la voluntad de poder e imposición hegemónica que yace detrás. Pensar de otro modo sería ir contra la evidencia que nos brinda la mecánica social sobre esta cuestión.

Pero más allá de esto debemos tener en cuenta y reflexionar que en el medio de la batalla por la hegemonía, del escenario agonal, del juego del poder político y económico, se encuentran los pueblos. Ellos muchas veces son presos de la ilusión que promueve una pretendida prensa independiente que no es tal, así como de las ambiciones de control que muchos gobiernos tienen. Y muchas veces los desplazados sociales, económicos y políticos; los pobres, excluidos y las minorías son duramente heridos por esta dinámica, la cual –parafraseando al Obispo salvadoreño Arnulfo Romero, asesinado en 1980– “es como las serpientes; ya que sólo muerde a los descalzos.”

_____
Notas:

1 CASTELLS, Manuel, La Era de la Información, Vol. I: La Sociedad Red, México, Distrito Federal, Siglo XXI Editores, 2002.
2 CASTELLS, Manuel, op. cit.
3 MOUFFE, Chantal, En torno a lo político, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2007, pág. 94
4 CASTELLS, Manuel, op. cit.
5 HAYES, Inés, Una internacional de pensamiento antiimperialista, publicado en revista América XXI, Año V, N° 27, Caracas, junio de 2007, pág. 8,9


* Ariel Crespo es jefe de la oficina de Cable News Network (CNN) en la Ciudad de México.. Esta es su ponencia para la IX Cumbre Iberoamericana de Comunicadores, celebrada en la Universidad de San Martín entre el 28 y el 30 de abril de 2010, en la Universidad Nacional de San Martín, Argentina.


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